Columnas

20 de abril de 2016

Adiós, en la medida de lo posible

Por Mauricio Morales
Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

Fue una de las figuras más relevantes del pasado político reciente del país. Un niño que creció en San Bernardo con un papá masón. Estudioso y enérgico. Que en 1945 entró a la Falange Nacional y en 1990 se convirtió en el primer Presidente después de la dictadura de Pinochet. Una voz reconocida en el mundo de la democracia, pero que previo al golpe de Estado de 1973 se alzó fuertemente para criticar a la Unidad Popular en el poder y justificar su derrocamiento.

Sus últimos años, Patricio Aylwin Azócar los pasó escribiendo. En una salita de su casa en la calle Arturo Medina, en Providencia, se sentaba cada día a apurar el texto que quería ver impreso: era sobre la relación entre la Democracia Cristiana y el Gobierno de Salvador Allende.

Sobre un gran escritorio –que por mucho tiempo fue su centro de operaciones–, apoyaba un block fiscal con hojas de roneo y escribía con un lápiz pasta. A mano. Nunca le gustó usar computador. Su casa –una puerta que siempre estuvo abierta para recibir a jóvenes camaradas, políticos que buscaban un consejo, su familia: 5 hijos, 18 nietos, 11 bisnietos– fue su mejor refugio. También fue testigo del traspié que lo botó al suelo en diciembre pasado. Y que a los 97 años su cuerpo ya no pudo resistir de buena forma.

Desde ese golpe en la cabeza, nunca más fue el mismo. Ya no volvió a recitar de memoria a Rubén Darío y Amado Nervo, como solía hacerlo. En los últimos meses, además de escuchar el Preludio de Chopin que lo embriagaba, tenía que leer a sus poetas en torpedos. Pero seguía recitando. Tarareando canciones que antes podía recordar claramente –fue uno de los miembros fundadores del coro Lex de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile–. Desde diciembre casi no se levantaba de su cama. Lo único que decía una y otra vez, sin la mente nublada, era cuánto amor le tenía a su esposa, Leonor Oyarzún. “Se tomaban de la mano y se hacían cariño”, cuenta su hija Isabel.

Tras su muerte, el libro quedó sobre su escritorio. La familia siempre esperó que fuera un recuerdo póstumo para evitar tensiones. Porque lo que sí pesó tras el hombre equilibrado y de voz pausada, estuvo alejado del icónico regreso a la democracia. Su apoyo al Golpe de Estado y sus reflexiones sobre Allende, siempre fueron una piedra en el zapato para sus detractores.

El Golpe

En mayo de 2012 las palabras de Patricio Aylwin volvieron a remecer los recuerdos. En una entrevista con el diario El País, el primer Presidente de la Concertación confesaba algo que para nadie era un misterio, pero que siempre abría y reabría una herida.

“Allende terminó demostrando que no fue buen político, porque si hubiera sido buen político no habría pasado lo que le pasó”, le contestó en ese momento a la periodista Rocío Montes, levantando una polvareda. En la misma entrevista se recuerdan viejas conjeturas de Aylwin: que “el talón de Aquiles de Allende fue haberse convertido en rehén de los partidos de izquierda”. Algo que repitió ante El País: “Hizo un mal gobierno y el Gobierno cayó por debilidades de él y de su gente”.

Patricio Aylwin siempre apoyó el golpe de Estado. Días antes de que las balas llegaran a La Moneda, el 26 de agosto de 1973 –y cuando era presidente de la Democracia Cristiana–, fue claro frente a la grabadora de The Washington Post, donde dijo que si le dieran a elegir entre “una dictadura marxista y una dictadura de nuestros militares, yo elegiría la segunda”.

Después del Golpe, en una entrevista televisada, estas fueron sus palabras:

“La crisis económica, el intento de la UP de acaparar el poder por cualquier medio, el caos moral, y la destrucción institucional al que había llevado el gobierno del señor Allende al país, provocaron un grado de desesperación y angustia colectivo en los chilenos que precipitaron este pronunciamiento. Nosotros tenemos el convencimiento que la llamada vía chilena de construcción del socialismo que enarboló la UP, estaba rotundamente fracasada y eso lo sabían los militantes de la UP y Allende. Y por eso ellos se aprestaban –a través de la organización de milicias armadas muy fuertemente equipadas que constituían un verdadero ejército paralelo– para dar un autogolpe, y asumir por la violencia la totalidad del poder. En estas circunstancias, pensamos que la acción de las FF.AA. simplemente se anticipó a ese riesgo para salvar al país de caer en una guerra civil o en una tiranía comunista”.

La tensión con quienes defendieron la UP y estuvieron con Allende, no se acabaría jamás. El año 2010, en el libro Conversaciones con Altamirano, de Gabriel Salazar, el emblemático ex secretario general del Partido Socialista volvió a criticar duramente el rol de la DC y de Aylwin en la caída de Allende.

Alberto Mayol asegura que el de Aylwin “será recordado como el Gobierno que vivió los mayores riesgos de regresión autoritaria. Es relativamente cierto, aun cuando esa posibilidad era irreal. Pero sí tuvo las mayores presiones de toda la transición, por parte de un empresariado hostil y de un mundo militar aún no asumido en su nueva posición. El gobierno de Aylwin tuvo el mérito de ser el que más resistencia tuvo frente al empresariado, pero finalmente estos triunfaron y lideraron el pacto elitista transicional”.

“Usualmente se olvida y no será recordado como tal, pero es importante señalar que el primer Presidente de la postdictadura fue un político que apoyó el golpe –dice el cientista político Alberto Mayol–. Y para colmo, fue el más enérgico contra el poder empresarial, no así con el militar, respecto al cual fue complaciente. La debilidad de Aylwin respecto al mundo militar se expresa en una frase por la que también será recordado: justicia en la medida de lo posible. Es frase se hizo emblemática, no solo por su significado para los derechos humanos sino además por la claridad con la que la frase expresa el pacto de la transición y las renuncias de los sectores de izquierda, quienes, cuando mucho, pasaron a ser los flagelantes”.

Correa, Boeninger y la Comisión Rettig

Años más tarde de haber pronunciado la frase “justicia en la medida de lo posible”, Aylwin defendió la expresión que irritó a tantos que aún buscaban a sus familiares sin ninguna esperanza. “Asumimos en una situación en la que había muchos motivos de dudas, porque el general había declarado que ‘si me tocan a un solo hombre se acaba el Estado de derecho’. A pesar de eso, formé la Comisión de Verdad y Reconciliación e inicié el estudio de las violaciones a los derechos humanos”, dijo una mañana de 2003 en una radio de Santiago.

Muchos de quienes trabajaron en la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación –llamada “Comisión Rettig” porque era presidida por el abogado Raúl Rettig– concuerdan en que en ese tiempo la dictadura aún recorría a Chile como un hielo por la espalda. “Ni Edgardo Boeninger ni Enrique Correa, mis principales asesores políticos, pensaron que fuera una buena decisión (crear la comisión), pero yo estaba convencido de que era la manera de abrir puertas”, agregó Aylwin en otra oportunidad frente a los micrófonos de Radio Cooperativa.

El abogado Jorge Correa Sutil fue el secretario de esa instancia. Y para él fue un paso clave y valiente. “Muchas personas de izquierda le recomendaron a Aylwin no mover este problema, que eso sería despertar al león. Para ellos la estrategia debía ser probar que los civiles podían gobernar. La transición argentina había estado a punto de terminarse porque el presidente había intentado llevar a los militares a la justicia. Había una opinión mayoritaria de no mover este problema… que podría arriesgar la consolidación de la democracia. No era gente torpe o miedosa, sino gente que hacía cálculos políticos razonables. Reflotar el tema de los derechos humanos era permitir que los militares se revelaran, pero Aylwin, con mucho coraje, entendió que no habría consolidación de la democracia si no se caminaba hacia la verdad. En eso fue un hombre muy sabio”, cuenta Correa Sutil.

El ex subsecretario del Interior de Ricardo Lagos, destaca también la idea de sentar en la mesa a los militares y sus víctimas de violencia política. “Aunque técnicamente no lo fueran –dice Correa Sutil–, permitió que participaran”, aunque los militares jamás colaboraron con pistas que ayudaran a dar con paraderos de las víctimas o sus victimarios.

A 26 años de esa instancia, Correa Sutil cuenta por primera vez que cuando la comisión terminaba de sesionar, algunos miembros de esta fueron a hablar con los altos mandos de las Fuerzas Armadas para darles a conocer parte del trabajo. Les dijeron que se publicaría un extenso listado de detenidos desaparecidos. “Les rogamos que nos ayudaran a encontrar los restos y la respuesta fue ninguna. Ellos tomaron la lista, la filtraron y la publicaron como una especie de adelanto del informe Rettig. A esa lista le faltaban nombres y datos, y abrieron una gran polémica antes de que el trabajo fuera oficial. Eran tiempos complejos”, recuerda.

Pinochet

La relación entre Aylwin y Pinochet siempre fue tensa, porque el general creía que tenía atribuciones especiales. En la primera reunión que sostuvieron en La Moneda, el general le dijo a Aylwin que se iba a reportar directamente con él y no con el Ministerio de Defensa. Aylwin –según contó hace años en una revista– le mostró la Constitución y le dijo: “Mire, general, la Constitución que usted creó dice que está a cargo del ministro de Defensa, así que lo siento, pero va a tener que aceptarlo”.

Sin embargo, Aylwin mantuvo respeto por la figura del dictador, incluso más allá del tiempo que duró su mandato. En la misma polémica entrevista con el diario El País, Aylwin dijo que Pinochet representaba, “por una parte, orden, seguridad, respeto, autoridad. Y, por otra, una economía de mercado que iba a permitir la prosperidad del país. Esos fueron los dos factores definitorios, y por eso Pinochet fue popular. Era un dictador, pero popular”. El ex presidente DC también señaló que “Pinochet no fue un hombre que obstaculizara las políticas del Gobierno que yo encabecé”.

En marzo de 1998, un grupo de diputados presentó una acusación constitucional en contra de Pinochet. El clima ya no era el mismo que 8 años antes; aunque el fantasma del poder de los militares se desvanecería recién varios meses después, con Pinochet preso en Londres.

Los argumentos de la acusación eran obvios: la responsabilidad de Pinochet en la violación de derechos humanos. La Democracia Cristiana –igual que en tiempos de la UP– tomó dos marcados bandos y uno de esos fue claramente influenciado por Patricio Aylwin.

Entonces, Tomás Jocelyn-Holt era diputado y perseguía que la acusación se aprobara. Recuerda que las palabras de Aylwin cambiaron el curso de la historia:

“A comienzos de abril, justo cuando se estaba despachando el informe de la comisión para la acusación constitucional, Aylwin dijo que él habría votado a favor de la acusación. Después de eso lo llamó Boeninger (Edgardo, ministro de Aylwin y figura clave de la transición) para decirle que esa declaración podría causar que todos en la DC votaran a favor. Al día siguiente, Aylwin dio vuelta su postura y dijo totalmente lo contrario. ¿El resultado? 13 diputados DC votaron en contra de la acusación constitucional y no prosperó. Eso demuestra un poco la personalidad que siempre tuvo Aylwin: fue una voltereta. Él solía hacer eso, decir un día una cosa y al otro día otra. Pero en este caso fue un error político tremendo. Boeninger era su especie de alter ego. Él y el grupo de gente que rodeaban a Aylwin, lo capturaron y no fueron capaces de leer el cambio político que vino después, como los autocomplacientes y autoflagelantes de la DC. No lo supieron leer, pero es injusto juzgar a Aylwin por esto o por su apoyo al golpe de Estado. La historia será benevolente con él”.

Para el historiador Gabriel Salazar, sin duda Aylwin fue un político que tuvo una actuación protagónica (incluso, en cierto modo, decisiva) en la fase de inicio de “la tiranía militar de Pinochet y en la fase de ‘salida’”. Primero, “en un momento de gran presión de EE.UU. sobre la Democracia Cristiana y sobre la Unidad Popular, Aylwin, al influir en el no acuerdo entre ambos bloques políticos, facilitó esa intervención y el golpe militar de 1973. Y luego, cuando Pinochet debió transar ante la situación de ingobernabilidad en que se encontró el país con las jornadas nacionales de protesta (1983-1987) para luego retirarse, Aylwin jugó de nuevo un rol relevante al jugarse por conservar la Constitución neoliberal de 1980 y así facilitar el ingreso masivo del gran capital internacional a Chile, salvando por esta otra vía el mismo modelo neoliberal”, señala Salazar.

A pesar de que el argumento de Aylwin y su gobierno siempre fue que había que llevar el proceso con cautela, para los familiares de detenidos desaparecidos, ejecutados y torturados, no significó lo mismo. Lorena Pizarro, presidenta de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desparecidos, lo resume así: “En los primeros años, la Concertación cumplió lo que pactó. Al principio lo único que se aplicaba era la Ley de Amnistía. En esos primeros años se tergiversó la historia, porque se trató a algunos civiles como héroes y cuando se justifica el terrorismo de Estado, es inaceptable. Eso es algo que la figura de Aylwin y ese primer gobierno tendrán que asumir, porque en ese gobierno se pactó y se firmó la impunidad. La justicia en la medida de lo posible fue una bofetada”.

El legado

Más de mil personas se pusieron de pie ese 11 de marzo de 1990 en el Congreso. En medio de gritos y ovaciones, Pinochet ponía fin a un cruel saldo de 17 años en el poder:

–Señor Presidente electo, ¿juráis o prometéis desempeñar fielmente el cargo de Presidente de la República, conservar la independencia de la nación, y guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes –escuchó Aylwin.

–Sí, juro –dijo con firmeza el nuevo Presidente y recibió la banda presidencial en una jornada que se convirtió en la más corta de la historia. Menos de media hora.

La tensión se vivía en cada detalle. No comprimían el ambiente solo integrantes de la Concertación levantando carteles de Detenidos Desaparecidos o la diferencia en la vestimenta entre los partidarios de la Concertación (con ternos) y los simpatizantes del Mandatario saliente (con esmoquin). Patricio Aylwin recordaría años más tarde, en una entrevista, que Pinochet retrasó tanto la entrega de la piocha de Bernardo O’Higgins, que agregó más tensión al momento.

La emoción y el miedo de quienes aún no creían que los militares respetarían la decisión, hacían temblar tras los televisores a millones de chilenos que habían elegido a Aylwin con el 55,2% de los votos. El chofer de Aylwin también temblaba en las calles aledañas al Congreso. La comitiva que había trasladado a Pinochet en el Ford Galaxie 500 para el cambio de mando –un auto que también ocuparía Aylwin– lo había dejado tirado varias cuadras más allá y sin bencina.

A pesar de todo eso, fue uno de los hitos más importantes en la vida republicana de Chile. Y también en la de Patricio Aylwin, que tenía 71 años cuando asumió la Presidencia.

Los años en La Moneda fueron los únicos en que Aylwin no cumplió el ritual que le dio una larga vida: dormir mucho y levantarse temprano, como le explicó a la historiadora Patricia Arancibia Clavel en Cita con la historia.

Fue criado en la rectitud del estudio y la consecuencia. Siempre le gustaba recordar una escena particular con su padre. Un día, Miguel Aylwin –destacado abogado y juez, agnóstico y masón, que llegaría a ser presidente de la Corte Suprema– le dijo: “Por qué no estás en misa… el católico acá eres tú”. El ex Mandatario contaba que esa pregunta, que nacía en lo cotidiano, demostraba la consecuencia que su papá le inculcaba en cada acto.

El niño Patricio nació en Viña y tuvo un largo periplo escolar los años siguientes: sus estudios primarios los cursó en el Colegio de los Padres Salesianos de Valdivia y los secundarios en el Liceo de Humanidades de San Bernardo, en el Liceo Valentín Letelier de Santiago y el Internado Nacional Barros Arana (INBA). Se tituló de abogado de la Universidad de Chile en 1944.

El mayor de 5 hermanos (cuatro hombres y una mujer), comenzó en la política tan joven, que llegar a la Presidencia podría haber parecido un obvio punto final. Sin embargo, su nombre en una papeleta no fue simple. Aylwin debió imponerse dentro del propio Partido Demócrata Cristiano ante otros dos postulantes: Eduardo Frei Ruiz-Tagle y Gabriel Valdés. La interna tuvo una polémica inolvidable, conocida como “Carmengate” (porque la sede de la DC estaba en Carmen #8). Algunos democratacristianos denunciaron serias irregularidades electorales en las primarias; un hecho que, eventualmente, habría llevado a Valdés a La Moneda y no a Aylwin. Ese hito cruzó para siempre su relación. A pesar de eso, el balance al interior de la Democracia Cristiana es que Aylwin llevó adelante un proceso exitoso; una visión que es discutida por analistas y expertos.

Alberto Mayol asegura que Aylwin “será recordado como el gobierno que vivió los mayores riesgos de regresión autoritaria. Es relativamente cierto, aun cuando esa posibilidad era irreal. Pero sí tuvo las mayores presiones de toda la transición, por parte de un empresariado hostil y de un mundo militar aún no asumido en su nueva posición. El Gobierno de Aylwin tuvo el mérito de ser el que más resistencia tuvo frente al empresariado, pero finalmente estos triunfaron y lideraron el pacto elitista transicional. Esta situación se da en el marco de una gran ironía: el Presidente de la Concertación que estuvo en más conflicto con el empresariado fue precisamente el que, como primera persona, apoyó el golpe”.

Para el cientista político y director del Observatorio Político Electoral de la Universidad Diego Portales de la UDP, Mauricio Morales, al mirar con distancia la inmediata postdictadura, la figura de Aylwin se agranda: “Fue el hombre de la transición democrática y la conciliación ciudadana. Su frase ‘en la medida de lo posible’ quedará en los registros históricos. La principal lección que deja esa frase es que los países avanzan de manera pausada pero segura, sin elevar innecesariamente las expectativas ciudadanas y con metas realistas. En la práctica, Aylwin nos entrega la receta para el equilibrio democrático ideal: gobiernos responsables alejados del populismo, y coaliciones ordenadas bajo un objetivo común. Eso es gobernabilidad democrática”.

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