Columnas

23 de marzo de 2015

Algo huele mal

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Por Alfredo Joignant

alfredo joignant

 

 

 

 

 

 

 

Alfredo Joignant

Partamos por la gran cacofonía en el circo romano y multipliquemos las amalgamas: exculpación del hijo de Carlos Larraín en la muerte de un transeúnte en una noche plagada de sospechas; irrupción del caso Penta al inicio del verano; estallido del caso Caval y propagación de sus secuelas en medio de las vacaciones, convergiendo con el caso Penta en la conversación de cada día; terminado el descanso veraniego, nombramiento del sacerdote Barros como obispo de Osorno en la más completa indiferencia por su condición de cómplice o testigo de las aberraciones de Karadima… Sería fácil multiplicar los escándalos —porque de eso se trata—, y no sólo de affaires para iniciados que ponen a prueba la confianza de los chilenos en sus instituciones y élites. Tironi afirmaba que éste era un traspaso de poder desde las élites a vaya saber quién. Suena bien, popular, pero demasiado fácil.

Este martes, una sala del Tribunal Constitucional acogió un requerimiento del ex gerente de SQM Patricio Contesse, paralizando de ese modo la investigación de la fiscalía sobre una arista aparentemente aterradora del caso Penta. De acuerdo, es una solución institucional. Pero, en serio, ¿alguien se ha preguntado cómo viven los chilenos comunes y corrientes; es decir ni usted señor lector ni yo mismo, los episodios de estos últimos 60 días? En el mejor de los casos, como chilenos que poco y nada entienden, pero que pese a todo leen, escuchan, miran y asimilan en su escala de pertinencia fragmentos de una realidad que admite todo tipo de opiniones, pero en ningún caso adhesiones a las instituciones y a los actores que las encarnan.

Si ya es repulsivo intuir que no pocos congresales ganaron sus escaños invirtiendo dinero mal habido, es definitivamente un asco sospechar que diputados y senadores de centroizquierda recibieron aportes (incluso legales) de SQM, una sigla que es encarnada por Ponce Lerou, quien fuese yerno de Pinochet y forjara su prosperidad en dictadura bajo reglas inicuas. Si esta sospecha llegase a comprobarse, ¿cómo explicar entonces que políticos del mundo al que uno pertenece (en este caso, la derecha no me interesa) no se entumecieran ante aportes posiblemente buscados en quienes son, objetivamente, aborrecibles? Esto es un asunto de límites morales, y en el caso de SQM el límite moral estuvo siempre a la vista, con el mismo estatus vomitivo ayer y hoy: ¿qué hacer entonces, de verificarse la sospecha? Ninguna reforma institucional puede redimir comportamientos que, para ser justos y probos, no requerían de normas, sino de conciencia.

“La deslegitimación institucional estaba tocando piso. El TC le acaba de abrir la puerta al sótano”, afirma el diputado Boric. Tal vez. Es probable que el bien común en la esfera política, la democracia de partidos, exija ser protegida del secreto y la traición. Es cierto. Pero es triste. Insosteniblemente triste.

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