Columnas

26 de octubre de 2018

Aula democrática

Por Patricio Navia

La democracia es un valor que nos debería inspirar como sociedad. Pero la tolerancia, la diversidad y el respeto a las ideas diferentes funcionan solo en algunas de las dimensiones en que nos relacionamos e interactuamos.

En el debate sobre la aprobación del proyecto de ley de Aula Segura que patrocinaba el gobierno del Presidente Sebastián Piñera, en un intento por descarrilar la iniciativa, el Comité de Educación del Senado temporalmente decidió cambiar el nombre de la iniciativa y llamarla Aula Democrática. Lamentablemente, pensar que el aula es un espacio donde se debe practicar la democracia refleja una concepción profundamente errónea de lo que significa la educación. Aunque los líderes de oposición que acuñaron el concepto solo buscaban bloquear la iniciativa del gobierno, al usar ese adjetivo dejaron ver una equivocada concepción de lo que es la democracia.

Por cierto, felizmente, al final hubo humo blanco y se superó el impasse entre el gobierno y los legisladores centroizquierdistas. El Senado aprobó un proyecto que recoge y mejora las ideas de la propuesta inicial del gobierno —y ahora el proyecto deberá ir a la Cámara de Diputados para continuar su tramitación. Pero el hecho que, al menos en el Senado, hubiera un final feliz, no borra la desafortunada sugerencia de que en las aulas deben aplicarse las reglas que rigen las sociedades democráticas.

La democracia, en su principal acepción, se refiere a un sistema de gobierno en que las autoridades son electas a través de procesos competitivos. En la educación, los escolares no tienen esa potestad de escoger a sus profesores.

Más allá del contenido de las propuestas sobre cómo garantizar un ambiente seguro para el aprendizaje de los estudiantes y respetuoso a todos los miembros de las comunidades educativas, la noción de que un aula puede ser regida por principios propios de la democracia es profundamente equivocada. La democracia, en su principal acepción, se refiere a un sistema de gobierno en que las autoridades son electas a través de procesos competitivos. Los ciudadanos escogen, a través de sus autoridades, la dirección que tomará su ciudad, región o país. En la educación, los escolares no tienen esa potestad de escoger a sus profesores.

Es verdad que en los modelos de educación de mercado —que, por cierto, no son del gusto de los defensores del concepto de aula democrática— los colegios compiten como oferentes de proyectos educativos y los padres, como consumidores, pueden escoger entre distintas opciones para sus hijos. Pero la capacidad de escoger recae en los padres —no en los alumnos. A partir de sus valores, preferencias o solo capacidad de pago, los padres escogen la opción que, dados sus recursos y visiones de mundo, les parece más atractiva. Pero incluso en ese modelo que ve la educación como un bien de consumo, los alumnos no escogen a quienes van a ser sus profesores ni cuáles son los contenidos que aprenderán.

Algunos alegarán que la democracia es mucho más que las elecciones. Es verdad que la democracia implica una serie de valores y prácticas adicionales a las elecciones. Pero las elecciones son elementos esenciales en una democracia. Una sociedad respetuosa, tolerante e inclusiva puede existir sin que existan elecciones. Esa sociedad puede ser admirable e incluso, para algunos, deseable. Pero esa sociedad no es democrática. Para que sea democrática, se precisa que sus autoridades sean electas periódicamente.

Tal vez los defensores de aula segura querían recalcar la necesidad de que los valores que gobiernen la forma en que se imparte la educación en Chile sean respetuosos de la democracia —que se eduque en valores de la democracia. Pero, así como también queremos que la forma en que se imparte la medicina en el país, la forma en que los carabineros ejercen su autoridad o la forma en que funcionen los malls refleje los valores democráticos, de respeto, tolerancia e inclusión que nos inspiran como sociedad democrática, sería un sinsentido hablar de hospitales democráticos, juzgados democráticos o de comisarías democráticas.

En la sala de clases se educa en valores democráticos, pero la sala de clases no se rige por las reglas de la democracia.

La democracia es un valor que nos debería inspirar como sociedad. Pero la tolerancia, la diversidad y el respeto a las ideas diferentes funcionan solo en algunas de las dimensiones en que nos relacionamos e interactuamos. Como sociedad, no toleramos que la gente conduzca sus autos en estado de ebriedad o que, al recordar el pasado, haga apología de las violaciones a los derechos humanos. En un aula de clases, los alumnos tienen derechos, pero también obligaciones. Su derecho a una educación de calidad implica, por cierto, que ellos participen del proceso de aprendizaje. Pero eso dista mucho de concebir el aula de clases como un espacio democrático. En la sala de clases se educa en valores democráticos, pero la sala de clases no se rige por las reglas de la democracia.

Es altamente probable que aquellos que optaron por contraponer la opción de aula democrática al proyecto de aula segura solo hayan querido marcar una diferencia semántica con el gobierno —buscando criticar el foco del proyecto original que buscaba combatir la violencia en las escuelas. Pero al escoger el adjetivo ‘democrático’ en vez de alternativas más apropiadas, los senadores de la comisión de educación dejaron ver la mala comprensión que tienen de lo que significa la democracia.

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