Columnas

11 de noviembre de 2015

Capitalistas “penquitas” y filantropía

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Por Claudio Fuentes
Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

No reviste ninguna causalidad que cerca de la mitad de los aportes privados realizados por vía de Ley de Donaciones se concentre en la Universidad de Los Andes y en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Tenemos una élite económica que dona poco y, cuando lo hace, apoya sus propias ideas y creencias.

En el aniversario número 20 del grupo Dial, Álvaro Saieh realizó un categórico juicio sobre la elite empresarial local que prácticamente pasó inadvertido. Les dijo que tenían una calidad inferior. “Penquitas”, fue la palabra exacta que utilizó.

Comparando el capitalismo chileno y el de Estados Unidos, sostuvo Saieh que “[en Estados Unidos] el capitalismo produce una acumulación tal, que los tipos no saben qué hacer con la plata. No en Chile, porque en Chile los capitalistas son penquitas. Mira lo que pasó con Gates, 90% de su fortuna fue para beneficencia. Mira lo que pasó con Warren Bufett [quien recientemente donó US$ 2,8 mil millones a fundaciones de beneficencia]”. Y Saieh se preguntaba: “¿Quiénes son los Rockefeller [en Chile]? Prácticamente no existen, pero [en Estados Unidos] hay varias universidades, Rockefeller, la Fundación Ford (…)”.

El juicio de Saieh parece ajustarse a la realidad. En Chile existe una exorbitante acumulación de riqueza, pero la filantropía casi no existe. Ahora bien, ¿qué estimula a los capitalistas del norte a realizar estos actos mientras a los de este sureño país a simplemente acumular fortunas? Saieh argumenta que es el exceso de acumulación lo que estimula a invertir en beneficencia. Suele argumentarse que los grandes filántropos como Rockefeller, Ford o Soros, una vez que alcanzaron un cierto nivel de riqueza, optaron por entregar parte de sus fortunas a la “caridad”. Tengo tanto, que dono lo que me sobra.

Podría ser una explicación. Pero hay otros factores que complementan este impulso de los más ricos a donar. Un factor institucional clave para establecer una cultura de la filantropía son los impuestos. No es casualidad que esta generosidad de los más ricos se haya promovido en Estados Unidos, país que se ubica en cuarto lugar del mundo en lo referido a impuestos a la herencia (40%). A ello se suma el desarrollo de capacidades institucionales para facilitar y promover la creación de fundaciones en dicho país, las que en el año 2012 alcanzaban la cifra de 86 mil y que donaron solo ese año US$ 52 mil millones.

Ni las condiciones institucionales ni menos las determinantes sociales son las apropiadas hoy para desarrollar un filantrocapitalismo de corte pluralista. La gran mayoría de los grandes empresarios siguen aferrados a una concepción casi medieval de lo que se entiende por filantropía y esto constituye un poderoso freno para pensar un país más próspero, justo y equitativamente desarrollado.

A lo anterior se suma el prestigio o reconocimiento social que se busca a través de estas acciones. Beth Breeze (2013) estudió las motivaciones de grandes filántropos en Inglaterra y descubrió que lo que los mueve a donar no es precisa o exclusivamente el interés por ayudar a los “más necesitados”. En la mayoría de los casos quienes realizan contribuciones lo hacen pensando en sus propias obsesiones: su interés por la ciencia, la religión, la medicina, la justicia social, la transparencia, la democracia, el libre mercado, etc. La afinidad ideológica es un potente factor que mueve a las grandes fortunas a realizar contribuciones a la sociedad.

En el caso de Chile aquello es evidente. No reviste ninguna causalidad que cerca de la mitad de los aportes privados realizados por vía de Ley de Donaciones se concentre en la Universidad de Los Andes y en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Tenemos una élite económica que dona poco y, cuando lo hace, apoya sus propias ideas y creencias.

Pero otra de las características distintivas del mundo de la filantropía en Estados Unidos es el establecimiento de normas claras y transparentes sobre la administración y asignación de los fondos de la respectiva fundación. En el caso de Chile y salvo contadísimas excepciones, el concepto de filantropía se asocia con empresarios que entregan generosos aportes a instituciones, comunidades o individuos en forma directa y ojalá frente a las cámaras de televisión. La imagen dominante es la de un empresario que abre su chequera y ayuda a una causa social o una gran empresa que regala bolsas de comida después de una catástrofe y que paga publicidad en los medios de comunicación para demostrar su buena voluntad.

El caso de la Fundación Ford es emblemático en ese sentido. Se trata de una fundación estadounidense de alcance global y que ha desarrollado actividades en Sudamérica y Chile en particular desde comienzos de los 60. Contribuyó al debate sobre la reforma de educación en aquellos años, como asimismo a la formación de académicos en las Universidades de California, Chicago, y MIT, entre otros (leyó bien, los famosos Chicago boys). Luego, apoyó la causa de los derechos humanos bajo la dictadura, y luego de la transición activamente apoyó a organizaciones de la sociedad civil en temas de democracia, reforma judicial, educación, derechos sexuales y reproductivos, y derechos indígenas, por citar algunos temas.

Saieh tiene razón. Hoy es imposible imaginar instituciones filantrópicas equivalentes a las fundaciones Ford, Rockefeller o Soros en Chile, que aporten a temas innovadores y progresistas. La acumulación de riqueza no se ha traducido en una institucionalización y progresiva profesionalización de la filantropía. La primera condición descrita por Saieh sin duda existe (la acumulación). Pero, ni las condiciones institucionales ni menos las determinantes sociales son las apropiadas hoy para desarrollar un filantrocapitalismo de corte pluralista. La gran mayoría de los grandes empresarios siguen aferrados a una concepción casi medieval de lo que se entiende por filantropía y esto constituye un poderoso freno para pensar un país más próspero, justo y equitativamente desarrollado.

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