Columnas

28 de septiembre de 2015

Chile en el peor escenario: actos de fe y política exterior

Por Fernando García
Fernando García Naddaf, Director del Magíster en Política y Gobierno UDP.

Fernando García Naddaf, Director del Magíster en Política y Gobierno UDP.

No digan que no era previsible. Nuestra política exterior va de tumbo en tumbo hace más de dos décadas. Mientras los vecinos mantienen siempre una visión estratégica –que plantea objetivos, diseña planes de acción por años y ejecutan esos planes de acción-, nuestra política exterior ha sido siempre reactiva ante los avances de ellos.

El resultado de esas miradas estratégicas ha dejado siempre al debe a nuestra Cancillería y en evidencia los avances de los otros. Las pruebas más recientes y claras son las demandas de Perú y Bolivia. En ellas Chile siempre queda justificando lo injustificable, encontrando victorias donde no las hay, enarbolando triunfos morales ante audiencias televisivas atentas al rating de las encuestas y la popularidad de gobernantes.

¿A quién culpar? Más que culpar a un personaje político en particular –aunque los hay-, es probable que casi toda la clase política dedicada a la política exterior sea la responsable. A quien le calce el poncho… Es una clase política que insiste en mantener una visión de mundo que se afirma y autoafirma en su propia autosatisfacción, pero que se enfrenta y se golpea en cada golpe de la historia. ¿En qué consiste esa visión de mundo? Se pueden identificar al menos dos dogmas, dos actos de fe.

El primer dogma se encarna en la obstinación de la clase dirigencial dedicada al tema por insistir que la política exterior de Chile sea “política de Estado”. Es esta idea la que lleva a reconocidos personajes de gobierno y oposición a jugar puerilmente a sillas musicales atrás de micrófonos para reafirmar con distintos y marciales acentos el tema de la “política de Estado”.

¿Por qué ésta podría ser una debilidad de nuestra política exterior?Porque esto no es otra cosa que decir que no debe ser cuestionada, que no debe ser criticada, que debe estar por “sobre el bien  y el mal”, flotando en las alturas, sobre la tierra. Se transforma en fetiche a la política exterior como un pequeño dios.

El problema de esto que podría ser aparentemente encomiable, es que no se la somete a la prueba de la racionalidad pública que es propia de una república. Lo normal en una nación moderna es que todo objeto político, como la política exterior, sea parte de controversia política. ¿Se puede imaginar alguien a Estados Unidos o a Francia en estos artificiosos consensos? Se vuelve sospechoso que nadie de nuestros “representantes” sea más creativo para enfrentar los desafíos que nos plantean nuestros vecinos. ¿Por qué no se escuchan palabras como “corredor”, “enclave”, “Cobija”, “Tratado de Lima” en las discusiones públicas? Son temas tabúes, sospechosamente silenciados, que no son sino síntoma de posturas políticas más profundas que se pretenden hegemónicas y que sirven como un buen refugio para que nadie quiera asumir hoy la evidente derrota del fallo de ayer.

Nuestra política exterior queda rápidamente encerrada en este primer dogma: soberbia y orgullosa de sí misma, pero errada y a veces herida. Se vuelve también un buque demasiado pesado, siempre articulada en torno a los clichés de los “consensos amplios”, confinada a la eterna reacción de sus actos, alejada de las visiones estratégicas que se discuten y se debaten públicamente, sometidas al cedazo de la razón, lejos de la proactividad de nuestros vecinos siempre a la delantera.

El segundo punto dogmático de nuestra política exterior es la vieja ilusión que se consolidó en los años 90 y que declama que los problemas entre países se solucionan sólo con fomentar el comercio, tránsito de personas e integración transfronteriza. La palabra clave aquí es interdependencia compleja (al estilo del viejo Grocio). Ese es el dogma que inspira a buena parte de nuestros ideólogos de relaciones internacionales desde desde hace veinte años , y que a pesar de los golpes en la cara que reciben en cada esquina, insisten una y otra vez en ese camino.

Los temas controversiales con Perú y Bolivia dan cuenta de ese error de perspectiva. No basta con aumentar el comercio o la voluntad de integración: ahí está La Haya, el gas y los triángulos internos…

Los temas con ambos países deben enfrentarse como deben asumirse los problemas entre naciones hermanas en el siglo XXI; en el mundo que se inspira en la globalización, la cooperación y la verdadera integración. En este escenario no debiera más que enfrentar el tema y no esconderlo como siempre se ha pensado hacer. Negarlo, insistir en los temas pendientes y basarse en que lo “pactado obliga” cuando nos conviene -ahí está el cuestionamiento del Pacto de Bogotá- , es el camino que nos ha llevado a estos fracasos de política exterior.

Es necesario ahora un poco más de realismo (o neorrealismo) por vía del diálogo directo, el bilateralismo, tal como se hizo antes en gobiernos tan distintos como la dictadura de Pinochet en Charaña, o el primer gobierno de Bachelet con la Agenda de los 13 puntos. Es el camino más corto, más barato y más lógico entre naciones que comparten tanta cultura y que siempre serán vecinos. Es el camino más lógico entre países vecinos en el siglo XXI.

No nos digan que esto no era previsible. Porque con esta política exterior chilena anclada en dogmas, el país no tiene por dónde ganar. Este es un tema profundamente político (sólo aparentemente jurídico). Así lo entiende Bolivia, que sabe que aunque llegase a perder en el juicio que se inicia, seguirá trabajando políticamente en el mismo sentido. Y lógicamente seguirá aumentando la solidaridad internacional hacia Bolivia, y seguirán sus embajadores permanentes haciendo lobby, y seguirán los gastos millonarios en abogados y defensas jurídicas internacionales.

Así, se dará la paradoja que aunque Chile “gane”, en realidad seguirá perdiendo. Bolivia nos ha llevado a este callejón en el que siempre saldrá bien, como antes lo hizo Perú. Este es un problema de política exterior, no de tribunales ni de abogados. Los dogmas nos han llevado al peor de los escenarios. Es tiempo de retomar la discusión abierta del tema y abrirse a todo nuevo escenario. Para que después no digan que esto no era previsible.

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