Columnas

26 de septiembre de 2016

Chile: ¿Un país inmune al populismo?

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Por Cristóbal Rovira
Cristóbal Rovira, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP

Cristóbal Rovira, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP

Quienes plantean que Michelle Bachelet ha desarrollado una retórica populista están equivocados: sus discursos tienen un marcado tono pluralista. Pero nada impide que en la próxima elección actores con vínculos con la clase económica o política terminen elaborando un discurso populista con el objetivo de conectar con el malestar ciudadano.

Populismo. Esta palabra se ha vuelto recurrente en el debate público en Chile. Diversos comentaristas han argumentado que la agenda y las políticas públicas del gobierno actual tienen marcadas tendencias populistas, mientras que otros opinan que el debate constitucional y una potencial reforma mediante una asamblea constituyente pavimentan el camino para el surgimiento del populismo. Asimismo, hay quienes plantean que los escándalos de corrupción que han afectado a la clase política y empresarial representan un caldo de cultivo para la irrupción de liderazgos populistas en las próximas elecciones presidenciales.

Llama la atención la desconexión del debate local con la discusión internacional en torno al fenómeno del populismo. De hecho, el populismo es hoy en día un fenómeno global que en el mundo desarrollado se plasma sobre todo en líderes y partidos de la derecha radical. Desde el Frente Nacional en Francia a Viktor Orbán en Hungría, y Donald Trump en Estados Unidos, los populismos de derecha representan un verdadero desafío a la democracia. A su vez, la así llamada Gran Recesión ha gatillado la irrupción de populismos de izquierda, como Syriza en Grecia y Podemos en España. La creciente relevancia del populismo a nivel global ha motivado una amplia discusión académica, en torno a cómo definir al populismo de manera tal que su definición sea lo suficientemente precisa para reconocer el fenómeno en distintos lugares del mundo y, a su vez, facilite su análisis de manera empírica.

¿A qué conclusión ha llegado este debate? En términos generales, el populismo es definido como una ideología o discurso político que se caracteriza por plantear no sólo que la sociedad está escindida entre una elite corrupta y un pueblo soberano, sino que también que la voluntad popular debe ser respetada a como dé lugar. En consecuencia, el populismo opera con una retórica moral (el pueblo es “bueno” y la elite es “mala”). Esto dificulta la posibilidad de lograr acuerdos y construye una noción de democracia que tiene escaso respeto por entidades autónomas que no son controladas ni elegidas de forma directa por el pueblo (por ejemplo, bancos centrales, instituciones judiciales u organismos internacionales).

Existen dos opuestos conceptuales al populismo: el elitismo y el pluralismo. Al igual que el populismo, el elitismo se sustenta en la distinción entre la elite y el pueblo pero invierte la moralidad de dichos términos: la elite es íntegra y superior, mientras que el pueblo es ignorante y peligroso. Basta pensar en el elitismo inherente al pensamiento tecnocrático, el cual presume que los problemas son muy complejos como para que sean comprendidos y resueltos por la ciudadanía. Por el contrario, el pluralismo no plantea que la sociedad esté escindida entre una elite y un pueblo, sino que define a la sociedad como una suma de individuos y grupos que tienen diversas ideas e intereses, o sea ve la diversidad como una virtud y tiene gran escepticismo frente a la idea de que se pueda hablar de un pueblo con una voluntad popular en singular. Al fin y al cabo, existen variadas voluntades individuales y grupales, de modo que sólo a través del diálogo y la negociación es posible establecer acuerdos que se acerquen al sentir común de una sociedad.

En base a esta concepción del populismo, y sus dos opuestos conceptuales, es posible analizar de manera empírica si los discursos que elaboran líderes políticos pueden ser catalogados como populistas o no. Para hacer esto de manera fidedigna es preciso recurrir a la así llamada metodología de graduación holística (ver nota metodológica). En el marco del núcleo de investigación financiado por la Iniciativa Científica Milenio (ICM), hemos empleado esta metodología para medir el nivel de populismo presente en los discursos de presidentes en Chile y América Latina, así como también en los candidatos presidenciales de la actual campaña en Estados Unidos.

Para todos los presidentes considerados hemos analizado cuatro discursos del mismo tipo. En primer lugar, un discurso durante la campaña presidencial y, por lo tanto, antes de que hayan llegado al poder. En segundo lugar, un discurso de “corte de cinta”, vale decir, cuando inauguran alguna obra frente a una audiencia local. En tercer lugar, un discurso internacional y, en consecuencia, frente a una audiencia que está compuesta mayoritariamente por personas de otros países. Por último, un discurso famoso, el cual alude a una ocasión que marca un hito importante en la política del país (por ejemplo, para el gobierno actual de Michelle Bachelet seleccionamos su discurso en cadena nacional del día 1 de abril del año 2014 en donde anuncia la reforma tributaria).

Tal como se puede observar en el gráfico, es posible encontrar un patrón bastante claro respecto a cuáles presidentes de América Latina pueden ser considerados como populistas. Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, y Hugo Chávez en Venezuela son los tres casos que marcan altos niveles de discurso populista. No en vano, la literatura académica ha catalogado a estos presidentes como expositores de una izquierda radical, la cual se caracteriza por atacar a las elites establecidas en el poder y en movilizar al pueblo para demandar e implementar significativos cambios institucionales.

El gráfico también revela que los exponentes de la izquierda moderada prácticamente no hacen uso del discurso populista: tanto Dilma Rousseff y Lula da Silva en Brasil, como José Mujica y Tabaré Vázquez en Uruguay hacen escaso uso de la retórica populista en sus discursos. De alguna manera esto es bastante esperable, puesto que dichos gobiernos se han distinguido por hacer reformas graduales y en tratar de buscar acuerdos con diversos sectores sociales. A su vez, Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe en Colombia (dos presidentes con una agenda de derecha) no hacen uso alguno del discurso populista.

¿Y qué sucede en Chile? En el caso de nuestro país, hemos evaluado los discursos de los últimos cuatro presidentes y la evidencia es concluyente: prácticamente no hay elementos de populismo en el discurso de ninguno de ellos. Quienes plantean que Michelle Bachelet ha ido desarrollando una retórica populista están equivocados: sus discursos tienen un marcado tono pluralista. Por ejemplo, en la cadena nacional donde ella anuncia la reforma tributaria, se postula que “necesitamos que la discusión esté guiada por el interés común y la visión de país, con una mirada de desarrollo y marcada por las necesidades de nuestra patria”. Se le pueden hacer variadas críticas a este gobierno, pero la evidencia empírica muestra que es incorrecto catalogarlo de populista.

A nuestro juicio, la pregunta más relevante es otra. ¿Se posicionarán candidatos con un discurso populista en las próximas elecciones presidenciales en Chile? Todo indica que ni Sebastián Piñera ni Ricardo Lagos (los más probables candidatos del establishment político criollo) desarrollarán una retórica populista. No es casualidad que diversos actores empresariales y políticos hayan indicado que una competencia entre ambos candidatos le da estabilidad al país. Ahora bien, los escándalos de corrupción del último tiempo marcan un contexto propicio para que otros candidatos hagan uso de la ideología populista para criticar a la clase política y empresarial. Roxana Miranda ya hizo esto en las últimas elecciones presidenciales, pero su estrategia rindió pocos frutos. Nada impide que otros candidatos sin vínculos con el establishment traten de levantar una campaña centrada en el populismo.

También es posible pensar en otra opción: que actores que forman parte del establishment decidan desmarcarse y armar una propuesta electoral populista. Por ejemplo, los senadores Manuel José Ossandón y Alejandro Navarro han dado entrevistas que apuntan en esa dirección. Aunque parezca curioso, nada impide que actores con importantes vínculos con la clase económica y/o política terminen elaborando discursos de este tipo con el objetivo de conectar con el malestar ciudadano y movilizar así a un segmento del electorado con agendas tanto de derecha como de izquierda.

No hay mejor ejemplo de ello que las mediciones que hemos efectuado de la campaña presidencial en Estados Unidos. Como se puede observar en el gráfico, al menos dos candidatos con claros vínculos con el establishment han elaborado una retórica con elementos populistas: por un lado, el multimillonario Donald Trump con una agenda de derecha en contra tanto de los inmigrantes como de la elite establecida en el poder y, por otro lado, el senador Bernie Sanders con una agenda de izquierda en contra del capital financiero y la influencia del dinero en la política.

Así, por ejemplo, Trump señaló lo siguiente en una columna de opinión publicada en The Wall Street Journal en abril de este año: “El único antídoto contra décadas de gobiernos dañinos por un puñado de elites es una infusión de voluntad popular. Sobre cada problema importante que afecta a nuestro país el pueblo está en lo correcto y la elite gobernante está equivocada”. Por su parte, en su discurso en Nuevo Hampshire del día 10 de febrero de este año, Sanders planteó: “Esta noche nosotros notificamos al establishment económico y político de este país que el pueblo americano no seguirá aceptando un sistema corrupto de financiamiento de la política, el cual está socavando la democracia de los Estados Unidos, y no aceptaremos una economía fraudulenta en donde gente sencilla trabaja más horas por salarios más bajos, mientras que prácticamente todos los nuevos ingresos y riqueza se van para el uno por ciento más rico”.

Dado el contexto actual en Chile, no deberíamos sorprendernos frente a la irrupción de candidatos populistas en la próxima campaña presidencial. El malestar frente a la corrupción y la falta de renovación del establishment político le da mayor atractivo al discurso populista. Nada indica entonces que Chile sea inmune al populismo. La historia indica que los liderazgos populistas cobran fuerza cuando la ciudadanía no se siente representada y la confianza institucional está por los suelos. Su potencial éxito electoral no dependerá sólo de ellos, sino que, sobre todo, de cómo reaccionarán las elites establecidas en el poder.

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