Columnas

6 de noviembre de 2014

Cuando el entusiasmo supera a la razón: reformas políticas en Chile

Share on FacebookTweet about this on TwitterEmail this to someone
Por Mauricio Morales

mauricio morales

 

 

 

 

 

 

 

Mauricio Morales

Una cosa es impulsar reformas para mejorar la calidad de la democracia, y otra muy distinta es saturar la agenda legislativa con todas las reformas al mismo tiempo. Hay reformas muy populares en parte de la elite política e intelectual, pero que, en conjunto, podrían ser nocivas para la estabilidad de régimen. En otras palabras, varias de esas reformas pueden tener el efecto contrario al buscado. En lugar de mejorar la democracia, pueden deprimirla.

Con el nuevo sistema electoral habrá más cupos disponibles. A más cupos disponibles, menor será la porción de votos necesaria para obtener un escaño. Como con voto voluntario participa menos gente, entonces las exigencias se reducen: se obtendrá representación con pocos votos. Junto con ello, se propone bajar las barreras de entrada para la formación de partidos. Acá hay un problema no menor. Aunque es correcto avanzar hacia un sistema más proporcional, la reducción de las barreras de entrada elevará el número de representantes de partidos pequeños (potenciales partidos de chantaje).

Es un caramelo para los caudillos que, bajo la excusa de “institucionalizar” sus apoyos, decidirán formar su propio partido.

Pero eso no es todo. Hoy se discute sobre el financiamiento de la política. Algunos han llegado a sugerir que se financien no sólo partidos, sino que también “organizaciones políticas”. En la irresponsabilidad está el riesgo. Si se reducen las barreras de entrada y se establece un financiamiento estatal de partidos y organizaciones, es muy probable que se reproduzca una espiral de fragmentación partidaria dañina para la democracia. Los ingredientes serían los siguientes: menos exigencia para formar partidos, financiamiento permanente, voto voluntario, pocos votos para alcanzar un escaño. ¿Qué estamos haciendo?, ¿fortaleciendo a los partidos o avanzando hacia una mayor personalización de la política?

Si bien es cierto que la democracia no tiene precio, me parece que debe argumentarse lo mismo cuando se discute sobre la estabilidad. Desde la izquierda- los mismos que impulsaron el voto voluntario- se proponen mecanismos de “apertura” del sistema político, lo que se basa en el errado supuesto de que la ciudadanía quiere participar más. Sumemos a esto la idea de establecer un sistema político aún más complejo, con intendentes electos de manera directa, y con cuotas indígenas. Una melodía democrática para la elite de izquierda, pero, me temo, con efectos contrarios a los buscados.

Estas reformas pretenden contribuir al fortalecimiento de los partidos. Error. Pueden generar lo opuesto. Más partidos, pero no necesariamente mejores partidos. Luego, la elección directa de intendentes puede producir una fragmentación peligrosa. En un sistema presidencial y con intendentes electos, la situación da más para conflicto que para cooperación. Entonces, la fractura no sólo estará en el Congreso con pequeños partidos de chantaje, sino que también a nivel regional con intendentes de un color político, Presidente de otro, gobernadores designados por el Presidente, y en convivencia con diputados locales, diputados indígenas, senadores, alcaldes, CORES, y concejales de diferentes partidos.

En todo esto hay que aplicar sentido común. Las reformas deben implementarse con gradualidad. El nuevo sistema electoral producirá una “buena” fragmentación al estimular la competencia. Pero si añadimos todo el paquete de reformas, es probable que se genere una “mala” fragmentación, con partidos regionales pequeños y caudillistas. Un gobierno que intenta aprobar todos estos cambios en cuatro años, puede pasar a la historia como el más reformista, pero también- y tristemente- como el más equivocado, hipotecando la estabilidad de la democracia. Ojalá esto no se lamente en los próximos 20 años.

Revisa la columna original en La Tercera

En Portada

cerrar