Columnas

5 de septiembre de 2018

Cuando los partidos dudaban del plebiscito de 1988

Por Claudio Fuentes

Durante todo el año 1987 los partidos de la oposición rechazarían la idea del plebiscito. Se estimaba que Pinochet repetiría las artimañas del plebiscito de 1980, se dudaba de los registros electorales, de las posibilidades de hacer campañas y de las condiciones de libertad de prensa y expresión vigentes en el país. La definición estratégica fue promover “elecciones libres”.

El 23 de febrero de 1987 el general Pinochet concurrió al Servicio Electoral de la comuna de Santiago para ser el primero en inscribirse. Al mes siguiente, se publicó la ley de partidos políticos.

Durante todo el año 1987 los partidos de la oposición rechazarían la idea del plebiscito. Se estimaba que Pinochet repetiría las artimañas del plebiscito de 1980, se dudaba de los registros electorales, de las posibilidades de hacer campañas y de las condiciones de libertad de prensa y expresión vigentes en el país. La definición estratégica fue promover “elecciones libres”.

En agosto de 1987, la Junta Nacional de la Democracia Cristiana reunida en Punta de Tralca aprobaría un voto político que lo señalaba explícitamente “en las actuales circunstancias, el PDC otorga prioridad a la campaña nacional por las elecciones libres, que centra la confrontación con el autoritarismo en el plano electoral…ello constituye la mejor estrategia para terminar con la dictadura y es, a la vez, un buen camino de reconciliación nacional”. Y continuaba la declaración “la realización de elecciones abiertas, libres y limpias, en las que el pueblo ejerza su soberanía, permitirá resolver la crisis política nacional sin rendición de nadie y será el único medio de constituir un gobierno que sea apreciado como legítimo”.

La DC, a un año del plebiscito lo rechazaba explícitamente: “Postulamos que, en vez del plebiscito proyectado por el régimen, se realice una elección competitiva del Presidente de la República y de Congreso Nacional íntegramente elegido por el pueblo e investido del poder de reformar la Constitución”. Se organizaría a partir de allí una Campaña Nacional por Elecciones Libres.

Pero la dictadura no estaba dispuesta a modificar su propio itinerario. En julio de 1987 Pinochet nombró a Sergio Fernández como ministro del interior para encabezar el gabinete. Se definió que al año siguiente se realizaría el plebiscito.

Los meses siguieron avanzando y las tensiones dentro de la oposición se incrementaron. Algunos partidos rechazaban tajantemente la sola idea de participar en una nueva farsa que, por lo demás legitimaría la Constitución de Pinochet. Otros sectores señalaban que no se contaba con la capacidad de derrotar a la dictadura mediante un boicot al plebiscito.

Las discusiones se zanjaron primero en forma independiente, y luego en forma colectiva. En octubre de 1987, el Comité Central del PC resolvió llamar a inscribirse en los registros electorales. En enero del 88 harían lo propio la DC y el PS-Almeyda. El PC no participaría de la Concertación pero ordenada y tempranamente se movilizaría por el “NO”. A esas alturas, diversas organizaciones sociales ya realizaban campañas informativas para registrarse.

El 2 de febrero de 1988—a ocho meses del plebiscito—trece partidos de oposición insistieron que el único camino que conduciría a la democracia en Chile sería la realización de elecciones libres. Sin embargo, anunciaron que se organizarían para una movilización nacional con el objetivo de votar que “NO” en el plebiscito. Eran tantas las dudas respecto del proceso organizado por la dictadura que advirtieron que “si de acuerdo a la evaluación que oportunamente haremos en su conjunto, el proceso electoral estuviese revestido de condiciones mínimas suficientes de limpieza, lo descalificaremos”. Los partidos colocaban una serie de condiciones incluyendo el acceso equitativo a los medios, el número de inscritos registrados para votar, el ejercicio de las libertades públicas sin trabas, el efectivo control democrático sobre el proceso, el término del exilio, la derogación del artículo 8º de la Constitución, la sustitución de la actual ley de partidos políticos, entre otros.

En el primer semestre de 1988 reinaba la incertidumbre. Los partidos opositores se sumaron a la movilización para inscribir a la gente en los registros electorales. No resultaba fácil si ellos atendían en horarios de oficina y no eran de fácil acceso. Tampoco la dictadura definía cual sería la pregunta que se incluiría en el mentado plebiscito.

Aquello recién se explicitó el 30 de agosto, cuando la Junta Militar anunció que se propondría al Capitán General Augusto Pinochet para ocupar el cargo de Presidente de la República por un período de 8 años. Aquello fue 36 días antes del plebiscito.

Un día después, el 31 de agosto, 17 partidos de la oposición emitieron un “Compromiso de los partidos concertados por el NO”, donde ratifican que el único depositario del poder constituyente originario es el pueblo y donde aspiran a tener un rápido tránsito a la democracia una vez derrotado Pinochet a través de elecciones libres. Exigen que dicho proceso implica una efectiva supremacía de las autoridades civiles y la flexibilidad de los mecanismos permanentes de cambio institucional, propios de un régimen democrático.

Pinochet fue derrotado el 5 de octubre. Pero ninguna de aquellas dos aspiraciones fueron concretadas: ni la Constitución se flexibilizó ni los civiles tuvieron plena tutela sobre los militares. Así, el 5 de octubre se transformaría en una victoria política y social de todos quienes se movilizaron contra Pinochet, pero también fue una derrota institucional al comenzar a jugar en las reglas impuestas por Pinochet. Aunque desde el presente observamos el 5 de octubre como un momento esperanzador, casi mítico y (re)fundante de la democracia; los hechos muestran una dinámica más compleja, cargada de dudas y desconfianza respecto de las verdaderas intenciones de la dictadura. Se derrotó al dictador con un lápiz, pero ese mismo lápiz contribuyó a reafirmar una institucionalidad y un itinerario que casi nadie quería legitimar.

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