Columnas

13 de junio de 2016

Deseo y decepción: los historiadores y el gran público

Por Ana Ma. Stuven - Manuel Vicuña


En medio de las críticas contra Jorge Baradit por su exitoso “Historia secreta de Chile” -80 mil copias vendidas- por parte de un grupo de académicos, una interrogante quedó en el aire: ¿por qué historiadores profesionales no han sido capaces de llegar a las masas que conquistó este escritor? ¿Escriben mal? Muchos creen que la exigencia de publicar en revistas indexadas los ha llevado a darles la espalda a lectores no especializados.

Cuando se vendió la copia un millón 500 mil de la novela “Adiós al séptimo de línea”, el Presidente Eduardo Frei Montalva recibió en La Moneda a su autor, Jorge Inostrosa. Fue la forma de celebrar un éxito inédito. Y que aún no se extinguía. Originalmente transmitida como radioteatro en 1948, en 1955 Inostrosa llevó la historia al libro y empezó a ser publicada por tomos por la editorial Zig-Zag: los chilenos se encandilaron con ese relato épico de la Guerra del Pacífico, que aunque ocupaba personajes ficticios, narraba con increíble acuciosidad y viveza el conflicto. Según José Manuel Zañartu, uno de los editores de la novela, era tanta la demanda del público que al autor se le arrendó una oficina, donde le dictó el resto de los cinco volúmenes a una secretaria. “Terminó casándose con ella”, recuerda Zañartu. Pasó algo más: aunque no hay cifras oficiales, la serie vendió varios millones de copias, los más optimistas hablan de cinco. Un récord difícilmente igualable.

Hombre de radio, periodista y novelista, también Inostrosa tenía algo de historiador. No solo llegó a tomar “chupilca del diablo”, ese combinado de aguardiente con pólvora que bebieron los soldados chilenos antes de tomarse el Morro de Arica, también investigaba descubriendo detalles inéditos de campañas y batallas. Y aunque las críticas a su estilo nunca cesan, hay quienes creen que parte de ese entusiasmo narrativo les hace falta a los historiadores chilenos. Quizá necesitan un remezón para volver a pensar en el gran público, ese que conquistó Francisco Encina con los 20 tomos de su “Historia de Chile” en los años 50. Acaso el remezón ya llegó y vino desde los extramuros de la disciplina: en menos de un año, el escritor de ciencia ficción y fantasía Jorge Baradit vendió más de 80 mil copias del libro “Historia secreta de Chile”.

Más allá del fenómeno de Baradit, que en julio lanza “Historia secreta de Chile 2”, el ranking de libros más vendidos también ha sido tomado por otro libro de carácter histórico: “Un veterano de tres guerras”, de Guillermo Parvex, que lleva 62 semanas entre los 10 títulos más comprados. El foco sobre la disciplina este año toma un cariz especial, pues en agosto se entrega el Premio Nacional de Historia. Una de las postulantes mira el fenómeno con una sonrisa: “Me ha llenado de alegría ver en este último tiempo libros de historia entre los más leídos. Es una gran noticia. Y un foco de alerta para nosotros, los historiadores académicos”, dice la vicerrectora de Investigación de la Universidad Católica, Sol Serrano, a quien dicha universidad presentará al galardón.

La cultura indexada

El caso de Baradit ha sido especialmente revelador. Su libro está compuesto por una serie de episodios poco conocidos de nuestra historia, narrados como si se tratara de verdaderas intrigas. Como a Inostrosa, no le falta ni entusiasmo ni desmesura. Pero en los últimos días, un grupo de historiadores profesionales ha estado acusándolo de apropiarse de investigaciones de otros, simplificar hechos y despreciar al gremio. En el aire han quedado algunas preguntas: ¿por qué no fueron capaces ellos de conquistar el público de Baradit? ¿Para quién están escribiendo?

Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

Las respuestas son múltiples, pero muchos historiadores coinciden en que están escribiendo -y también investigando, claro- para la academia. Según Manuel Vicuña, decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales, se está perdiendo cualquier atisbo literario. “Incluso, quienes dicen escribir ensayos más que monografías, a menudo lo hacen en una prosa tullida y sin ninguna apuesta en términos de composición formal”, sostiene. Y agrega: “Quienes todavía escriben libros, en la inmensa mayoría de los casos, no tienen en mente a un público lector ilustrado, sino a sus pares, y eso explica que sean leídos por muy poca gente y que, a la vez, les cueste tanto conseguir alguna editorial dispuesta a publicarlos”.

Vicuña es parte de un grupo de historiadores que ha conseguido superar el lenguaje técnico de la disciplina y prueba de ello son sus libros “Un juez en los infiernos”, sobre Benjamín Vicuña Mackenna, o “Fuera de campo”, una serie de perfiles sobre escritores e intelectuales. Aunque un poco más duros, títulos como “Mundo y fin de mundo” (2005) o “La revolución inconclusa” (2013), de Joaquín Fermandois, también tienen en el horizonte cruzar las aulas. “He tratado de llegar a la opinión pública, pero manteniendo el rigor de la disciplina”, dice. Y agrega: “Pero hoy escribimos para un público reducido, para cierta clase política que lee, estudiantes universitarios. Para un público ilustrado. Lo principal de la producción está dirigida a otros historiadores”.

Como Fermandois, Cristián Gazmuri también es profesor de la Universidad Católica. Autor de títulos como “Adiós maestro”, sobre Jaime Castillo Velasco, y editor de la serie “Historia de la vida privada en Chile”, ha elaborado una suerte de mapa: “Hay un grupo de historiadores que escribe para un público reducido, un universo intelectual y político de izquierda. Estoy pensando en Gabriel Salazar y otros, que pareciera que piensan en difícil, por decirlo de alguna forma. Hay otro sector, en el que yo me incluiría, que escribe para un público culto. Y que trata de ser medianamente objetivo. Por ejemplo, se critica bastante a Pinochet, pero también a Allende. Después está el ámbito donde está Baradit, que escribe para un grueso público menos culto, al que le interesa la historia como anécdota”, sostiene.

Ana Maria StuvenTodos ellos coinciden en lo que la historiadora Ana María Stuven considera uno de los problemas centrales para la desconexión entre el público y la investigación: el paper que todo académico debe publicar en revistas indexadas, siguiendo una serie de normas técnicas, que no solo van desde citar adecuadamente, sino que también estructuran la narrativa de los textos. Desde hace alrededor de una década, sumar artículos indexados es la manera de abultar el currículum. “La presión que se está ejerciendo sobre los académicos de publicar en revistas especializadas, que obligan a que hagamos un trabajo muy minucioso y muy especializado, tiene como efecto que finalmente tengamos muy poca repercusión. Este afán de tener que publicar en revistas indexadas, en momentos en que además hay poca lectura, termina en que el trabajo de investigación histórica se pierda”, asegura Stuven.

“No es que uno escriba para revistas especializadas, sino que hay una presión institucional. Eso termina haciendo una especie de distorsión de nuestra verdadera vocación social, que es otra”, añade Julio Pinto, quien este año será postulado por la Universidad de Santiago al Premio Nacional de Historia. “La forma en que escribimos los historiadores a veces no es la más indicada para llegar a todo público, pero lo que uno espera es que lo que uno recupera o investiga trascienda los círculos de los especialistas o estudiantes. Una disciplina como la historia o como cualquier ciencia social, se justifica en cuanto le aporta conocimiento y criterios de evaluación a la sociedad en la cual se inserta”, agrega Pinto.

El pulso de las editoriales

Coautor junto a Gabriel Salazar de “Historia contemporánea de Chile”, de cinco tomos, Pinto también es autor de “Luis Emilio Recabarren, una biografía histórica”, y tiene un contrapunto: “No comparto esta visión de que los historiadores estamos en un gueto y no nos preocupa lo que pasa afuera”, dice, y cuenta que el lunes pasado fue convocado por el sindicato de un laboratorio de Santiago para que les hiciera una clase sobre el sindicalismo en Chile. “Y hay muchos colegas que han participado en experiencias similares. Además, como miembro del consejo editorial de LOM Ediciones, puedo decir que hay un público interesado en la historia”, cuenta.

De hecho, LOM es una de las editoriales que tiene una línea permanente de publicaciones de historia. Por su parte, los grandes grupos editoriales no le hacen el quite, pero tienen filtros. Josefina Alemparte, editora de Planeta, explica: “Lo que buscamos es siempre un tono más divulgativo. Bajar del mundo académico al público general”, dice, y menciona como ejemplo dos títulos del 2015: “Chile 100 días en la historia del país”, de Bárbara Silva y Josefina Cabrera, y “Cerca de la revolución”, de Cristián Pérez. Mientras que Melanie Jösch, editora de Penguin Random House, sostiene que en la tradición de escribir historia anglosajona está el modelo que les interesa: “Más allá de que sea académico o no, la idea es que esté escrito de una manera muy amplia y que todo el mundo pueda gozar leyéndola. Como si fuera una novela. Y creo que en Chile, Salazar y Alfredo Jocelyn-Holt, a quienes publicamos, tienen ese talento. De hecho, tienen muchísimos lectores”.

Historia o ciencia social

El oleaje historiográfico golpeó las puertas de las masas antes del bicentenario: Ediciones B, por ejemplo, publicó la compilación “Historias del siglo XIX chileno” y “Bernardo”, una biografía de O’Higgins, de Alfredo Sepúlveda, quien luego lanzó “¡Independencia!”, libro que se promocionó como el “lado b” del proceso de independencia chileno. Paralelamente, Stuven y Fermandois fueron los editores de dos volúmenes de “Historia de las Mujeres en Chile”, que publicó Taurus. Todos ellos tuvieron su público, aunque ni cercano a “Historia secreta de Chile”, de Baradit. Según Cristián Gazmuri, los grandes hits de la historiografía chilena se cuentan con los dedos de una mano: los 20 tomos de “Historia de Chile desde la prehistoria hasta 1891”, de Encina, y el posterior resumen en cuatro volúmenes que hizo Leopoldo Castedo; la “Historia del pueblo chileno”, de Sergio Villalobos, y la “Historia de Chile”, de Gonzalo Vial, además de títulos de Gabriel Salazar.

Aquellos autores, cree la historiadora Patricia Arancibia Clavel, supieron hacer comprensibles para el público general hechos del pasado. “Existe la falsa creencia de que mientras más ‘ladrillesco’ es un relato, más serio es su contenido, lo que no se condice con la realidad. Barros Arana, Encina, Góngora, Vial, Villalobos, Salazar, por nombrar a grandes consagrados de nuestra historiografía, no escribieron ni para sí mismos ni para el reducido número de sus pares, sino que para un público siempre ávido de aprender y que -independiente de las distintas interpretaciones- ha valorado su naturalidad y claridad a la hora de narrar”, sostiene.

Para Sol Serrano, autora de, entre otros, “¿Qué hacer con Dios en la República?” (2008), el pasado de una nación tiene “habitación fundamental en la historiografia”. “Y aquí tenemos un problema. La disciplina, al ser parte también de las ciencias sociales, ha transformado su lenguaje y con ello, su estructura y con ello, su sentido. Soy de las que defienden a morir la historia como parte de las humanidades, porque defiendo su sentido de construir aquello que podemos llamar ‘conciencia histórica’, ‘pensamiento crítico’ y que personalmente cada vez lo llamo con más amor ‘virtud cívica’. Y su lenguaje es la narrativa”, asegura Serrano.

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