Columnas

20 de diciembre de 2017

Discursos totalizantes para triunfos de minoría

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Por Claudio Fuentes

Claudio Fuentes, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

Aquellas afirmaciones categóricas referidas a que “Chile quiere esto o esto otro”, pierden su sentido. Muy probablemente lo que tenemos es una diversidad de “Chiles”: un Chile que quiere modernización capitalista y otro Chile que es crítico al modelo; un Chile que desea acceder a bienes de consumo y otro que desea contener las pulsiones del mercado; un Chile que desea ampliar libertades y la autonomía de los individuos, y otro Chile que desea que sean la religión y la fe las que comanden las aspiraciones de la gente. Las elecciones lo que están midiendo es la fortaleza de aquellas opciones y, por el momento, lo hacen entre masas electorales minoritarias, capaces de coordinarse para acceder al poder.

Los resultados electorales suelen encender las pasiones. Las interpretaciones de estos triunfos suelen asociarse con expresiones categóricas, contundentes, asumiendo que el mensaje es prístino, cristalino y unívoco. Así, por ejemplo, Eugenio Tironi nos dice que “los chilenos, en una mayoría, optaron por privilegiar la certidumbre económica”. Gonzalo Cordero tituló una columna como “Chile apuesta por el crecimiento”. Carlos Peña indicó que “Piñera fue capaz de interpretar mejor el desasosiego de los sectores medios”. Un todavía más optimista Roberto Ampuero sostiene que el amplio triunfo de Piñera reflejaría un cambio tectónico, donde una alianza de centroizquierda daría paso a la emergencia de un nuevo eje de centro-derecha-liberal.

No es mi propósito aquí minimizar el resultado. Primera vez que la derecha obtiene tal caudal de votos, movilizando a cerca de 3,8 millones de electores. Primera vez que en el Congreso la derecha se acerca a obtener la mayoría legislativa. Primera vez que la Concertación-Nueva Mayoría ve reducido su caudal electoral en tal magnitud desde el retorno de la democracia. No obstante, ¿podemos señalar, a partir de un triunfo electoral de 54,6%, que “el país ha hablado”, que esta es una categórica y rotunda señal en una u otra dirección?

Los cerca de 3,8 millones de votos de Sebastián Piñera efectivamente representan el 54,6% de quienes asistieron a votar, pero representan tan solo el 26% del total de la ciudadanía habilitada para votar. El 45% de Guiller, en tanto, representa el 22% de aquella ciudadanía. La situación no es muy distinta a lo que sucedió en 2013, cuando pese a obtener un 62% de las preferencias electorales, Bachelet representaba un 25,6% del total habilitado para votar.

Probablemente más de alguien sostendrá que las tendencias políticas de los que votan deben proyectarse hacia quienes no participan del proceso electoral. No obstante, aquello al día de hoy no lo sabemos. No sabemos si quienes no asisten a votar están conformes con las preferencias de los que sí lo hacen, si es una masa anómica de electores, de disconformes, o una mezcla de todo lo anterior.  El hecho concreto, crudo y hasta preocupante es que consistentemente los gobiernos son electos por una minoría que oscila entre un 25% y 26% de la ciudadanía habilitada para votar.

De este modo, aquellas afirmaciones categóricas referidas a que “Chile quiere esto o esto otro”, pierden su sentido. Muy probablemente lo que tenemos es una diversidad de “Chiles”: un Chile que quiere modernización capitalista y otro Chile que es crítico al modelo; un Chile que desea acceder a bienes de consumo y otro que desea contener las pulsiones del mercado; un Chile que desea ampliar libertades y la autonomía de los individuos, y otro Chile que desea que sean la religión y la fe las que comanden las aspiraciones de la gente. Las elecciones lo que están midiendo es la fortaleza de aquellas opciones y, por el momento, lo hacen entre masas electorales minoritarias, capaces de coordinarse para acceder al poder.

Si es así, si lo que reflejan las elecciones es una competencia entre proyectos con mejores y peores resultados, entonces pareciera equivocado pretender realizar lecturas totalizantes a partir de un resultado electoral, a partir de una coyuntura. No es que Peña (Carlos) y Güell (Pedro) estén equivocados en sus diagnósticos. Quizás ambos tienen razón porque ambos leen segmentos distintos de una realidad que coexiste, que convive incluso en los mismos espacios territoriales. Que un 25% de los electores haya abrazado el programa de Bachelet en 2013 o que un 26% lo haga en esta ocasión por Piñera, no significa el triunfo avasallador y categórico de uno u otro proyecto. Es más bien la rotunda expresión de que vivimos en una sociedad donde conviven diversos segmentos.

De este modo, la pregunta más relevante, a mi juicio, es qué factores explican la oscilación hacia uno u otro lado de la balanza.

¿Es solo la capacidad de los líderes de cada coalición la que articula triunfos electorales? ¿Es acaso la fuerza electoral de los territorios lo que explica estas victorias? ¿Es la combinación de adecuados discursos y las certezas de un programa que garantice ciertos beneficios sociales? ¿Es acaso la mezcla virtuosa de líderes, estructuras de poder y programas?

Al final del día, solo una mitad de la ciudadanía se movilizó; solo un segmento de aquellos movilizados optó por un camino; y muy probablemente veremos en el futuro que se revitalizarán los que buscan otras opciones políticas. Quizás lo que demuestra esta –y otras elecciones en el pasado– es la conclusión DE que no hay explicaciones unívocas y que todos –en parte– tenían la razón.

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