Columnas

9 de junio de 2015

El dilema de Bachelet

Por Mauricio Morales
Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

Los altos niveles de aprobación con que cerró su mandato, llevaron a Bachelet a pensar que sin los partidos el camino al éxito era más directo. Su empatía ciudadana sumada a una política económica exitosa en plena crisis internacional, la transformaron en una de las líderes más populares del siglo XX chileno. Su ministro de Hacienda -que guardó recursos en períodos de bonanza para gastar en momentos de crisis- hizo que el concepto de responsabilidad fiscal se constituyera en un pilar básico de la administración, que además impulsó una profunda reforma al sistema previsional, ganándose el respaldo casi irrestricto de los ciudadanos más añosos.

¿Qué pasó en este segundo mandato? Bachelet reprodujo la estrategia.En lugar de acercar a los partidos, insistió en un diseño basado en reglas de confianza personal que a la larga se ha transformado en un verdadero lastre. Es muy usual escuchar a los dirigentes de la Nueva Mayoría decir que “los partidos son los últimos en enterarse de las decisiones del Gobierno”. Ese diseño personalista hoy le está pasando la cuenta. La fragilidad de los vínculos hace que ante cualquier situación crítica, sean los partidos los primeros en dejar caer ministros o autoridades. Los partidos no se sienten partícipes del Gobierno, y por tanto no tienen incentivos para salir en su defensa cuando la situación va mal. En el caso de Piñera, por ejemplo, recién tomó la decisión de integrar a los partidos el 18 de julio de 2011. Eso probablemente evitó una debacle de mayor envergadura, sin perjuicio de que ya se hubiese ganado el encono del presidente de RN y del actual senador Manuel José Ossandón.  

¿Cuál es la debilidad de este diseño? Es probable que el personalismo ayude a cosechar apoyos al Presidente, pero es muy difícil que ese personalismo contribuya a ganar elecciones. Dado que los presidentes personalistas ponen todas sus fichas en sus atributos individuales y en un contacto directo con los ciudadanos, se hace complicado que puedan endosar esos apoyos a su sucesor. De hecho, en 2008 la Concertación perdió 56 alcaldías (pasó de 203 a 147) y casi 400 mil votos en la elección de alcaldes (para concejales perdió cerca de 200 mil). Si en 2004 gobernaba al 57,6% de la población, en 2008 retrocedió al 36,7%. Para la elección de diputados, en 2005, la Concertación obtuvo 65 escaños, mientras que en 2009 sólo totalizó 54. A eso se suma la estrepitosa caída de su abanderado presidencial, quien no llegó al 30%. Por tanto, los liderazgos personalistas juegan sólo para ellos, lo que comprensiblemente irrita a los partidos, que generalmente terminan por pagar costos y no por cosechar los beneficios.

¿Qué debe hacer la Presidenta? La primera decisión pasa por distribuir parte del poder a sus partidos, evitando la apelación a pequeños grupos o camarillas que han terminado por vapulear al Gobierno. Estas camarillas sobreviven y se protegen de los políticos más tradicionales, alcanzando tal nivel de autonomía que llegado el minuto se sienten con “derecho a todo”. Lo segundo es incorporar de manera definitiva políticos con experiencia. El cambio de gabinete fue claramente en la dirección opuesta, pues dio paso a verdaderos novatos que han sido nulo aporte en este denominado segundo tiempo. En tercer lugar, se deben redoblar los esfuerzos para salir a flote con la agenda legislativa y todo el plan de reformas.

La Presidenta debiese optar por un diseño comunicacional más cercano a la pedagogía que a la refundación. Ya sabemos todos los problemas que ha generado la tesis de volver a construir Chile desde sus cimientos. Acá la izquierda tiene una deuda pendiente con el país, pues defendió la incorrecta idea de que los chilenos querían cambiarlo todo. En cuarto lugar, la Presidenta necesita transmitir la idea de equipo y no insistir en un diseño individual. Es cierto que los partidos ocupan el último lugar en el ranking de confianza, pero tienen el monopolio de la representación. En quinto lugar -y probablemente lo más importante- hay que traer a Bachelet a su hábitat natural: la gente. La Presidenta debe entender que el discurso refundacional montado sobre la idea de crisis sistémica, la condujo precisamente a eso. Es decir, fue una profecía autocumplida. De tanto hablar de crisis, parece que todo el programa y el diseño de gobierno fueron en esa dirección. Es la hora de la honestidad, transparencia, moderación y sentido común.

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