Columnas

14 de octubre de 2014

El historiador periférico

Doctor en Historia de la Universidad de Cambridge y decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Diego Portales, el historiador Manuel Vicuña (44) se declara un diletante. No se cuadra con las reglas del estilo académico y se pasea con libertad e irreverencia por distintos mundos y temas aproximándose a la historia desde sus márgenes. En su último libro, Fuera de campo, despliega un lenguaje suelto y directo para escudriñar la vida de notables escritores chilenos quienes, precisamente, llevaron hasta el límite su soberbia independencia.

Por Manuel Vicuña

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Manuel Vicuña

 Doctor en Historia de la Universidad de Cambridge y decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Diego Portales, el historiador Manuel Vicuña (44) se declara un diletante. No se cuadra con las reglas del estilo académico y se pasea con libertad e irreverencia por distintos mundos y temas aproximándose a la historia desde sus márgenes. En su último libro, Fuera de campo, despliega un lenguaje suelto y directo para escudriñar la vida de notables escritores chilenos quienes, precisamente, llevaron hasta el límite su soberbia independencia.

No le funciona ir por la vida como representante de una profesión, una disciplina, una clase social o un partido político y afirma que la contradicción le parece más interesante que la coherencia. Eso explica que el historiador Manuel Vicuña siempre esté transitando por pistas paralelas y se permita estar en la academia, en el medio literario y en cualquier espacio que atraiga su curiosidad. Incluso en 2010 estuvo en televisión, conduciendo, junto a Francisco Melo, el programa Algo habrán hecho, de TVN, en el que repasaba historias de personajes chilenos. La misma inquietud se traspasa a los libros que escribe, que despliegan la riqueza de lo heterogéneo, tocando temas diversos y mezclando el lenguaje culto y el popular. Pero, a pesar de esa diversidad, sus investigaciones siempre conducen a un mismo tema: las fisuras de la sociedad chilena.

Vicuña ha publicado siete libros, que revelan con pasión y gracia literaria escenas antes invisibles de nuestra historia, las que él reinterpreta para entregar una versión personal. Su libro Voces de ultratumba (2006) que narra la historia oculta del espiritismo en Chile, marcó ya los desvíos de su mirada. Pero en el último tiempo ha concentrado su atención en las vidas de personajes que, en su singularidad, dan cuenta de un mundo rico y complejo. Con su biografía Benjamín Vicuña Mackenna: un juez en los infiernos dejó instalado su opción por meterse en los aspectos excéntricos o desconocidos de personajes históricos y su capacidad de reposicionarlos, modificando las ideas que la historia oficial (la que se enseña en el colegio o en la académica convencional) ha transmitido. “Desde que hice lo de Vicuña Mackenna me di cuenta de que quiero escribir sobre personas, más que sobre procesos o épocas”, afirma. “Creo que al final uno escribe una forma subterránea de autobiografía, ni siquiera evidente para uno mismo. Al escribir sobre ellos me hacen sentido cosas que tienen que ver conmigo. Yo con los personajes tengo un grado de empatía. No los siento en el banquillo de los acusados ni tampoco en el de los héroes. A mí los tipos me caen bien”.

Los personajes que has investigado son multifacéticos, tienen distintos quehaceres. Por ejemplo, Vicuña Mackenna, político, intelectual, urbanista, escritor. ¿En el Chile de hoy existen personajes de esas características?

No hay nadie equivalente. Esas figuras multifacéticas son cosa del pasado. La razón es simple: el proceso de división del trabajo, las divergencias de los ámbitos político, cultural y económico. En el XIX, los escritores eran a su vez políticos: parlamentarios, ministros o presidentes. Ejercían el poder de la palabra y el de la acción, como dos caras de una misma moneda. Hoy existen políticos que publican novelas pero con fecha de vencimiento al día siguiente de llegar a librerías. Cero aporte a la cultura chilena.

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PASIÓN FRONTERIZA
Con Fuera de campo, Vicuña profundiza en su pasión por las grietas de la vida y su ejercicio de mezclar biografía con ensayo, conectando lo personal con lo cultural, y jugándosela cada vez más con un estilo propio de escritura. El libro, que se lanzó a mediados de este año, cuenta el periplo vital de siete escritores chilenos que no han sido suficientemente reconocidos por el canon literario, a pesar de que realizaron una obra extraordinaria. Entre ellos destaca Joaquín Edwards Bello, uno de los cronistas más entretenidos y agudos del siglo pasado: un ilustre resentido, atormentado y en guerra con la clase oligárquica de la que provenía. Los otros –Pezoa Véliz, Eugenio Lira Massi, Marta Vergara, Tancredo Pinochet, Mauricio Wacquez y Alfredo Gómez Morel– también transgredieron las fronteras de clase, algunos se dieron vuelta la chaqueta política, otros tuvieron conductas reñidas con la moral y las buenas costumbres. Todos se equilibraron peligrosamente en los bordes de las convenciones sociales. Vivieron apasionadamente, fueron egocéntricos y obsesivos, murieron solos o se suicidaron.

¿Cómo elegiste a los escritores?
A todos los había leído bien antes, menos a Wacquez, y me gustaban sus textos. Son escritores que están al margen, en general no forman parte del establishment cultural, pero tienen mucha más fuerza que la mayor parte de la literatura consagrada como importante en los programas escolares y en las editoriales con vocación patrimonialista.

La mayoría tiene una impronta periodística.
Claro, no son todos novelistas o poetas, son algo más que eso: cronistas, ensayistas. Estoy seguro que a veces lo mejor de la literatura chilena, y de la literatura en general, está fuera de la novela, el cuento y la poesía. En los géneros menores, por decirlo de algún modo. Perdida en los diarios. O en las memorias, en las crónicas, en las autobiografías. Ahí pueden haber cosas más potentes para entender Chile; textos más jugados, también lenguajes más interesantes, menos podridos por el paso del tiempo.

En tu último libro se ve tu propia pluma de escritor, te la juegas con un lenguaje más atrevido y personal.

Si, acá solté el nervio de frentón. Preferí no cuadrarme con el protocolo de escritura más académica, pero sin caer en la onda de ficcionar, porque no me interesa. Hay gente que escribe perfiles históricos y le mete relleno de literatura. No es lo mío. Yo no invento nada, lo que sí hago es inferir la experiencia de alguien a partir de ciertos rasgos, huellas e indicios. Escribir perfiles o historia es un acto de la imaginación pero siempre está bajo el control de las evidencias.

¿Te interesa que la historia llegue a más gente?
No es que esté empeñado en la heroica labor de sumar lectores, pero tradicionalmente la historia fue una rama de la literatura bastante leída. Y, en ese sentido, a mí me interesa hacer algo más directo y abierto, que sea sofisticado sin ser alambicado, que corra fácil sin ser simplón.

Y usas términos callejeros, dichos populares, giros raros…
Hice un poco de ventrílocuo, en el sentido de adecuar el lenguaje al personaje, para hacer de eco. Porque estos personajes no solo tienen una biografía particular, también funcionan como registros del habla chilena, de la lengua de una época. Y en general son escritores poco acartonados, son crudos, despreciaban el remilgo, la ostentación.

Todo lo contrario de Lemebel, que siendo un cronista, es puro remilgo.
En parte sí. A Lemebel no puedo leerlo mucho, lo encuentro muy hostigoso y muy ornamentado. Tengo cero aguante para la cosa barroca, sobreadjetivada, verbosa. Por eso solo lo puedo tragar en dosis breves. Demasiado azucarado para mí. Me da miedo que me dé diabetes o se me piquen los dientes. Igual ha logrado armar una audiencia de lectores entre gente no muy amiga de los libros. Eso no es poco.

Y los escritores de los cuales tú hablas nunca consiguieron tener fan club.
Lectores quizá, pero no groupies. Edwards Bello, por ejemplo. Un tipo muy solo, paranoico, misántropo, suicida. Lira Massi, un cadáver abandonado en el verano parisino. Gómez Morel, un cadáver abandonado en la morgue, a la espera de alguien dispuesto a rajarse con las lucas para el entierro. Tan genios y no fueron considerados”. La parada victimizadora no le hace justicia a estos personajes, gente que en general murió con las botas puestas.

FUERZA DE CLASE

Por otro lado, a pesar de sentirse marginales estos escritores se creen la muerte y no transan con nada.
Patean el avispero. Es gente conflictuada, desgarrada, desacomodada. Y que, además, tienen caracteres individuales muy fuertes, eso a mí me gusta. Pero a la vez son muy chilenos. Tal vez una manera lúcida de ser chileno sea despreciando a los chilenos. Eso era Edwards Bello, quien se pasó décadas fustigando la mediocridad de todos los sectores, la afición chilena por el linchamiento de la gente sobresaliente, el resentimiento solapado, el aldeanismo mental, la intolerancia. Me gusta lo que decían de Edwards Bello: que era “tieso de espinazo”, porque no se inclinaba ante nadie.

¿Compartes ese diagnóstico?
En muchos sentidos lo encuentro muy lúcido, aunque él maneja el arte de la exageración, porque solo así puede llamar la atención sobre su diagnóstico crítico. Pero varias de las cosas que escribió, aunque remiten al Chile del pasado, siguen arrojando luz sobre el Chile del presente. Caló algo profundo, que permanece.

Otra cosa que me llama la atención es cómo el tema de la clase social determina la vida de los personajes en el siglo XIX. Parece que Chile no ha cambiado mucho.
No. La fuerza de la clase en Chile estructura la identidad personal y las relaciones a todo nivel. Es muy potente, sale todo el rato, es una clave de lectura del gesto más mínimo. Y siempre hay un trasfondo de bronca, desprecio, disimulo, que enturbia las relaciones y promueve la segregación.

En tu libro, ¿qué escritor representa mejor ese conflicto?
Varios. Piensa en Marta Vergara como pituca desclasada e intelectual comunista: los líderes obreros del partido nunca le perdonaron su origen de clase, y eso que hizo harto mérito por limpiar sus antecedentes. Aunque el más enrabiado, el que más desprecia a la sociedad de la época y a su propia clase, es Edwards Bello. El aristócrata desclasado queda más solo que nadie. Porque haga lo que haga, la clase media o los sectores populares lo consideran un pije de mierda, mientras los de su clase lo juzgan un traidor. Ese es el lugar de la soledad extrema.

¿Crees que un intelectual de clase alta tiene que pagar un costo mayor para ser legitimado?
No, para nada. Lo que sí sucede es que debe bancarse una ración de resentimiento, pero eso no indigesta a nadie que tenga algo propio donde afirmarse. Pero, convengamos, que es indecoroso y hasta ridículo llorar penas por provenir de la clase alta y alegar que esa condición impide ser valorado intelectualmente.

Ya, pero tú dices que del resentimiento no se libra.
Es que eso determina muchas cosas. Creo que, entre otras cosas, el hecho de que ciertas clases más acomodadas se aíslen en ghettos donde solo vive gente como ellos, o pongan a sus hijos en colegios donde solo va gente como ellos, tiene que ver con el miedo a confrontarse con ese conflicto. El problema es que si te inhibe el resentimiento y te recluyes en el condominio mental de los semejantes, terminas marginándote de los lugares más interesantes y al final omites relaciones que valen la pena.

¿Y qué diferencia fundamental observas entre los conflictos de clase actuales y los que ocurrían hace un siglo?
Para mí la fractura histórica clave es el fin de la deferencia. Cuando se le pierde respeto al pije, que se creía merecedor de cierta veneración, y cualquiera le puede pegar una topeadura en la calle. Eso lo resienten de manera muy fuerte. Edwards Bello le tomó el pulso al fenómeno. Los futres quedan colgados, con pánico escénico. Por eso la clase alta se repliega, para ahorrarse la bronca acumulada durante décadas, que ahora nadie se traga. Quieren pasar piola. “Apequenarse” es la palabra que Edwards Bello usa para describir ese rollo. Hoy, la desigualdad está redefinida en términos de conseguir o no ciertos logros personales.

Pero no todos tienen las mismas oportunidades.
Me llama la atención la fe mesiánica en la educación como remedio milagroso para todos los males de la sociedad chilena. Eso esconde una forma de beatería. La desigualdad se juega en distintos frentes. Está inscrita en la ciudad, con todo lo que eso involucra. Ninguna solución razonable puede omitir una reforma profunda de la vida urbana, que es la encrucijada donde todo confluye, y de donde todo parte.

Y, como historiador, ¿crees que algunos de sus líderes estudiantiles pasará a la historia?
No me gustan los historiadores-aduaneros del futuro, que dicen quién pasará o no al ámbito consagratorio de la Historia con mayúscula. Todas las generaciones tienen la historia a su medida, cortada según el patrón de sus propios intereses. Ni idea qué pasará en 50 o 100 años. Con dificultad puedo prever qué va a pasar con mi vida en 3 años más. Sí sospecho, en todo caso, que se ha magnificado la significación del movimiento estudiantil, y de los movimientos sociales en general, como signos de un cambio radical o de fondo en la sociedad chilena. Me parece que el momento de euforia ya pasó y que el anhelo de cambio resulta menos ambicioso de lo presupuestado originalmente.

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SIN MORALINA

Sin ser militante ¿simpatizas con algún partido político?
Voto por la izquierda, cuando voto, pero con la narices tapadas la mayoría de las veces, sin entusiasmo, más por fobia a la derecha que por adhesión profunda al evangelio progresista. Ni militante ni simpatizante. Sufro de individualismo mórbido, con dosis de misantropía.

Como tus personajes, eres un historiador que no se cuadra mucho con la norma, a pesar de ser doctor y decano…
No le pongas. Sencillamente me muevo más en la periferia. A veces escribo sobre cosas que nadie más trabaja, y en ese sentido no hay mucha posibilidad de conversa, por ejemplo cuando me dio con el espiritismo. Tiendo a creer que las mejores conversaciones se dan entre gente alfabetizada en lenguajes distintos. De lo contrario puedes caer fácilmente en el ensimismamiento de los pares. En mis lecturas divago por aquí y por allá. Esa es mi anomalía intelectual en un mundo donde predominan los especialistas que explotan en profundidad unas pocas vetas a lo largo de la vida.

Pero, a pesar de eso, navegas muy hábilmente en la academia
Supongo. Es un mundo apacible, sin grandes tormentas. Hago algo minoritario y a la baja en el mundo universitario, donde el ensayo ha perdido relevancia. Para hacer carrera y armarte un currículo que te dé movilidad, es mejor escribir papers en revistas en inglés. Yo, en cambio, me he empecinado en escribir ensayos en castellano, y últimamente con residuos del habla local. Negocio redondo.

¿Y esa doble condición entre académico y diletante no te produce conflicto?
No pienso estratégicamente “mi carrera”. Intento funcionar por gusto, si quieres de un modo más hedonista, algo difícil de conciliar con el trabajo. Y sí, me banco ciertas contradicciones, pero eso también es un entrenamiento para “tener juego de piernas” y bailar en el ring sin que te atrinquen contra las cuerdas. Tampoco ando buscando la coherencia ni me interesa la gente que tiene todo claro. Querer que todo cuadre me parece nocivo. La coherencia limita tus posibilidades, te mutila, te obliga a renunciar a cosas que valen la pena. Para mí la madurez vendría a ser eso, aprender a zafar y a darse permiso para hacer lo que se te cante, sin esperar la aprobación del resto, porque eso te arrana.

¿Y qué gente te gusta?
La gente que habla barbaridades, que no se toma muy en serio, que es medio delirante, que piensa digresivamente. O sea, mis amigos. Gente sin moralina y piola que no se anda escandalizando a la vuelta de cualquier esquina. Candidatos para ser linchados en las redes sociales, donde abundan los savonarolas. A propósito de la manía de lo políticamente correcto, el otro día me contaron de alguien que ofreció en facebook “un perro de regalo” y lo lincharon. Aparentemente debería haber ofrecido “una mascota en adopción”.

He escuchado a historiadores de tu generación que encuentran que te crees la muerte, porque has dado muchas entrevistas, porque has salido en la tele y te gusta figurar.
¿Eso dicen los perlas? Anda a saber tú.

Revisar entrevista original en Paula

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