Columnas

18 de enero de 2016

El progresista puritano

Por Manuel Vicuña
Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

Señor Director:

Quizá vivamos distraídos por una ilusión. Creemos ser más autónomos que antes. Gozaríamos de nuevos márgenes de libertad, hasta poder forjarnos a nuestro gusto, con independencia de las fuerzas que vienen del pasado y de las presiones del presente. El sentido común dice que el individualismo tiene todo a su favor. Sería la época dorada del laissez faire ético. ¿Acaso no podemos elegir entre un cúmulo de estilos de vida y visiones del mundo? ¿Las tradiciones? Pesan menos que nunca. ¿Las autoridades? Nunca han tenido menos poder. ¿El catolicismo? Proliferan quienes lo practican a su pinta.

Tengo mis reservas con este diagnóstico. Hoy, ¿cuán fácil es reivindicar el individualismo? ¿Cuán fácil emprender el camino de la excentricidad? Cuesta más de lo admitido. Una de las razones: el autoritarismo del progresista puritano, el tipo psicológico del momento.

¿Qué lo caracteriza? Pontifica. Tiene seguridades sin mella. Considera al escepticismo, ese atributo civilizado, como subterfugio conservador a disposición de los tibios. ¿Sentido del humor? Poco. ¿Humor negro? Ninguno. Tiene la piel fina. Se escandaliza por todo. Patrulla el lenguaje en busca de palabras ofensivas. Repudia a los intolerantes, pero no traga a los disidentes. Usa las redes sociales para intimidar. Quiere imponer la unanimidad en la plaza pública. Juzga el pasado con la vara de sus valores, como si la gente de hace un siglo o dos fuera contemporánea suya, como si perteneciera a la misma cultura y no a una sociedad muy distinta, concluyendo que siempre está en falta ante la posteridad. Abraza al progreso moral como ley histórica. Se jura emisario del futuro. Goza con el escándalo porque le da la razón. Ahora que día a día aumentan los motivos para indignarse, ¿pondría las manos al fuego por alguien? Ni por los lactantes.

El progresista puritano cree estar produciendo un cambio radical en como pensamos, sentimos y vivimos. Ignora que encarna una paradoja: favorece la tolerancia como norma a la vez que se abandera con la uniformidad como práctica. Con su policía edificante, promueve la duplicidad, la hipocresía y el conformismo, no el asentimiento al valor de sus creencias. A menudo silencia sin convencer.

Así están las cosas: demasiado palabreo enfático, demasiada querella inoficiosa, demasiado celo dogmático. Dan ganas de hacer lo mismo que los eremitas del siglo IV en Egipto: retirarse al desierto, aunque no para buscar a Dios, sino para gozar con las tentaciones del Demonio, el Ángel Rebelde que, orgulloso de su independencia, desestimó la amenaza de la condena eterna.

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