Columnas

23 de mayo de 2014

El tiempo

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Por Alfredo Joignant

Alfredo Joignant

 

 

 

 

 

 

Alfredo Joingnant

Publicado el 22 de mayo por La Segunda

El problema político es el de compatibilizar la credibilidad con la eficacia, lo que se juega en el talento de quienes nos gobiernan”.

En términos formales, la noción de tiempo se concibe como un conjunto más o menos preciso de métricas con las que se miden eras, ciclos, procesos, eventos y acontecimientos históricos. Parafraseando a Pamuk en “La vida nueva”, a la pregunta ¿qué es el tiempo?, la respuesta del novelista oscila entre el “accidente” y la “vida” entendida como “un período de tiempo”. Llevado a la política práctica, la noción de tiempo alude a la dinámica (lenta, inquieta, veloz) de lo que acontece en el campo político. Y cuando el poder que fluye en el campo político es organizado por una forma presidencial de régimen, como en Chile y su presidencialismo reforzado, el tiempo de la actividad política mucho depende de las iniciativas y acciones de la Primera Mandataria.

Pues bien, para nadie es un misterio que la cadencia del tiempo observada en la política chilena actual es, simplemente, vertiginosa. De allí que se multiplique entre los actores de la política y sus analistas la imagen del “pie en el acelerador” que marca la potencia del Gobierno, así como la relación profundamente asimétrica entre el oficialismo y la oposición tras los resultados de las últimas elecciones generales. Esto no sólo tiene que ver con el contenido de las reformas que están siendo promovidas por el Ejecutivo de la Presidenta Bachelet; tampoco se relaciona con el volumen de los cambios involucrados. La naturaleza inédita del vertiginoso tiempo reformista observable en Chile reside en la conjunción de ambas cosas.

Hasta el mensaje presidencial del 21 de mayo, lo que predominó fue la rapidez y la convergencia de las promesas de cambio hasta constituir una simultaneidad entre tres grandes de reformas, todas ellas en curso de tramitación en el Congreso en ritmos dispares, aunque todas ellas veloces: la reforma tributaria, la reforma del sistema binominal y la reforma del sistema educacional. Desconozco los efectos buscados en esta fase vertiginosa, pero sí es posible interpretar el resultado alcanzado hasta el mensaje de ayer: ante la desconfianza de los movimientos sociales y de muchos chilenos con la política y sus instituciones, esta rapidez produjo credibilidad en lo que fueron promesas de campaña.

A partir del 21 de mayo, lo que parece asomar es una lógica de secuencias y ya no de simultaneidad, lo que maximiza la dimensión de eficacia de las promesas de campaña. Qué duda cabe: la propia postergación del calendario del cambio de la Constitución y del método para lograrlo confirma esta concepción secuencial. Tal es la lógica del curioso y fascinante gradualismo que estamos observando. Nada garantiza su éxito, sobre todo si en la tramitación legislativa el ritmo de la reforma se ralentiza al punto de amenazar la credibilidad ganada en la fase de despegue del Gobierno. De allí, entonces, que el problema político sea el de compatibilizar la credibilidad con la eficacia, lo que se juega en el talento de quienes nos gobiernan.

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