Columnas

13 de enero de 2016

España: La estabilidad política a la luz de los sistemas parlamentario y presidencial

Por Kenneth Bunker
Investigador Asistente del Observatorio Electoral del Instituto de Ciencias Sociales de la UDP.

Investigador Asistente del Observatorio Electoral del Instituto de Ciencias Sociales de la UDP.

La democracia española se enfrenta a la dificultad de formar un gobierno sin que exista un partido con mayoría absoluta. En tanto, analistas políticos abordan las ventajas y los puntos negativos de los dos principales modelos de gobierno que existen hoy.

Por primera vez en la historia de la actual democracia española, el Congreso surgido de las elecciones se formará hoy sin tener claridad de quién será el futuro presidente de gobierno. Una situación que para los más pesimistas podría adelantar el comienzo de un período de inestabilidad política, mientras que para otros evidencia la madurez del sistema español que parece dejar atrás un bipartidismo.

Por lo mismo surgen las comparaciones de la situación política de incertidumbre que han vivido otros países con sistemas parlamentarios, y los pro y contras de esa forma de gobierno, así como de los sistemas presidenciales y semipresidenciales.

“A pesar de las ventajas teóricas atribuidas en un principio al parlamentarismo (elecciones únicas sin un problema de legitimidad dual y con períodos flexibles), en la práctica no existen. Ambos sistemas son igual de buenos, solo depende de la cultura política y la idiosincrasia del pueblo. Un sistema presidencial puede funcionar igual de bien que uno parlamentario”, asegura Kenneth Bunker analista político del Observatorio electoral del Instituto de Ciencias Políticas de la UDP.

El temor es que España experimente lo que hace un año vivió Grecia, cuando tras el fallido intento del Parlamento de elegir a un nuevo presidente en diciembre de 2014, se tuvo que convocar a unos nuevos comicios generales, en enero de 2015, donde el izquierdista Alexis Tsipras logró convertirse en primer ministro.

Para Cristobal Bellolio, del Movimiento Red Liberal, “en el régimen parlamentario se vota por un proyecto ideológico colectivo y no por un caudillo. Si el jefe de gobierno emerge de una mayoría parlamentaria, significa que la gente eligió a esos colores políticos. En un sistema parlamentario vale menos el carisma del caudillo. Por el contrario, obliga a los partidos a transformarse en opciones viables y serias para gobernar”.

Otro caso de inestabilidad política (pero que no necesariamente se ha traducido en inestabilidad económica o social) es lo ocurrido en Italia. El sistema parlamentario de ese país, que posibilitó la fragmentación del Parlamento, ha permitido que en 70 años, desde 1945, haya tenido 41 gobiernos.

Uno de los récords del sistema parlamentario lo ostenta Bélgica, que estuvo sin gobierno un año y medio, desde junio de 2010 hasta diciembre de 2011. Pese a esa crisis política, el país vio crecer su economía, redujo su proyección de déficit fiscal, ejerció la presidencia semestral de la Unión Europea (UE) y envió aviones de guerra a Libia.

Pero hay otros casos donde la fragmentación de la escena política impulsa en los regímenes parlamentarios la formación de grandes alianzas como ocurre hoy en Alemania con la coalición entre la Unión Demócrata Cristiana (CDU, de Angela Merkel) y el Partido Socialdemócrata (SPD).

Los regímenes parlamentarios han sido más propios de los países europeos y en muchos de esos casos operan en el marco de una monarquía parlamentaria. Distinto es el caso de Francia, donde está vigente un sistema semipresidencial (o semiparlamentario).

Más propio del continente americano es el régimen presidencial, claramente inspirado en el sistema estadounidense, aunque las diferencias puedan darse entre los países federales y unitarios.

“El sistema presidencialista tiene la ventaja de que concentra en pocas personas la decisión, liderada por el Presidente de la República que es también jefe de gobierno y jefe de Estado. Eso genera una mayor precisión y muchas veces mayor voluntad para poder realizar los proyectos de gobierno. La desventaja que tiene es que, al estar concentrada la toma de decisiones, cuando el poder está muy fragmentado, dificulta mucho la posibilidad de abrir una negociación” para la aprobación de leyes, explica Guillermo Holzmann, analista político de la Universidad de Chile.

El modelo de Estados Unidos promueve el bipartidismo, por lo que es muy difícil la aparición de un tercer partido. Pero sí posibilita que el partido del inquilino de la Casa Blanca no tenga el control de las dos cámaras del Congreso, tal como ocurre hoy con el Presidente Barack Obama (demócrata) y el Parlamento dominado por el opositor Partido Republicano.

En la mayoría de los otros países del hemisferio, existen regímenes presidenciales en los que se establece la elección directa de los jefes de Estado y está contemplada una segunda vuelta presidencial. En muchos casos la elección de los mandatarios va acompañada de la elección de parlamentarios de fuerzas políticas que sustentan su programa de gobierno. Sin embargo, se da el caso de fenómenos políticos que llegan como aparecidos a la Presidencia, con escaso o sin ningún tipo de apoyo en el Legislativo. Así ocurrió con Alberto Fujimori en Perú, en 1990, y con Jimmy Morales en Guatemala, el año pasado.

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