Columnas

14 de octubre de 2014

Historiografía chilena novísima

No son una generación. No es la edad lo que los define, pero hay entre los historiadores chilenos sub 40 ciertas constantes. También, en el uso de las tecnologías y las redes.

Por Consuelo Figueroa

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Consuelo Figueroa

No son una generación. No es la edad lo que los define, pero hay entre los historiadores chilenos sub 40 ciertas constantes. También, en el uso de las tecnologías y las redes.

ENTRE VIEJAS y nuevas interrogaciones, entre temas que juntan polvo y otros que están arriba, ¿hay rasgos que singularicen a los historiadores chilenos según la edad? ¿Hay una generación, joven o no, de historiadores en Chile?

El proyecto que ediciones B concretó con XIX. Historia del siglo diecinueve chileno (2006) se inventó una: juntó a recién egresados de pregrado de la UC y sacó con ellos un libro amable con el lector de a pie. Y le fue tan bien que hubo una secuela (XX, 2008) con los mismos autores: Andrés Estefane, Andrés Baeza, Cristóbal García-Huidobro, Nicolás Ocaranza, Pablo Moscoso, Juan Luis Ossa y Joaquín Fernández.

Pero eso no es igual a tener una generación. Así lo ven hoy Fernández (33) y Ossa (32), respectivamente investigador del Cidoc de la U. Finis Terrae y director ejecutivo del Centro de Estudios de Historia Política de la U. Adolfo Ibáñez. Este último dice que no vio tal cosa en Inglaterra, donde hizo su doctorado, ni en Chile. Más aún, ve algo cansador y mesiánico en el tema, sin perjuicio de lo cual visualiza un escenario distinto en el país, en el que participan jóvenes, aunque no exclusivamente.

Para Consuelo Figueroa, directora de la Escuela de Historia de la UDP, los jóvenes historiadores “están trabajando temas que pueden revisar tópicos muy trabajados -independencia, republicanismo, cuestión social-, pero con miradas diferentes o a partir de temáticas más nuevas en memoria, género, discursos de raza, etnicidad”. En esto de atacar viejos temas con nuevas preguntas (y nuevas interpretaciones) concuerda Ossa, quien se apresta a publicar un libro sobre historia política de los militares entre 1808 y 1826, donde plantea, entre otras cosas, que la Guerra de Independencia fue una guerra civil.

Se pueden problematizar temas de larga data o bien historizar movimientos LGBT, estudiar la historia transnacional, las emociones y de las sensibilidades de cierto período, o del fútbol (ítem con el que, según Joaquín Fermandois, “andan todos locos”). Se puede escribir con mejor o peor pluma, aspecto que se comenta, pero no se vocifera. En cualquier caso, serán habituales la internacionalización, el acceso a redes, ya sean de investigadores de cine o del grupo Historia y Justicia, adscrito a la Universidad de Chile, y mayor tendencia a trabajar en equipos y con otras disciplinas.

En un contexto de productividad medida por índices, varios de estos novísimos historiadores coescriben y coeditan obras colectivas; son incentivados a escribir más papers y artículos que libros; difunden y convocan vía blogs, Twitter y web temáticas; critican la idea de “excepcionalismo chileno” y valoran altamente las fuentes no escritas u oficiales: imagen, audio, video, objetos personales, objetos del espacio público. Así lo ve Manuel Gárate, académico de la U. Alberto Hurtado, para quien se ha ido instalando además la idea del historiador/emprendedor, “que hace cursos en diversas universidades, gestiona publicaciones, contacta revistas, trae invitados internacionales, crea sociedades, etc”. Una modalidad freelance hasta hace poco ajena y hoy en alza. Que no se diga que no pasan cosas en el gremio.

Política: regresa la vieja dama
“La historia política se ha renovado, estrechando sus lazos con la historia intelectual, pero también centrando su atención en las prácticas colectivas y en una sociología cultural de lo político, que se ha ampliado para sobrepasar su aspecto meramente partidista y electoral”. Así lo ve Gabriel Cid y así lo refrendan títulos que, como Mapu o la seducción del poder y la juventud (2009), de Cristina Moyano, exploran el huidizo concepto de cultura política. Otro tanto ha hecho Joaquín Fernández, autor de El ibañismo (1937-1952): un caso de populismo en la política chilena, libro en el que delinea una trayectoria política desde el regreso del exilio de Carlos Ibáñez hasta su elección como presidente. También Pablo Rubio, que acaba de publicar Los civiles de Pinochet. La derecha en el régimen militar chileno, 1983-1990.

Volver al siglo XIX
Desde detalles antaño invisibles hasta viejos temas (guerras, constituciones) visitados por vías menos recorridas. Así van los abordajes al siglo XIX. De lo primero dan cuenta variedad de “historias subalternas” o de sujetos previamente no considerados: de Delincuentes, bandoleros y montoneros (2014), de Ivette Lozoya, a Ladrones (2011), de Daniel Palma. El segundo tema se expresa en obras de exploración identitaria como La guerra contra la Confederación, de Gabriel Cid, o bien en una historia política de los militares en el proceso independentista, como la que propone Juan Luis Ossa en Armies, politics and revolution: Chile, 1808-1826, próxima a aparecer en Inglaterra. Otro título reciente en esta línea es Autonomía, independencia y república en Chile 1810-1826, de Javier Infante.

Chile y el mundo
Joaquín Fernández destaca “el afán que muchos historiadores están poniendo en abandonar las narrativas nacionales, en pos de la inserción de la historia de Chile en procesos globales. Esto se ha realizado a través de los estudios comparados o del análisis de la recepción de ideas o experiencias políticas extranjeras”. Cuando lo examinado localmente es sólo una parte de la historia y cabe asomarse a un cuadro mayor. Por este lado aparecen historiadores de la UC, como Fernando Purcell y Rosario Rodríguez Lewald, y algunos que, como Víctor Muñoz en Generaciones (2012), buscan perspectivas comparadas entre Chile y México. Otro abordaje es el que plantea María Jozé Henríquez Uzal en ¡Viva la verdadera amistad! Franco y Allende, 1970-1973 (2014): contra toda inercia ideológica, el libros sostiene que hubo “entendimiento” entre ambos.

Cultura, usos, prácticas
La historia de las mentalidades evolucionó en Francia hacia lo que hoy se conoce como la historia de las “representaciones” (Roger Chartier, Peter Burke). Esta corriente ha tomado forma en Chile en áreas como historia de la medicina y los estudios del grupo Historia y Justicia. María José Correa, miembro de este último y autora de Historias de locura e incapacidad (2013), plantea que “un aporte importante de la historia cultural y social de las últimas décadas ha sido validar que toda experiencia es social y cultural”. Estas historias pueden abordar los usos y prácticas asociados a un fenómeno: del cine de Hollywood (¡De película!, de Fernando Purcell) a sustancias de distinto orden, como lo hace Marcos Fernández en Drogas en Chile 1900-1970. Mercado, consumo y representación (2011).

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