Columnas

2 de abril de 2018

José Antonio Kast, “el fariseo”, violenta el significado de la paz

Por Modesto Gayo

Invirtiendo el significado de las palabras, José Antonio Kast invoca a la violencia ondeando la bandera blanca de la paz. Aprendió de Guzmán a tirar la piedra y esconder la mano, a destilar la violencia militar convirtiéndola en un licor de olor y sabor democrático, haciendo una nefasta burla al constitucionalismo y al poder del pueblo para autogobernarse.

José Antonio intenta abrirse espacio en la derecha al modo de un barco rompehielos, con una jerga de independiente que no puede ocultar su profundo vínculo ideológico con la UDI. Del sarcófago de las pirámides pinochetistas, sacó una momia vestida de milico que pasea para ofrecer reparación moral a los que alguna vez asesinaron en nombre del orden y el Estado. José Antonio, tu herencia aria contamina tu corazón de Tutankamón tres mil años después, llenando de serpientes y culebras las lenguas de los que guardaron silencio después de cometer atrocidades. A éstos les devolvió los nombres, nuevamente generales y coroneles, nuevamente ciudadanos de ley, nuevamente hombres con razones, nuevamente celebrando el entierro mil veces interpretado de la UP.

Avanzan sus altavoces y corceles hacia un campo ideológico postransición que pretende minar con exabruptos, verdades ponzoñosas y supuestas evidencias de una izquierda a la que ensaya tildar de autoritaria, haciéndose por eso mismo un exorcismo a su persona y sus adeptos, transformando al victimario en víctima, al diablo en ángel salvador, al carbón en caramelo.

En su laboratorio extrae con pinzas los mensajes que quiere transmitir, al borde de la ley y del insulto, vende las aguas contaminadas de Puchuncaví en envases de agua con la imagen de un deshielo primigenio. Se desliza por las calles, con carteles de verde militar, seguro de ocultar su cobardía detrás de armas automáticas y uniformes de tropa.

La anti-poesía no te tocó, pero sí la anti-política. Tu figura podrida de anti-político reverdece los horrores de cualquier guerra luchada por el hombre. Suena todavía en tus sueños la muerte de Allende y el bombardero que destruyó un discurso que perdura como un eco en las montañas a pesar de todos los ruidos que hace tu pata de elefante intentando destruir lo que alguna vez amó para el pueblo de Chile.

José Antonio levantas la palabra episcopal y el nombre de la Justicia y el Estado como un cetro de oro destinado a quebrar las espaldas de todos los que encuentras por doquier. Y después muestras tu sonrisa vacía, moviendo un cuerpo marioneta, tratando de cambiar una historia que no se puede ocultar.

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