Columnas

10 de septiembre de 2014

La amenaza de restauración

Por Alfredo Joignant

alfredo joignant

 

 

 

 

 

 

 

Alfredo Joignant

Publicado el 04 de septiembre en La Segunda 

“Para producir cambios se requiere un tiempo largo de reformas”

Entre el inicio del gobierno de Bachelet y el discurso del ex Presidente Lagos en Icare, han transcurrido poco menos de seis meses. Pero la sensación es, como en los sueños, muy distinta, de ésa que se mide sensorialmente en años.

En el libro “El otro modelo”, en cuya redacción participé junto con 4 colegas, recogimos el malestar que había en Chile en el año 2011 y lo transformamos en un proyecto político de largo aliento. En ese texto insistimos en la importancia de tener claridad sobre las ideas propias, y de ser sensibles a la gradualidad de los cambios: transformaciones relevantes al modelo actual no podían lograrse en menos de cuatro gobiernos consecutivos.

Me parece que el inicial entusiasmo reformista del Gobierno se fundó en una intuición correcta: producir la creencia de que efectivamente la voluntad de cambios existe. Esta intuición se tradujo en una estrategia de aglomeración de proyectos de reforma. Pasados seis meses de gobierno, hemos pasado de la acumulación al apelotonamiento, lo que coloca la voluntad reformista en el umbral de la cacofonía. Aún más: no es necesario repetir esa muletilla de que “el diablo está en los detalles” para no advertir contradicciones e incoherencias en dos reformas principales, la educacional y la tributaria, lo que revela confusión sobre las ideas propias.

Se ha sostenido que el Gobierno tiene un déficit comunicacional, lo que no es cierto: el ministro vocero ha cumplido ortodoxamente su papel. La dificultad está en los ministerios recién aludidos, y el problema no es comunicacional, sino conceptual. El caso de la cartera de Educación es evidente: se ha insistido hasta el cansancio en los fenómenos de desigualdad, a menudo mediante malas metáforas (la última es la de las fábricas de salchichas asociadas a malos colegios, generalmente públicos, lo que contrasta con liceos de excelencia y establecimientos particulares), dejando en el más completo silencio los fenómenos de segregación social y espacial. Si los apoderados desean elegir el colegio de sus hijos, incluso co-pagando y segregando, no es llegar y decir “no es necesario pagar, el Estado lo hará”. Ese es el mundo que yo quisiera, pero la ideología de la elección que la derecha avala, como si elegir fuese siempre evidente, está incrustada en la cultura, y para hacer cambios se requiere de gradualidad, persuasión, pedagogía y un tiempo largo de reformas.

Pero la confusión ideológica está también del lado de Lagos. No tiene nada de evidente hacer, hoy, el panegírico de las licitaciones en obras públicas si lo que se entiende como tal es el mundo previo al 2006. Ese mundo era profundamente neoliberal, y las licitaciones de las que habla el ex Presidente tenían mucho de ese universo intelectual. Lo extraño es que nadie ha hecho esa crítica, por temor, por cálculo o por confusión conceptual. La restauración del antiguo orden, ese “tiempo circular, recurrente y uniforme de las estaciones”, para parafrasear a Coetzee, está a la vuelta de la esquina.

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