Columnas

1 de marzo de 2018

La crisis católica como desafío: una gran oportunidad para cuestionar sus prácticas de poder

Por Ana María Stuven

La Iglesia católica no es una institución democrática y tampoco ha estado sometida a los mismos cuestionamientos que el poder político. Pero puede aprender de él. El poder es siempre una tentación. Toda institución tiene que protegerse de su mal uso. Por eso existe, por ejemplo, la opinión pública, donde se debate en torno al bien de la sociedad, y la democracia establece pesos y contrapesos para domesticar el poder y perfeccionar su ejercicio de manera que no solo se castigue al culpable sino también se proteja a la sociedad e impida que los eventuales infractores puedan abusar.

El mundo católico continúa remeciéndose con nuevas noticias de abusos sexuales de parte del clero. Al destape del escándalo Karadima, le han sucedido casi sin cesar denuncias que golpean con cada nombre a los ya apaleados católicos, quienes, con razón, exigen explicaciones. Ni hablar del dolor de los sacerdotes que ven caer, sorprendidos, a sus compañeros de camino. No es difícil imaginar que el aire de desconfianza se filtre por todas las rendijas de los conventos, colegios y parroquias. ¿Abusarán solo los sacerdotes? ¿Y las monjas? Han sido menos los casos conocidos, pero con razón puede sospecharse de mujeres viviendo en comunidades más o menos herméticas; más o menos en contacto con niños y niñas.

Los católicos están abrumados contando los casos, temiendo que sean muchos más, sospechando que no salen a la luz. Ciernen sus esperanzas en que el obispo Scicluna finalmente alivie las heridas de las víctimas con un informe que les haga justicia. Porque es difícil no estar de lado de las víctimas. Pero el desafío es mayor, y los católicos merecen que su jerarquía vaya aún más allá en cuestionar qué hay en ella misma que hace posible que se llegue a esta crisis.

Por cierto, los abusos sexuales no son patrimonio de curas católicos. El mundo del espectáculo (nada menos que House of Cards tembló con las acusaciones a su protagonista) y de las finanzas (valga el ejemplo de Strauss-Kahn) están plagados de denuncias. Se conocen porque ahora están sometidos al escrutinio público, y porque ciertas conductas que antes se ignoraban o toleraban hoy ya no se permiten. Lo común, también con la Iglesia católica, es que son instituciones o personas con mucho poder. Y  ese poder, mal entendido, permite o favorece la práctica de conductas desviadas.

El poder es siempre una tentación. Toda institución tiene que protegerse de su mal uso. Por eso existe, por ejemplo, la opinión pública, donde se debate en torno al bien de la sociedad, y la democracia establece pesos y contrapesos para domesticar el poder y perfeccionar su ejercicio de manera que no solo se castigue al culpable sino también se proteja a la sociedad e impida que los eventuales infractores puedan abusar.

La Iglesia católica no es una institución democrática y tampoco ha estado sometida a los mismos cuestionamientos que el poder político. Pero puede aprender de él.  Tampoco a ella hoy puede bastarle con la sanción a los sacerdotes abusadores para enfrentar la crisis que la tiene disminuida y cuestionada. Tiene, por cierto, que denunciar y sancionar, ojalá de la manera más pública posible, a quienes abusan.Muchas instituciones, religiosas y no, se han visto cuestionadas a lo largo de la historia cuando su normativa o sus autoridades parecen no estar a la altura de los desafíos y riesgos que trae naturalmente consigo el ejercicio del poder.  Pienso en el Código del Trabajo; fue necesario dictarlo para impedir que empleados y obreros fueran víctimas de abusos por parte de los patrones. Los códigos de familia han debido irse modificando a medida que comenzó a evidenciarse la indefensión de la mujer en un régimen patriarcal sancionado por la ley.  Hoy somos testigos del clamor ciudadano pidiendo mayores regulaciones luego de los casos de corrupción y colusión.

Pero también tiene que debatir y enfrentar, como tuvieron que hacerlo en la historia las instituciones políticas, las falencias de su estructura de poder. Es cierto que su poder no proviene de la deliberación; que existe además un poder simbólico, difícil de cuestionar porque parece sancionado por Dios mismo. Pero, por eso mismo, porque en su credibilidad también se apoya la fe de los católicos, debe ir aún más lejos en su cuestionamiento si no quiere ver amagada su tarea evangelizadora.

Son muchos los católicos que, en privado y no tanto, confiesan que esperan que sus representantes comiencen a revisar su manera de ejercer el poder. Que demuestren no tener temor a admitir errores estructurales en sus formas de ejercicio de la autoridad; que reconozcan que, aunque su misión sea superior, muchas de las personas que la llevan a cabo están fallando.

Para algunos católicos se hace difícil permanecer en la Iglesia; dicen que ya no quieren una Iglesia que se ampara en el secreto. Que se pregunte sobre el sentido del celibato y se atreva a replantear el rol de las mujeres en las instancias superiores, sería fuente de esperanza para los que la ven caer en picada. La situación lo amerita.

Un católico comentó con osadía: si el Papa pudo convocar a un Sínodo sobre la Familia cuando se hizo imperativo enfrentar su crisis, ¿no será posible ahora convocar un Sínodo del Sacerdocio o un Sínodo de la Autoridad Eclesiástica?

Puede parecer loco, pero hace 2 mil años también se planteó un cambio religioso estructural de locos.

Leer en El Mostrador

En Portada

cerrar