Columnas

12 de diciembre de 2016

La historia tras la crónica más roja de Manuel Vicuña

Por Entrevista a Manuel Vicuña
Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

Manuel Vicuña, Decano y académico de la facultad de Ciencias Sociales e Historia de la Universidad Diego Portales

En “Reconstitución de escena” (Hueders), el flamante libro de Manuel Vicuña, doctor en Historia titulado en Cambridge y actual Decano de la Facultad de Ciencias Sociales e Historia de la UDP, corre sangre por litros. En ese torrente hay delincuentes borrando sus huellas digitales con soda cáustica y otras “hazañas” relatadas en el calabozo. Hay cuerpos abiertos por autopsias hechas a finales del siglo XIX, descritas en detalle. Y cadáveres destrozados deliberadamente, encontrados en distintos lugares de Santiago. También hay fotografías de trabajadores informales y vagos, como pruebas para definir “el primer prototipo del delincuente chileno”. Son puras historias chilenas del crimen, desde finales del siglo XIX hasta los años ochenta.

Del otro lado, una policía secreta formada en la calle. Jóvenes incentivados a ingresar a la institución por la lectura de las aventuras de Sherlock Holmes. Son escritores de folletines que tratan de alcanzar el éxito de su tiempo en la carroña. Héroes fallidos, más apreciados fuera de Chile que en su institución corrupta.

Se lee además en el libro de Vicuña, quien el año 2010 condujo junto a Francisco Melo en TVN el programa “Algo habrán hecho por la historia de Chile”, las grandes tendencias de la novela policial en el mundo. Por ejemplo, señala los 46 años que pasó en una tumba sin lápida Egdar Allan Poe y la entronización de Holmes como el detective más famoso del mundo. Al punto que su creador, Arthur Conan Doyle, lo resucitó por la presión de sus lectores. También están los escenarios asépticos de Agatha Christie; la frustración de Raymond Chandler, uno de los grandes escritores que modificaron el género y subvalorado en su tiempo. Paralelamente, circulan otros nombres de reconocidos autores que disfrutaron del policial: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Bertolt Brecht.

Antes, la pluma histórica de Vicuña pasó por otros pasadizos: “Voces de ultratumba: Historia del espiritismo en Chile” (2006), “Un juez de los infiernos. Benjamín Vicuña Mackenna” (2003, premio al mejor ensayo del Consejo Nacional del Libro y la Lectura) y en el año 2014, publicó “Fuera de Campo” (Hueders), siete perfiles a escritores siempre ubicados en el “lado B” de las bibliotecas. Tal como le gusta estar a Manuel Vicuña.

-¿Cuánto tiempo le tomó “Reconstitución de escena”?

-Tres años de lecturas y escritura.

-¿Cómo trabaja su estilo? ¿Qué referentes tiene?

-Comparto la poética de Edwards Bello: el primer deber del escritor es no dar la lata. Eso supone intentar cierta versatilidad de registros que despabile al lector y logre dar cuenta del carácter multidimensional de cualquier cuestión interesante. Creo que uno piensa y vive a saltos, sin continuidades fuertes, de manera digresiva; mis libros a veces reproducen eso, en la medida en que son fragmentarios y funcionan por las asociaciones que despiertan sus partes, por remotas que parezcan a primera vista.

En general los historiadores de hoy están muy preocupados por el rigor de la investigación, pero poco o nada por las cualidades narrativas de lo que escriben, olvidándose de que la historia tradicionalmente fue parte de la literatura, o de las bellas letras, como se decía antes. Para mí es literatura de no-ficción con permiso para mezclar el ensayo, la crónica e incluso la autobiografía.

-Los temas que ha trabajado son diversos. ¿Qué los une?

-Que me produce placer además de interés escribir sobre ellos. Y que escapan a lo que habitualmente se investiga. Me atraen las cuestiones que se pasan por alto y, sin embargo, constituyen puntos de mira privilegiados para retratar dimensiones ocultas del Chile contemporáneo.

-Tácitamente, mucho de lo retratado en “Reconstitución de escena” habla de la justicia en Chile, o de la injusticia.

-Hablar de la literatura policial y de la delincuencia, por fuerza, te conduce a la justicia y a los métodos que utilizaba para apretar a los sospechosos. El pasado de la justicia en Chile no digamos que es muy glorioso. Las prácticas abusivas estaban a la orden del día.

Escrito con sangre

-¿Lo impresionó especialmente alguno de los casos?

-Me impresionan más los casos pasionales y violentos, antes que las operaciones asépticas del intelecto. Tengo en mente el crimen de las Cajitas de Agua, que pasó en Santiago en la década de 1920. Una mujer, por celos, descuartizó a su pareja y repartió las partes por toda la ciudad. Cuando los detectives encuentran el tronco, lo exhiben en la morgue, a ver si alguien lo reconocía.

-Cuando se refiere a la revista “Sucesos”, nos devuelve a una época donde no se practicaba ética con el trabajo de imágenes; se mostraban fusilados, muertos de protestas sin filtro alguno. ¿Cuándo estos conceptos empiezan a cambiar el periodismo?

-La verdad, no tengo idea. Tema para otra investigación. Yo sospecho que los estándares más altos de ética periodística son bastante recientes.

-¿Cómo ve el estado de la crónica roja en Chile?

-De capa caída, al menos en relación con el pasado. Antes era el género estrella del periodismo, si por estrella entendemos el más leído.

-Relata en el libro que muchos autores no eran considerados por escribir policial. ¿Cree que aún se les desprecia?

-No. Ahora el policial es un género respetado, y sus autores más talentosos son considerados escritores de primer rango. Súmale a eso que el policial ha colonizado la cultura de masas, en parte gracias al éxito de las series de televisión.

René vergara

La revelación del libro tiene nombre: René Vergara. Es un detective con un pasado y juventud nómade. Ocupa estrategias de tortura (“porque no hay policía de la policía”, al decir de otro investigador), con una capacidad deductiva que le permite reconocimiento internacional.

Vergara es el corazón y sentido del libro, un fantasma olvidado que puede volver a aparecer por veredas y oficinas. Vicuña trajo a Vergara de vuelta.

-¿Cómo se presentó usted frente a la Policía de Investigaciones?

-Como historiador interesado en la vida del detective René Vergara, el antiguo capo máximo de la Brigada de Homicidios. Supongo que vieron en mí al historiador que por fin le iba a hacer justicia a una celebridad de la institución.

-Usted cuenta que los archivos de la institución están deteriorados. Cuando ya no se puedan consultar, ¿qué se perderá con ellos?

-Está lleno de documentación de reparticiones públicas que no es custodiada en archivos propiamente tales. Eso supone una pérdida para los historiadores del futuro. Y para los lectores también.

-¿Puede haber una construcción de una tradición posible entre René Vergara, Luis Rivano y Armando Méndez Carrasco?

-Entre Rivano y Méndez Carrasco, de todas maneras. Ambos fueron “pacos” de bajo rango que usaron su experiencia para contar la vida de los bajos fondos, de la “cáfila hampona”, incorporando sin censura el lenguaje y las costumbres de los delincuentes, con dosis muy moderadas o inexistentes de moralina.

-¿Cómo conoció la obra de René Vergara?

-Ni me acuerdo cómo llegué al personaje. Me dieron ganas de escribir un perfil suyo e incorporarlo a mi libro anterior, “Fuera de campo”, donde narro las vidas de escritores medio marginales, pero al final desistí.


EL ENVENENAMIENTO DE SARA BELL

Ala vista de una comitiva de detectives, médicos y familiares, tres sepultureros “más amortajados que vestidos” exhuman el cadáver de una joven sepultada en el Cementerio General de Santiago. Cumplen una orden judicial motivada por la sospecha de asesinato.

Enterrada de modo precipitado, han bastado unas cuantas diligencias, ejecutadas con la maña del pesquisa, para armar un caso. La prensa ya ha comenzado a planear sobre el cuerpo, con el instinto carroñero que despierta el olor a escándalo, y no hay tema de conversación más candente en las cocinas y en los salones de Santiago. Reconocido por sus deudos al pie del nicho, el cadáver de Sara Bell es trasladado a la plancha de la autopsia. El bisturí rasga las ropas y hiende el cuerpo enteramente desnudo, salvo por las medias negras de hilo de Escocia que contrastan con el blanco del mármol. Hecha la incisión, se extraen el hígado, los riñones, los intestinos, el corazón y los pulmones, que el practicante a cargo arroja a un balde con agua. Después se parte el cráneo con una sierra y se retira la masa cerebral, en medio de un olor nauseabundo. El examen no tarda nada: muerte por envenenamiento. Los órganos que sirven de evidencia son guardados en frascos lacrados y sellados. La investigación en curso ya tiene un hombre en la mira: Luis Matta Pérez.

Abogado, socio del Club de la Unión, habitué del Club Hípico con fama de implacable con sus enemigos políticos, los balmacedistas derrotados en la Guerra Civil del 91, Matta Pérez era amante de Sara Bell al momento de su muerte. Sospechoso más que presunto, logra esfumarse gracias a las concesiones de un juez amigo suyo desde la época del colegio. Se sabe que abandonó el país, pero nunca lograron atraparlo ni descubrir su paradero definitivo, pese a los esfuerzos de un detective que lo rastreó hasta Buenos Aires y a las noticias sobre su involucramiento en la guerra de Independencia de Cuba.

El caso se volvió célebre, más allá de los artículos de prensa y de los masivos mítines contra el “juez prevaricador”; sobrevivió en las páginas de los textos de historia como un episodio sintomático de los extravíos de una sociedad acostumbrada al encubrimiento de los privilegiados. Los condenados al patíbulo, los hombres engrillados que saciaban el hambre de escarnio público, ¿no eran siempre pobres? Los reporteros de la época aliñaron las noticias con toques de sensacionalismo. Se redactaron varios libros casi sobre la marcha de los acontecimientos. Siempre al cateo de los sucesos que inflamaban el ambiente y de las señales de impunidad en favor de los futres, los “puetas” también se pusieron a tono rimando décimas a medio camino entre la crónica y la denuncia.

La narrativa policial chilena nació a la sombra de ese crimen cuyo eco dilató el escándalo. El asesinato de Sara Bell salió de imprenta en 1897, cuando aún se mantenía fresca la memoria de los hechos. El autor, Daniel Castro Hurtado, fue el detective a cargo de las indagaciones. Nunca antes un “agente de seguridad” había derivado de la pesquisa de un crimen a la escritura testimonial de la investigación. Dado de baja tras la fuga de Matta Pérez, Castro Hurtado, más diestro en el uso del revólver que en el manejo de la pluma, redactó el libro con ayuda de un literato.

Leer entrevista aquí

En Portada

cerrar