Columnas

4 de enero de 2019

La importancia de la reforma tributaria

Por Patricio Navia

En las semanas que vienen veremos si el gobierno siente la urgencia de dejar un legado permanente —que pasa por deshacer el que dejó la segunda administración de Bachelet— o si solo quiere jugar al empate y renuncia a sacar adelante una reforma tributaria que refleje las prioridades y objetivos que tenía en su programa.

El gran test de qué tan exitoso será este gobierno será la reforma tributaria que se promulgue. Si la oposición lo fuerza a aceptar una reforma simbólica, el legado de la segunda administración del Presidente Piñera quedará incorregiblemente dañado. Si, en cambio, La Moneda demuestra tener dedos para el piano negociador, la reforma tributaria permitirá comenzar a desmantelar la compleja red de reformas estructurales que promulgó el segundo gobierno de la Presidenta Bachelet.

Los gobiernos se miden por las peleas que se deciden dar y por la capacidad que tienen para ganarlas. Un gobierno que se enfrasca en conflictos irrelevantes puede ser evaluado como victorioso, pero esas victorias no resultan ni significativas ni duraderas, mientras aquél que se anima a dar peleas importantes y logra victorias, dejará una huella que sobrevivirá mucho tiempo después de que la administración haya llegado a su término.

La reforma tributaria que promulgó Bachelet antes de terminar su primer año de gobierno produjo resultados negativos tan inmediatos que tuvo que ser reformada poco después de entrar en vigencia.

Para bien o para mal, ambos gobiernos de Bachelet dejaron huellas profundas en la forma en que funciona el país. Aquellos que valoran las políticas de libre mercado coincidirán en que el legado de su primer gobierno —con una reforma de pensiones razonable y un fondo soberano para los años de las vacas flacas— fue más positivo que negativo (aun considerando el Transantiago). En su segundo gobierno, si bien hubo algunas reformas que cerraron temas pendientes —como la nueva ley electoral—, las consecuencias negativas de algunas de ellas recién las empezamos a ver —como la fragmentación del sistema de partidos y el aumento en el número de legisladores. Otras reformas impulsadas por Bachelet en su segundo gobierno tuvieron consecuencias negativas inmediatas. La reforma tributaria que promulgó antes de terminar el primer año de la segunda administración produjo resultados negativos tan inmediatos que tuvo que ser reformada poco después de entrar en vigencia.

El segundo gobierno del Presidente Piñera se comprometió a corregir el rumbo por el que iba el país. Una de las formas en que pretendía lograr eso era a través de una nueva reforma tributaria. Siendo fiscalmente neutra, ésta debía generar más incentivos a la inversión y al crecimiento económico. A cuatro meses y medio de haberla anunciado, el gobierno no ha sido capaz de lograr que su discusión avance significativamente en el Congreso. Atascada todavía en el primer trámite en la Cámara de Diputados, todavía deberá pasar por el Senado, tal vez por comisión mixta e incluso por revisión en el Tribunal Constitucional. Parece cada vez más difícil que sea promulgada antes de que Piñera dé su segundo discurso ante el Congreso en junio de 2019.

Aunque puede ser mejor esperar para tener una mejor reforma que apurarse para promulgar una mala versión de ella, el problema del gobierno no es solo que tendrá que hacerse de paciencia. La oposición, que parece determinada a bloquear los principales aspectos de la reforma, está decidida a usar la estrategia de demorar las negociaciones a la espera de que la aprobación al gobierno continúe a la baja y que los vientos adversos de la economía golpeen los bolsillos de los chilenos para tener un argumento más persuasivo en contra de la rebaja de impuestos—y la reintegración del sistema tributario—que quiere La Moneda.

Varios líderes de la oposición están presionando para que el gobierno de prioridad a la reforma de pensiones antes que a la tributaria.

Incomprensiblemente, el gobierno no parece preocupado de apurar el proceso de negociación. Después de que el debate sobre la ley de presupuestos lo obligara a demorar la tramitación de la reforma tributaria en septiembre y octubre, el justificado escándalo por la muerte de Camilo Catrillanca terminó por dominar la agenda en los meses de noviembre y diciembre. Ahora que el Congreso ha vuelto a sus sesiones, el gobierno debe concentrarse en impulsar el avance de la reforma tributaria. Pero como solo quedan tres semanas antes del receso legislativo de verano, será poco lo que se puede avanzar. Además, inteligentemente, varios líderes de la oposición están presionando para que el gobierno dé prioridad a la reforma de pensiones antes que a la tributaria. Si bien es improbable que eso ocurra, la postura de la oposición desnuda su intención de demorar lo más posible la reforma tributaria para hacer correr el reloj lo más posible antes de verse obligada a sentarse a negociar.

Igual que en un partido de futbol en que el empate no lo favorece, el gobierno empezará a jugar contra el reloj mientras la oposición hace correr los minutos demorando las negociaciones. En las semanas que vienen veremos si el gobierno siente la urgencia de dejar un legado permanente —que pasa por deshacer el legado que dejó el segundo gobierno de Bachelet— o si en su segunda administración, el Presidente Piñera solo quiere jugar al empate y renuncia a sacar adelante una reforma tributaria que refleje las prioridades y objetivos que ésta tenía en el programa de gobierno de Chile Vamos.

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