Columnas

4 de mayo de 2015

La paradoja de la estabilidad

Por Fernando rosenblatt

fernando rosenblandt

 

 

 

 

 

 

 

Fernando Rosenblatt

¿Por qué un país como Chile, con un gran progreso en indicadores de desarrollo socioeconómico convive con altos niveles de protesta y un creciente distanciamiento y apatía hacia los partidos? A continuación se realiza un análisis, basado en los argumentos esgrimidos por distintos cientistas sociales, sobre el estado de la democracia en el Chile de los últimos años. Un conjunto de interpretaciones destacan los diferentes legados sociales, económicos y políticos del régimen autoritario. El repaso que sigue es arbitrario, en el sentido que propone una línea que pone el foco sobre un aspecto del derrotero de Chile.

El régimen dictatorial de Pinochet se extendió desde 1973 hasta 1990. Uno de los hitos que marcó el proceso de la transición fue el convencimiento en la oposición acerca de la imposibilidad de derrotar al dictador por la vía de la movilización violenta. Los intentos que hubo fueron brutalmente aplastados. Ya sobre mediados de los ochenta se dio inicio a una lenta estructuración de una coalición política de fuerzas de oposición. El resultado se conoció luego como Concertación de Partidos por el No y luego Por la Democracia. En esos años de construcción de la coalición, fue ganando terreno el convencimiento que una vez recuperada, lo más importante era resguardar el orden democrático. La competencia política posterior estuvo fundamentalmente estructurada en torno al eje dictadura-democracia y es innegable que la presencia del dictador y la salida controlada desde el régimen autoritario minaron el margen de maniobra de la Concertación.

Pero también, por decisión propia y por temor al conflicto, se cortó el vínculo con las bases sociales de los movimientos políticos. Veinte años en el gobierno engendraron en la Concertación una cúpula cada vez más aislada. La elite política en general quedó poco oxigenada, además, porque el sistema electoral era escasamente competitivo en los niveles nacionales. El sistema electoral binominal fue pensado a medida desde el régimen de Pinochet, esencialmente para proteger su legado pero también resultó funcional a la otra parte del binomio, la Concertación. Aquellos diputados y senadores que llegaron “a tiempo” (en las primeras dos elecciones) tuvieron una versión muy generosa de las ventajas del incumbente (político que busca la reelección). Asimismo, la ausencia de discusión sustantiva respecto del modelo económico también comenzó a erosionar la identificación programática con los partidos.

Pero mientras la política se dedicaba a la estabilidad, la sociedad chilena comenzó a cambiar exponencialmente. Los chilenos y chilenas salieron del aislamiento al que habían sido sometidos por Pinochet. El verdadero “milagro” chileno se cristalizó en democracia. Desde mediados de los años noventa, la sociedad chilena comenzó a cambiar de modo vertiginoso; un grupo importante de chilenos ya habían incorporado su nuevo status de clase media y otros tantos que, quedando en las puertas, viven con mucha incertidumbre—por el peso excesivo del mercado en aspectos centrales de sus vidas (especialmente educación). La sociedad comenzó a sentir cada vez más su segmentación; un país de primer mundo, bien pequeño, y un país mucho más grande que ciertamente no accede a bienes y servicios (especialmente públicos) de primer mundo. Y esa sociedad comenzó a recelar cada vez más de una clase política que ya había dado mucho pero que, como algunos políticos han reconocido, quedaron atrapados en la administración del gobierno. En diversas entrevistas y de distinta forma, los líderes políticos de la Concertación han señalado que en un momento se terminó la épica de la lucha contra la dictadura, del “dedo de Lagos”.

En el caso de la conocida movilización estudiantil, cuando ya fueron miles los provenientes de hogares sin antecedentes de escolarización universitaria, endeudados por miles de dólares, con títulos de universidades en muchos casos de dudosa reputación (con consecuencias en la inserción laboral) y por tanto hubo suficiente masa crítica, el movimiento estalló. Y cantaban “el pueblo unido avanza sin partidos”. Las demandas no fueron sólo sectoriales sino que incluían cuestiones más generales como el cambio constitucional. La movilización estudiantil fue la más emblemática, pero también hubo fuertes protestas regionales en el sur y en el norte del país. Y como si fuera poco, la sucesión de terribles desastres naturales desnudaron aún más, y de modo violento, el fenómeno estructural de la segmentación de la sociedad, la desigualdad que el país no ha podido enfrentar en 25 años de democracia.

A los bajos niveles de identificación, de confianza y de participación en partidos, hay que sumar el destape de numerosos (y escandalosos) casos de corrupción. Al creciente distanciamiento y apatía de la sociedad hacia los partidos, hay que sumarle ahora el embate de los escándalos como los casos Penta, Caval y SQM. El financiamiento de la política, las relaciones entre el empresariado y la política, el lobby, el tráfico de influencias, todo ello explotó en los últimos meses. Entonces, hay algunas señales que pueden oficiar de antecedente de una crisis del sistema de partidos que exceda la falta de afecto ciudadano. Además, en el contexto de un sistema electoral binominal que teóricamente impone un alto costo de salida, igualmente aumentaron las defecciones hacia nuevas organizaciones.

Los partidos siguen allí. Sucede que son cada vez menos los que se identifican. No parece haber activísimo partidario en niveles significativos. Siguen allí por gracia de unas reglas de juego con escasos niveles de incertidumbre (poco competitivas) y porque no sucedió ninguna crisis severa desde la transición en 1989. Chile vino creciendo y no sufrió las crisis económicas que varios países de la región experimentaron a inicios y finales de los noventa. El sistema de partidos chilenos aún no fue puesto a prueba. Las señales son de alerta, y en intensidad creciente. Siguen estructurando el voto y llegando a diario a la opinión pública con sendas apariciones en radio y TV. Es verdad que esto no es Costa Rica, otra democracia consolidada que está sufriendo, porque allí las noticias políticas ocupan 30 segundos del noticiero de mayor rating. Aquí la política sigue presente, pero cada vez aumenta más el tiempo que se dedica a difundir noticias que la presentan bien pobre.

Los políticos están preocupados. Han acelerado reformas políticas para abrir el sistema, no sólo en lo electoral sino, por ejemplo, en el acceso a la información pública. Habrá que esperar por el escenario que se pueda configurar tras la puesta en marcha del nuevo sistema electoral pero ciertamente ahí no está la llave de la recuperación del encanto de la ciudadanía. Han quedado encerrados en La Moneda, en los ministerios, en reuniones de cúpulas sin bases y sin conexiones permanentes (por ejemplo desde los partidos) más allá de los hilos tejidos desde el Estado.

La representación democrática en Chile atraviesa una hora compleja. Un escenario posible es un nuevo realineamiento de grupos y partidos políticos en nuevos tipos de coalición (más o menos estable). Eso sucedió en Uruguay, en Costa Rica, y en muchos países más. Estas transformaciones son propias de una sociedad que se encuentra en constante cambio. Pero otro resultado posible es la pulverización y la dificultad de consolidación de un nuevo esquema político claro y estable. A poco más de tres décadas de la redemocratización en América Latina, lamentablemente este segundo escenario no ha sido infrecuente (Argentina hoy). Las instituciones de la democracia chilena están viviendo una coyuntura difícil, una donde se ponen de manifiesto los costos no esperados de la estabilidad.

Ver columna en el sitio de En Perspectiva.

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