Columnas

3 de julio de 2014

La primavera árabe y la entronización de Felipe VI

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Por Modesto Gayo

ModestoGayo

 

 

 

 

 

 

Publicada el 01 de julio de 2014 por El Mostrador

El acelerado traspaso de la jefatura del Estado al nuevo rey en España, nos muestra cómo las transformaciones que prometía la primavera árabe dos o tres años atrás han fracasado en su mayoría. Obviamente, cada país tiene sus razones, pero también se hacía evidente que la política en el Mediterráneo, tanto al sur como al norte, requería una profunda revisión.

En el caso de España, la crisis económica sirvió como un catalizador, por un lado, de malestar ciudadano, pero, y de forma más significativa, de una necesidad de pensar nuevamente la institucionalidad democrática postfranquista, o lo que fue conocido como el resultado de una pacífica transición a la democracia, en torno a la cual se desarrolló una extensa laudatoria, a la que se unieron insignes políticos chilenos, entre los que es un caso destacado Ricardo Lagos Escobar.
Ese debate sobre la necesidad de un cambio se ha venido dando y no ha quedado sin efectos políticos. Para entenderlo bien, vaya por delante que la derecha se ha mantenido ajena a esta reflexión, salvo en los casos de los nacionalismos conservadores en el País Vasco y Cataluña, para los cuales el cambio equivale a la independencia.

Los promotores de una reflexión sobre posibles salidas a la crisis, que es tanto económica como institucional, han estado situados, históricamente y ahora, desde el centro hacia la izquierda. El efecto político ha sido casi inmediato a lo largo de los últimos años y ya es posible observar un nuevo escenario de fragmentación de la izquierda, lo que ha jibarizado al poderoso Partido Socialista, hasta hace poco tiempo en el gobierno, y ha permitido emerger a partidos como Unión Progreso y Democracia (UPyD), Podemos o Citadans.

Asimismo, este escenario ha dado lugar al planteamiento de importantes temáticas políticas, como es el caso de la conveniencia del intervencionismo estatal en la economía, la relación entre España y el resto de Europa, y las amenazas al sistema de bienestar, en particular en las áreas de la educación y la salud. Otro de estos temas es el que se refiere a la posibilidad de que España sea una república, tal y como lo son la totalidad de los países latinoamericanos, y por supuesto casos como Italia, Alemania o Francia.

No obstante, en España dicen que la república no es ni constitucionalmente posible ni política y económicamente conveniente. En torno a esta tesis se ha atrincherado la élite política de la democracia postfranquista. Si Franco y los monárquicos de la dictadura impusieron a Juan Carlos I a través de una de sus Leyes Fundamentales, la Ley de Sucesión, imposición después convalidada mediante el título II de la actual Constitución, ahora, en un proceso rápido, nuevamente sin discusión alguna y ausente toda posibilidad de una consulta popular, se obliga a los españoles a aceptar a un nuevo monarca, Felipe VI, “el impuesto”, echándole tierra al sueño republicano de tantos españoles, y a los vientos de cambio que la primavera árabe y las movilizaciones en las calles alentaron.

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