Columnas

2 de enero de 2018

La tentación refundacional

Por Patricio Navia

Patricio Navia, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

En la medida que en el futuro los candidatos erradiquen las palabras revolución y refundación de sus discursos, los chilenos habremos experimentado una de las transformaciones más profundas a las que puede aspirar una democracia moderna: habremos pasado de escoger líderes mesiánicos a elegir Presidentes que, con sus fortalezas y debilidades, reforman y no refundan al país.

De todos los legados controversiales que dejó el gobierno de Michelle Bachelet, el que más lecciones debiese dejar es el fracasado intento por refundar el país. Porque Chile necesita reformas que mejoren lo malo y profundicen lo bueno, la democracia chilena se consolidará sólo si los futuros gobiernos abandonan los ímpetus fundacionales. En la medida en que los futuros gobiernos se entiendan como reformistas y no como revolucionarios, el país podrá avanzar por el sendero del desarrollo y la consolidación democrática.

Hace cuatro años, la victoria por amplia mayoría que obtuvo Bachelet en la segunda vuelta presidencial alimentó los sueños revolucionarios en muchos que habían vivido la derrota de la UP en 1973, la transición pactada a la democracia en 1988-90 y la moderación de la izquierda en los exitosos 20 años de gobiernos concertacionistas. Para muchos —incluida la propia Bachelet— esta era la última oportunidad para intentar una revolución. Para ser fieles a sus sueños de juventud, esa generación que gobernó con Bachelet decidió emprender una serie de cambios que, sumados, podrían considerarse como revolucionarios.

Ahora bien, aunque algunos profetizaron la aparición de un nuevo modelo y otros anunciaron la llegada de una retroexcavadora, las ínfulas revolucionarias en el gobierno de Bachelet fueron mucho más ambiguas y desordenadas. La propia Bachelet demostró menos compromiso con el ímpetu fundacional una vez en el poder que el que había demostrado en campaña. En vez de empujar un proceso constituyente desde el primer día en el poder, Bachelet optó por una reforma tributaria y una reforma electoral. Si bien eso debió ser una señal contundente de que no habría nueva Constitución (nadie remodela el segundo piso si tiene planes de botar la casa el año siguiente para construir otra nueva en su lugar), los nostálgicos de la revolución siguieron apostando a que Bachelet haría transformaciones fundacionales en su período.

Pero, aunque sus defensores insisten en lo contrario, los cambios que ella hizo son reformas que pueden ser revertidas por futuros gobiernos, no cambios sustantivos y permanentes que pueden considerarse como revolucionarios. Para empezar, la reforma tributaria necesita correcciones y el nuevo gobierno introducirá cambios. Además, en todas las democracias maduras las elecciones siempre son ocasiones para alterar el código tributario, de ahí que nadie puede pretender que una reforma tributaria será inmutable.

Por su parte, la reforma que pone fin al copago y la selección en los colegios será implementada gradualmente, por lo que el nuevo gobierno tendrá oportunidad de modificarla, frenando algunos cambios e impulsando otras prioridades. Ya que Bachelet optó por introducir la gratuidad en educación superior a través de una glosa presupuestaria, y no por una ley detallada y bien diseñada, el próximo gobierno tendrá amplia discrecionalidad para modificar la forma en que avance y se materialice e beneficio. La reforma laboral fue redactada de forma tan ambigua que los reglamentos que discrecionalmente redacte el futuro gobierno influirán sustancialmente sobre la fuerza negociadora de los sindicatos. Incluso el nuevo sistema electoral, que remplazó al binominal, podrá ser cambiado por futuros gobiernos. Después de todo, ya que todos los sistemas electorales distorsionan de forma distinta, siempre habrá poderosos argumentos para criticar las distorsiones que produce cualquiera de ellos.

Es innegable que las reformas que implementó el gobierno de Bachelet dejarán huella y tendrán consecuencias. Cuatro años en el poder permiten alterar la dirección en que avanza el país. El nuevo gobierno dejará también sus propias huellas, pero su legado será menos significativo si dedica mucho tiempo a tratar de revertir el legado del gobierno anterior. Por lo tanto, nadie puede dudar que las consecuencias de las reformas de Bachelet se sentirán por mucho tiempo.

Pero su gobierno no fue refundacional. Su promesa de impulsar un proceso constituyente no se materializó (aunque el gobierno envíe un proyecto de ley de último minuto que el Congreso no discutirá porque se irá de vacaciones). El país avanzó (en la dirección correcta o equivocada, dependiendo de las preferencias de cada quien), pero no hubo refundación. Eso habla bien de nuestra institucionalidad. Pero eso también debiera convertirse en una lección a ser aprendida por futuros gobiernos. Cuando las democracias funcionan, los gobiernos introducen reformas y cambios, no lideran revoluciones ni promueven refundaciones.

En la medida que en el futuro los candidatos erradiquen las palabras revolución y refundación de sus discursos, los chilenos habremos experimentado una de las transformaciones más profundas a las que puede aspirar una democracia moderna: habremos pasado de escoger líderes mesiánicos a elegir Presidentes que, con sus fortalezas y debilidades, reforman y no refundan al país.

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