Columnas

26 de enero de 2015

Las mujeres en la Iglesia

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Por Ana María Stuven

Ana Maria Stuven

 

Ana María Stuven

No solo en estos días, en su viaje de regreso de Manila, el Papa Francisco ha llamado la atención con interés y preocupación sobre la ausencia de las mujeres en lugares representativos en la estructura de la Iglesia Católica. En Evangelii Gaudium, Francisco hizo un reconocimiento respecto a que las reivindicaciones de los derechos de la mujer interpelan a la Iglesia institucional con cuestionamientos que no puede eludir.  Porque efectivamente la Iglesia no ha querido admitir que los impedimentos a que las mujeres ocupen ciertos lugares en la estructura eclesial son de carácter histórico, asociados a culturas patriarcales, los cuales por siglos confinan a la mujer a una situación de dependencia y sumisión.

Otorgarle un lugar a la mujer, qué duda cabe, ha sido un desafío para la historia de la Iglesia Católica, ya que las imágenes bíblicas de la mujer han permitido diversas interpretaciones sobre su naturaleza. Mujer fue Eva, pero también fue mujer María, la madre de Jesús. Eva ha sido asociada históricamente a la naturaleza débil frente al pecado; a María se le ha venerado como modelo de femineidad asociada a la maternidad y al silencio. Eva fue origen del desorden en el mundo, María la madre de quien legó un nuevo orden, a menudo identificado erróneamente con un modelo de sociedad que valora sobre todo el influjo doméstico de las mujeres.

En nuestro continente americano, y para hablar de Chile, ambas mujeres se han asociado también con nuestra historia republicana, en la necesidad que imponía la modernidad política de pensar los principios de soberanía popular y representación en función de todos los habitantes de la nación. María ha sido la “madre” de la patria. Pero Eva ha sido más que una metáfora para afirmar la naturaleza pasional y poco racional de la mujer, justificando así su incapacidad, por ejemplo en el siglo XIX, para acceder a la llamada “educación científica” de donde podía surgir su perdición. La Iglesia, apostó por ellas como su bastión contra las ideas amenazantes de una modernidad que fundaba el Estado secular sobre principios de autonomía y neutralidad, de los cuales se desprendía una institucionalidad secular, independiente de toda tuición eclesiástica. El Estado no pudo eludir plantearse el problema del espacio de incorporación de las mujeres, cuyo rol en la sociedad civil y política no había merecido discusión.

Cada vez que un conflicto amenazó el poder la Iglesia, las mujeres fueron llamadas a las trincheras. Ellas amenazaron al presidente Montt con lanzarse a las ruedas del carruaje que llevaría a Monseñor Valdivieso al exilio si no se sometía al dictamen de la justicia civil que contradecía la sanción de los tribunales eclesiásticos; ellas repletaron las tribunas del Congreso vociferando contra la posibilidad de derogar el artículo V de la Constitución que prohibía cualquier culto no católico; ellas fundaron periódicos y salieron a las calles contra la promulgación de las leyes laicas. Ellas fueron protagonistas preferentes en la lucha por la libertad de enseñanza contra un Estado docente que podía poner en riesgo la trasmisión de la fe católica a través del sistema educacional.

“Puede en cierto modo afirmarse que la vida o la muerte de la sociedad doméstica y civil pende de las mujeres: tan potente y decisiva es su influencia para el bien o para el mal”, argumentó Monseñor José Hipólito Salas, Obispo de Concepción en l865, en su discurso de recepción a las Monjas del Sagrado Corazón de Jesús. Otro pedagogo de la mujer, Ventura di Raulica, fue elocuente al respecto: “La familia entera no es otra cosa que lo que la mujer la hace, no es otra cosa que un espejo fiel de sus buenas cualidades o de sus defectos, de sus virtudes o de sus vicios; y por consiguiente, la sociedad civil (que no es otra cosa que la reunión de las familias bajo una cabeza política, así como la familia es la reunión de los individuos bajo una cabeza doméstica) no es otra cosa que lo que las mujeres han hecho…”. Los textos mencionados demuestran reconocimiento hacia que lo privado, correspondiente al ámbito de la mujer, tenía prolongaciones hacia la sociedad civil pública, ejercido desde el espacio y en las condiciones definidas históricamente como correspondientes a su naturaleza. La familia tuvo, históricamente, sexo femenino.

¿Qué sentido tiene hacer esta reflexión histórica en el contexto social y eclesial de hoy? Presentar la historia de las posturas eclesiásticas sobre la mujer en una situación de adecuación a cambios sociales, culturales y políticos como fue el siglo XIX permite identificar la tendencia que ha prevalecido en el sentido de, por una parte, confinar a la mujer al espacio doméstico sin otorgarle derechos ciudadanos, pero, por otra, apelar a su autoridad, especialmente familiar, a la hora de defender el orden social, la estabilidad, la tradición y la resistencia a la innovación. También ha sido una manera de impedir que aparezca, como dijo Francisco, la riqueza de su mirada y la complejidad de su visión. Pero, lo más grave, al cerrar las puertas al reconocimiento de sus derechos y de su dignidad se reafirma el patriarcalismo y el machismo que en nada favorecen a la Iglesia en los tiempos de hoy.

Ojalá el papa Francisco, atento a la historia, no cometa los errores de quienes, creyendo que recluir a la mujer a una situación de inferioridad institucional, puede detener las exigencias de justicia y de participación, privándose del benéfico influjo que podrá tener la mujer en la renovación de la Iglesia. Aunque no es parte de la agenda del Sínodo 2015, reconocer que la familia ha sido de sexo femenino puede abrir nuevos derroteros en la senda de la igualdad y dignidad de la comunidad de los fieles católicos. Hablar de familia sigue siendo hablar de mujeres. ¿No debería entonces la Iglesia asumir que urge revisar la situación de la mujer en su interior, que es parte ineludible de la reflexión en torno a la familia?

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