Columnas

2 de julio de 2015

Nuevos partidos: el acuerdo que todos firmaron pero que nadie quiere

Por Claudio Fuentes
Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

Claudio Fuentes, director de la Escuela de Ciencia Política UDP.

Por una extraña circunstancia que casi pasó inadvertida, el Congreso aprobó una ley que permite la formación de partidos políticos con un muy bajo número de firmas. Puede llegarse a la paradójica situación de tener un partido constituido en algunas regiones del país con menos de 100 firmas. En los pasillos del Congreso Nacional se discute por estos días elevar los requisitos para formar partidos, lo que dado este escenario permitiría la proliferación de pequeñas tiendas políticas. ¿Cómo aconteció esto?

La historia parte así. Con ocasión de la reforma al sistema electoral, el ex ministro Peñailillo encabezó una astuta pero riesgosa movida de conseguir votos de independientes de izquierda y de derecha, prometiendo que junto con cambiar el sistema electoral se facilitaría su acceso al poder. Puestos en la encrucijada de cambiar el sistema electoral vs. alterar algunos procedimientos sobre formación de partidos, la gran mayoría de los congresistas se inclinó de mala gana por la primera opción.

Entonces, junto con sepultar el binominal, ahora los partidos enfrentan el temible fantasma de la fragmentación. Expliquemos brevemente el problema. Hasta el año 2014 se podía formar un partido político cuando lograba las firmas ante notario o de un oficial de registro civil equivalentes al 0,5% de la votación en cada una de 3 regiones contiguas o de 8 regiones no contiguas. A modo de ejemplo, si en el extremo sur del país querían formar uno, requerirían poco más de 2 mil firmas en las regiones de Puerto Montt, Aysén y Magallanes. En tanto, se procedería a disolver el partido si esta agrupación no alcanzaba un 5% de los votos en cada una de las regiones donde estaba inscrita en las elecciones de diputados, o bien si disminuyese en un 50% sus afiliados. Siguiendo con nuestro ejemplo, para sobrevivir, nuestro partido del extremo sur requeriría de poco más de 19 mil votos distribuidos en al menos un 5% en cada una de las regiones señaladas.

Lo anterior establece un umbral exigente, aunque bastante común, de sobrevivencia. En términos comparados, los sistemas políticos generan este tipo de límites para evitar la proliferación excesiva de tiendas políticas. Un sistema con infinidad de partidos genera fragmentación, provoca clientelismo y conflictos de gobernabilidad. Si un Gobierno tiene muchos partidos dentro de su coalición, el costo de mantenerla suele asociarse con transacciones basadas en transferencia de recursos a las comunidades y entrega de cuotas de poder para estas pequeñas agrupaciones. Es esta la principal razón que justifica crear umbrales exigentes.

Como el Gobierno necesitaba votos para terminar con el binominal, entonces aceptó reducir los umbrales para crear partidos. Lo que se acordó en el Congreso Nacional fue permitir la formación de nuevos partidos considerando un número de firmas equivalente al 0,25% de votación en una sola región. Para disolver las tiendas, se redujo también el umbral de votos obtenidos en diputados a 2,5% en la región donde está inscrito el partido, o perder la mitad de sus militantes. Continuando con nuestro ejemplo del extremo sur, ahora un partido necesitaría ya no las 2 mil firmas en tres regiones, sino que tan solo 94 firmas si es que, por ejemplo, decide crearse en la Región de Aysén, o poco menos de 200 firmas en Magallanes. La disolución procedería si obtuviese menos de 943 votos en Aysén o menos de 1.500 votos en Magallanes. Se hizo extremadamente poco exigente su formación y se hacía más sencilla su sobrevivencia.

La mayoría de las fuerzas políticas hoy rasgan vestiduras sobre la norma aprobada. Incluso, el Gobierno prepara una modificación a estos umbrales, toda vez que se reconoce la ridiculez de los límites establecidos. El precio de la eliminación del binominal fue abrir la cancha para la proliferación de minúsculas agrupaciones que podrían surgir en cada región.

Nos encontramos hoy (nuevamente) enfrentados a una situación del todo incómoda para el fortalecimiento de buenas prácticas democráticas. Por una parte, un buen número de bienintencionadas agrupaciones comenzó el proceso de inscripción de nuevos partidos, dado este cambio en la ley.  Por otra parte, los congresistas debaten la inconveniencia de esta excesiva rebaja de umbrales y se aprestan a elevarlo para evitar la fragmentación. Pero además, en los próximos meses, se discutirá en el Congreso entregar financiamiento público a los partidos políticos, lo que ocasionará un nuevo dilema político: ¿recibirán recursos los nuevos partidos sin representación parlamentaria? ¿Qué sucederá con las tiendas políticas recién creadas si se vuelve a elevar el umbral?

Para salir de este entuerto se requiere equilibrar los principios de gobernabilidad y competencia equitativa. Debemos evitar un sistema excesivamente fragmentado, pues afectaría la gobernabilidad, pero al mismo tiempo debemos estimular la emergencia de nuevas fuerzas políticas que den aire fresco al sistema político. ¿Se puede lograr aquello?

No cabe duda que los umbrales aprobados recientemente para la formación de partidos son excesivamente bajos. Se deben elevar dichos umbrales incrementando el porcentaje de firmas requerido para la formación de tiendas políticas (podría ser a un 0,5% en dos regiones contiguas), como también respecto de la disolución (volviendo al 5% de votación obtenida en diputados). Pero, al mismo tiempo, para evitar que el esfuerzo de recolectar firmas se pierda después de una sola elección, podría permitirse a estas nuevas fuerzas políticas poder competir en dos elecciones sucesivas y evaluar su disolución después de la segunda competencia. Esto les daría un mayor tiempo para consolidarse en los territorios que aspiran a representar.

También el Estado podría crear incentivos para financiar, no en forma permanente a estas nuevas colectividades (que están en formación), pero sí tal vez a partir de subsidios a la realización de actividades orientadas a la comunidad. De esta forma, tanto los partidos ya establecidos como las fuerzas emergentes podrían contar con cierto apoyo para fortalecer su vínculo con los territorios.

Ya en varias ocasiones nos hemos topado con reformas políticas aprobadas que inmediatamente generan desazón entre parlamentarios. Hace poco descubrimos que la ley de financiamiento electoral era pésima, que el voto voluntario fue una terrible idea y, ahora, que la rebaja de los umbrales para crear partidos estimulará la fragmentación. Es hora de armonizar las reglas políticas de modo de promover un sistema de razonables medidas que incentiven la competencia pero que, al mismo tiempo, nos brinden estabilidad.

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