Columnas

27 de marzo de 2017

Piñera: oda al mercado

Por Claudio Fuentes
Claudio Fuentes, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

Claudio Fuentes, académico de la Escuela de Ciencia Política UDP.

Fe ciega en el mercado como distribuidor de beneficios y defensa férrea de la libertad individual, constituyen el corazón de la apuesta programática de Piñera. Retornamos al punto ideológico de partida, de depositar toda la confianza en los individuos como “arquitectos y protagonistas de sus propias vidas y futuro”. El Estado entrega ciertos mínimos, pero a partir de allí dependerá de esta capacidad de los “emprendedores” de modelar sus destinos. No se pone atención ni a las desigualdades estructurales preexistentes ni a lo disparejo de la cancha para viabilizar aquella “competencia”.

Sebastián Piñera demarcó el debate presidencial en una simple pero crucial polaridad: Mercado versus Estado. En su presentación como candidato presidencial, no optó por el camino del medio (corregir los errores del actual Gobierno), sino que se matriculó clara y rotundamente a favor de enmendar el rumbo volviendo al mercado.

Su fe en el crecimiento económico promovido por el mercado es categórica, llegando incluso a definirlo como un imperativo moral, “porque el crecimiento económico crea empleos, mejora los salarios, aumenta la recaudación del Estado (…). No hay mejor política de recaudación fiscal que el crecimiento económico. Si logramos que la tasa de crecimiento se duplique o triplique, entonces todo lo que yo le estoy diciendo va a ser posible. Por eso, la esencia de nuestro programa de Gobierno es que Chile recupere se capacidad de crecer, de invertir, de mejorar los empleos, de mejorar los salarios y mejorar las pensiones”, expresó Piñera, en Radio ADN (23/03/2017).

Para lograr este crecimiento económico, las políticas delineadas son las clásicas de un programa de derecha económica: favorecer la libre empresa, reducir los impuestos y modificar la reforma laboral, aminorando el peso de los sindicatos.

A lo anterior se suma la creencia en la libertad individual como motor del emprendimiento y la superación de las desigualdades. Mientras la Nueva Mayoría buscó independizar la capacidad económica de los individuos de la entrega de beneficios sociales –eliminando, por ejemplo, el copago–, Piñera vuelve a la carga con el modelo vigente hasta antes de Bachelet: “Fortaleceremos la libertad de enseñanza –nos dice Piñera– y devolveremos a los padres el derecho a elegir y aportar voluntariamente a la educación de sus hijos”.

En otras palabras, lo que se propone es volver a liberar las fuerzas del mercado en la educación, donde la formación de un niño dependa del esfuerzo individual que los padres puedan hacer. Se garantizan ciertas mínimas oportunidades y, a partir de allí, se incentiva la competencia estimulada por los aportes en dinero que hagan los padres a la educación de sus hijos. Los padres, en su afán de entregarles la mejor educación a sus hijos, invertirán la mayor cantidad de recursos que puedan, tratando de diferenciarse de otros que también compiten por lo mismo.

En pensiones la solución es algo parecida. Sostiene Piñera que el mejor aliado para tener buenas pensiones es el crecimiento económico, por cuanto así se mejoran los salarios y eso afecta la capacidad individual de ahorro. Pero, además, promoverá mayores aportes del Estado para garantizar un mínimo; empleadores que debiesen aportar más; AFP que debiesen reducir sus comisiones; y trabajadores que deben permanecer por más tiempo en la fuerza laboral para incrementar sus capacidad de ahorro.

El periodista le pregunta si el aporte de los empleadores se traduciría en un estancamiento de los salarios, pues no es grato para un empresario aumentar sus costos de mano de obra. Piñera responde: “Mire, lo que realmente estanca los salarios son las economías que no crecen. Vea usted, en el mundo entero, cuando los países no crecen, los salarios no crecen” (Radio ADN, entrevista citada). Al parecer el crecimiento estimularía mágicamente la generosidad de estos empleadores.

Fe ciega en el mercado como distribuidor de beneficios y defensa férrea de la libertad individual, constituyen el corazón de la apuesta programática de Piñera. Retornamos al punto ideológico de partida, de depositar toda la confianza en los individuos como “arquitectos y protagonistas de sus propias vidas y futuro”. El Estado entrega ciertos mínimos, pero a partir de allí dependerá de esta capacidad de los “emprendedores” de modelar sus destinos. No se pone atención ni a las desigualdades estructurales preexistentes ni a lo disparejo de la cancha para viabilizar aquella “competencia”. No se cae en cuenta de que en una sociedad desigual hasta los méritos están desigualmente distribuidos, beneficiando precisamente a aquellos que están en la cúspide de la escala social.

Piñera, de este modo, nos invita a retornar a la sociedad de mercado modelada en dictadura y profundizada en democracia. Ordena el debate en torno a un eje crucial: Mercado versus Estado. Y, al explicitarlo sin matices, alineará seguramente a los actores políticos entre los defensores de la sociedad de mercado (que mercantiliza nuestras relaciones sociales y las transforma en competencia) y quienes buscan, a través de la intervención del Estado, independizar la capacidad individual de generar recursos de la provisión de políticas públicas.

Y aunque este dilema parece una cuestión puramente económica de crecimiento, mercado, competencia y asignación de recursos, bien valdría recordar la frase de John Stuart Mill respecto a que “ningún problema económico tiene una solución puramente económica”. Porque ni el crecimiento por sí solo resolverá los problemas del modelo de desarrollo, ni menos la competencia individual por sí sola hará, de esta sociedad, una más meritocrática.

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