Columnas

11 de mayo de 2015

¡Que pase la modelo! Política y espectáculo en democracia

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Por Fernando García
 Fernando García, Director del Magíster Política y Gobierno de la Universidad Diego Portales

Fernando García, Director del Magíster Política y Gobierno de la Universidad Diego Portales

No es extraño que ella cambie como dice la canción. Lo que debe llamar la atención es el sentido del cambio y si nos afecta como comunidad, como grupo político.

Primero, y luego de la entrevista, ya no hay espacio para una simple especulación de cambio. Aquí hay un cambio real y concreto. Ni imaginado ni delirante. Es observable y se registra.

¿Qué cambia? Para ayudarnos, podemos distinguir en comunicación política una gestión comunicacional “abierta” y otra “cerrada” tal como se sigue de Dominique Wolton.

La abierta es típica de gobiernos con discurso ciudadano y comprometida orientación democrática. Ahí se promueve la construcción conjunta de mensajes entre periodistas y actor político. Cada uno en su rol. Hay permanente interacción entre ambos, lo que involucra desafíos de lenguaje y uso de símbolos especialmente para el político. Los medios de comunicación de masas, con el periodista al centro, se privilegian.

Las “puestas en escena” reafirman el carácter horizontal. Ida y la vuelta de un mensaje en construcción que no depende sólo del líder: conferencias de prensas, entrevistas, puntos de prensa con preguntas abiertas. Se “expone” al actor político a un “enfrentamiento” crítico con el periodista. Por lo mismo, se le exige más racionalidad y argumentación en el mensaje. En Latinoamérica, líderes políticos que se caracterizaron por este tipo de comunicación fueron Lula da Silva en Brasil, José Mujica en Uruguay y Michelle Bachelet en su primer gobierno.

La comunicación cerrada está en las antípodas. Ahí el flujo es unidireccional, vertical y descendente. La interacción con los periodistas se reduce para evitar exponerse a crítica y escrutinio. El gobierno impone reglas del juego y limita el papel de la prensa como intermediador de sus mensajes.

En la cerrada, los medios se encuentran permanentemente en dificultades para llegar a la fuente principal. Se busca blindar al mandatario y así fortalecer su imagen de liderazgo. Los destinatarios que se privilegian son sus “fieles”. Consecuentemente, se bajan los niveles de racionalidad y se desplaza el registro hacia la dramatización y la emocionalidad: hay buenos y malos, héroes y villanos. Dentro de este tipo de gestión, los venezolanos Hugo Chávez y Nicolás Maduro. También Cristina Kirchner en Argentina.

¿Y el segundo gobierno de Bachelet? Ya desde la campaña ha demostrado evidencias. Huellas de crimen: se evita el formato de conferencias de prensa abiertas. Cuando las hay, se controla la cantidad de preguntas o se evitan respuestas –“paso”-.

Se enfrenta a los medios seleccionando con cuidado al entrevistador y se recurre a encuadres de emotivos (“hablo también como madre”) que buscan empatizar con el ciudadano común. La racionalidad y la argumentación obviamente se desplazan. Elegir a un animador de espectáculos, más cercano al mundo de la farándula y de la emoción, y no a un periodista con determinada función social y crítica dentro del espacio público político, es también una forma de controlar y proteger el mensaje y la imagen de la presidenta. Estamos entonces en las redes de la comunicación cerrada tal como algunos de nuestros vecinos.

¿Por qué cambió? ¿Fue quizás la gestión de Piñera que estaba como antecedente? -él también se acercó más a lo cerrado que a lo abierto-. ¿Quizás los golpes de la campaña? Como sea, el cambio no es sólo atribuible a los recientes acusaciones y casos de corrupción. Esto venía de antes. Los últimos casos sólo aceleran el proceso.

¿Nos afecta este cambio como comunidad? La respuesta es evidente. La democracia, y particularmente la república, se construyen en base a razones públicas. Este cambio puede ser visto como un acomodo, y desde el poder, a las reglas del sistema. La comunidad necesita y debe saber las mejores razones que se toman en nombre del bien común y el interés general, y no ser un ámbito protegido al arbitrio del gobernante y en función de su imagen. Los mandatarios pueden y deben ser criticados porque de eso se trata nuestra principal norma comunitaria. Nos hace bien. La tan invocada “transparencia” no es un valor en sí, tiene su fundamento en la racionalidad pública. Es la diferencia con otros sistemas políticos que se construyen en base a la creencia de la iluminación o a la predestinación de los gobernantes. La piedra quinta esencial del gobierno democrático en una república es en base a la razón, y el motivo de por qué un animador de espectáculos debe cumplir otra función en la sociedad, que puede ser más o menos entretenida, pero donde pueden pasearse libremente en las pantallas de colores las modelos, los chacales y sus luminosas trompetas.

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