Columnas

21 de diciembre de 2018

Sociología crítica: entre la historia intelectual y la política

Por Alfredo Joignant

El libro advierte que la actividad política ‘es mucho más de lo que un relato político verosímil nos dice acerca de ella’.

A diario nos enfrentamos a información visual y textual referida a la política, ya sea en espacios nacionales, internacionales, transnacionales, pero también —a menudo se olvida— locales. Lo que se desprende de esa información son representaciones agonísticas de la política y de lo político, ya sea porque lo representado se encuentra referido a un conjunto de prácticas orientadas a alcanzar una victoria en algún sentido de la palabra, o bien porque esas prácticas se anclan en espacios especializados de competencia, o simplemente porque estamos expuestos a prácticas inscritas en el funcionamiento de un campo diferenciado en el que, après la lutte , algunos agentes se vuelven dominantes y otros se tornan en agentes dominados.

Existe una abundante literatura que se interesa en la competencia política, la que, antes de ser explicada, es metafóricamente descrita. Prueba de ello es la variedad de términos disponibles para nombrar lo que, se supone, realmente es la lucha política: desde la conflagración hasta la competencia, pasando por luchas, batallas, carreras y contiendas que, en democracia, resultan en vencedores y perdedores relativos (es decir duraderos, aunque no definitivos), y menos frecuentemente en derrotados absolutos (en el sentido de una vez y para siempre).

Es sólo en situaciones de violencia política abierta y a gran escala que es concebible tanto un triunfo como una derrota categórica, y en democracia es en el contexto de severas crisis políticas (por ejemplo a continuación de escándalos de corrupción, de abusos sexuales o de financiamiento ilegal) que es posible imaginar un acelerado debilitamiento y, eventualmente, la extinción de agentes individuales (y con menos frecuencia colectivos) que en un estado anterior del campo eran dominantes (pensemos tan sólo en la desaparición de la Democracia Cristiana y del Partido Socialista italianos en el contexto de la crisis de la década del 90).

De modo menos evidente, la desaparición de agentes políticos colectivos (pensemos nuevamente en los partidos) a menudo se entronca con procesos históricos más largos, coincidentes con transformaciones demográficas del electorado y con el ciclo perpetuo de circulación de las élites políticas, pero también con fenómenos migratorios y con controversias ideológicas (lo que es una manera de decir que las ideas, pese a todo, sí importan). En cualquier caso, contrariando lo que a menudo se piensa, los cadáveres en política sí existen, aunque generalmente estas formas de expulsión se observan con nitidez en condiciones críticas de funcionamiento del campo, o en episodios especialmente dramáticos de la política establecida: es sociológicamente estúpido pensar lo contrario; esto es, situaciones de supervivencia a todo evento que son ciegas a sus condiciones de posibilidad, las que no siempre se dan.

Tanto en el lenguaje común de los analistas que interpretan la política pensando en el gran público (Bourdieu los llamaba ‘politólogos mediáticos’), como entre los cientistas políticos positivistas del mainstream de la disciplina mentalmente encarcelados por preguntas referidas al método de análisis más que orientados a descifrar los enigmas del objeto de estudio, las victorias y derrotas se explican ‘políticamente’. ¿Qué quiere decir esto? Algo tan simple como anclar causalmente los resultados de una elección, de una batalla mediática entre líderes de partidos o la trama de un escándalo en los términos de lo que la política (en el sentido ordinario del término) entiende como tal: conflagraciones de ideas o proyectos, choques de intereses de poder, colisiones ideológicas, ambiciones personales, traiciones y hasta suicidios políticos (cuando el epílogo de una controversia era previsible y uno de los contendientes persistió ‘irracionalmente’ en el intento). Estas cosas existen: la política suele responder a estímulos y razones políticas, cualesquiera sean éstos. Pero la actividad política, se olvida, es mucho más que lo que un relato político verosímil nos dice acerca de ella, puesto que lo que se hace y ocurre en este espacio de disputa es infinitamente más complejo. Detengámonos en las instituciones políticas y sus efectos sobre el comportamiento de los agentes. Del mismo modo que la pasión científica por las instituciones (muy común entre los cientistas políticos que adhieren a los distintos ‘institucionalismos’ de la disciplina) permite explicar ciertos comportamientos y actitudes (mostrando que lo que los agentes hacen responde ‘de algún modo’ a la organización institucional del campo), ésta también produce fenómenos de ocultamiento, que es lo que una sociología del ojo (‘everyway of seeing it is also a way of not seeing’, como bien lo señalaba Lukes). Las instituciones políticas, cualesquiera sean éstas (desde congresos a sistemas electorales, pasando por regulaciones de todo tipo, leyes o convenciones, o simplemente reglas, lo que ya nos habla de la considerable extensión semántica de la noción de ‘institución’), efectivamente tienden a determinar los comportamientos por la vía de los incentivos, prohibiciones o restricciones: el comportamiento político se ajusta a la fuerza de las instituciones, especialmente cuando éstas son legítimas o cuando gatillan conductas en virtud de su facticidad.

Si en el origen de la eficacia de las instituciones políticas se encuentran los agentes, sean ellos electores, ciudadanos ordinarios que no necesariamente votan o profesionales de la política, es entonces en ellos que hay que fijar la mirada. Tomemos el caso de los agentes políticos. Estos agentes conforman un puñado de individuos que lograron franquear las barreras de entrada del campo político, quienes no sólo se mueven por ideas e intereses; también participan de la explicación de su desempeño las propiedades sociales que estos agentes traen con ellos. En efecto, contrariando los enfoques endógenos de las instituciones políticas que creen encontrar en su lógica interna lo esencial de la explicación de lo que los agentes hacen, es importante no perder de vista que estos agentes son también individuos sociales. No sólo porque no siempre fueron políticos profesionales, sino que también porque, una vez que ingresan al campo para habitarlo duraderamente, los individuos traen con ellos, además de un sistema de justificaciones políticas para explicar su ingreso, toda una historia social que les permite formatear las posiciones que ellos ocuparán en este espacio diferenciado (lo que, en concreto y por ejemplo, le entrega valor al género o a la clase en la definición del lugar que ellos ocuparán en el campo). Eso es lo que explica que una misma posición, pongamos por caso un ministerio o —en la arena legislativa— una diputación, no sea ocupada del mismo modo por todos los agentes.

Es, entonces, en este sentido que hay que entender este libro: una forma de pensar en contra de la ciencia política de corriente principal que se contenta con revelar las razones políticas contenidas en las instituciones y en la propia vida del campo, pero que también razona con ella cuando las lógicas sociales no explican los pequeños y grandes detalles de la actividad política. Si ignorar la política del campo a la hora de explicarla es una expresión de lo tuerto, desconocer las lógicas sociales que atraviesan de punta a cabo al campo político es el resultado de una inquietante ceguera. En cierto modo, se trata de retomar un viejo debate que ha estado presente en las ciencias sociales. Si las lógicas y racionalidades políticas efectivamente existen en la competencia, ¿son suficientes para proporcionar explicaciones completas? La respuesta es no, y es precisamente de esta incompletud fundamental de la que trata este libro, revelando tanto las lógicas sociales de la competencia como los aspectos políticos (y, en algunos casos, económicos) de las relaciones, transacciones y luchas que tienen lugar en un campo diferenciado y crecientemente autonomizado.

De lo anterior se sigue un enfoque que privilegia el uso de recursos sociológicos, pero que es también sensible a lo que la ciencia política, la historia y la economía pueden enseñar sobre lo que mueve políticamente a los agentes, acerca de la historicidad de las instituciones y los objetos convencionalmente llamados políticos y de las dimensiones económicas (en gran medida porque implican cálculos estratégicos) que pueden caracterizar a determinados comportamientos en el campo. Eso es lo que explica el acento marcadamente interdisciplinario de este libro, aunque sin nunca perder de vista que en las relaciones políticas (sean éstas cooperativas o competitivas) predominan las lógicas sociales, precisamente porque en el origen del campo hay fundaciones sociales.

Cuatro son los puntos cardinales de la contienda política: el espacio en el que se compite, las coyunturas por las que este espacio atraviesa, el conocimiento práctico con el cual se lucha y los recursos con los que se compite. En el programa de investigación de Pierre Bourdieu, estos puntos cardinales corresponden al campo político, a los estados del campo, al habitus de los agentes y al capital invertido por los competidores. Si bien la calidad de punto cardinal que aquí les entrego a los estados del campo no se ve reflejada en lo que, a decir verdad, es una triada poderosa que aflora con meridiana claridad en el título de una importante contribución de Calhoun (1993) a la reflexión sobre la obra de Bourdieu (‘Habitus, field, and capital: the question of historical specificity’), las posibles discontinuidades históricas y variaciones coyunturales del funcionamiento del campo político me parecen tan importantes que afectan tanto al valor de los capitales invertidos como al modo en que los agentes actúan en él, así como a lo que se encuentra en juego.

Ciertamente, lo anterior no quiere decir que las ideas e ideologías políticas no importen. Muy por el contrario: si el mundo político es inconcebible sin ideas que justifiquen lo que los agentes hacen y emprenden, es al mismo tiempo irrealista dar cuenta de la competencia política apelando única o preferentemente a las ideologías políticas. Entre la historia intelectual y la historia política del campo, hay espacio suficiente para la sociología, la que objetiva tanto a las ideas como a las razones que mueven a agentes que son también sociales.

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