Columnas

23 de abril de 2018

Temporada de lluvias, temporada de marchas

Por Patricio Navia

Al menos desde 2011 —si no desde 2006— la llegada del otoño ha sido acompañada por el inicio de la temporada de marchas y movilizaciones estudiantiles. Lamentablemente para el movimiento, el hecho de que las marchas se hayan convertido en una regularidad tan esperada como el otoño debilita su impacto. Porque un mayo sin marchas parece tan inusual como un otoño sin hojas caídas, va a resultar difícil que el movimiento estudiantil de este año logre superar el récord de impacto mediático que generaron las marchas de los pingüinos en 2006 y las de estudiantes universitarios en 2011.

Las marchas demandando mejoras en la calidad de la educación y en el acceso a la educación superior comprensiblemente supieron ganarse el apoyo y la simpatía de una buena parte de la sociedad. Porque es esperanzador ver a los jóvenes marchando por ideales nobles —como el acceso igualitario a educación de calidad y el deseo de adquirir mejores herramientas para contribuir al desarrollo de la sociedad—, las marchas rápidamente superaron a otros movimientos sociales en popularidad y apoyo.

El movimiento estudiantil también se benefició del hecho —nada trivial— de que los estudiantes tienen más tiempo y posibilidades de marchar que otros grupos con demandas tal vez incluso más urgentes y legítimas. A diferencia de los enfermos que sufren de graves enfermedades, los estudiantes tienen salud y energía para marchar. A diferencia de los jubilados o enfermos graves, los estudiantes que pasan a la siguiente etapa de sus vidas pueden seguir demostrando solidaridad con los que ahora marchan.

Además, siempre hay nuevos flujos de estudiantes que renuevan la fuerza del movimiento. En años recientes, dado el éxito político que tuvieron los líderes de 2011, las nuevas generaciones de dirigentes estudiantiles que legítimamente aspiran a carreras políticas buscan seguir el mismo camino que llevó a los anteriores al Congreso y a cargos de confianza en gobiernos de derecha e izquierda.

Finalmente, las demandas de los estudiantes —especialmente aquellas relacionadas con la gratuidad— constituyen ganancias concretas que benefician a todas las familias con hijos en edad de estudiar. Incluso padres y madres que no necesariamente estén de acuerdo con el principio de gratuidad miran con buenos ojos la posibilidad de ahorrarse el dinero que actualmente deben dedicar a financiar la educación de los hijos.

Pero resulta difícil reproducir el éxito de las primeras marchas y mantener el impacto inicial del movimiento. El hecho de que se repitan todos los otoños hace que la opinión pública las normalice. Como ocurre en un país acostumbrado a ser golpeado por huracanes, todos saben que a partir de septiembre y hasta fines de octubre o incluso noviembre, es posible que golpeen los huracanes. En un país sísmico como Chile, los terremotos ya son parte del paisaje. Como las marchas se han convertido en un evento más del calendario político anual, su efecto es también más acotado. De hecho, la gran noticia sería que hubiera un otoño sin marchas estudiantiles.

Con todo, independientemente de lo que haya dicho Varela, el inicio de la temporada de marchas era tan inevitable como la llegada del otoño”.

Además, como suele ocurrir con los movimientos sociales cuyas demandas se internalizan en la sociedad —como la demanda por la gratuidad—, para generar mayor entusiasmo y apoyo estos grupos deben añadir elementos adicionales a sus petitorios. El movimiento estudiantil, después de haber logrado que la demanda por gratuidad se haya convertido casi en un consenso en la sociedad, se ha abocado ahora a denunciar el lucro y, sorpresivamente, a demandar una educación no sexista.

Si bien el rechazo al lucro también es generalizado, la demanda por educación no sexista es mucho más difusa. Además, parece difícil identificar al adversario. Mientras el lucro en la educación es defendido por algunos, no hay defensores (al menos no que lo hagan públicamente) de la educación sexista. Por cierto, el movimiento estudiantil se ha aprovechado del error del ministro de Educación Gerardo Varela, cuyas declaraciones se alejaron de la línea oficial de un gobierno que ha afirmado su voluntad de hacer valer la ley que prohíbe el lucro.  En cierto modo, Varela le dio una excusa al movimiento estudiantil para justificar la marcha contra el lucro. Como si no hubiera aprendido de los errores cometidos por su antecesor Nicolás Eyzaguirre, cuyos desatinados comentarios constituyeron enormes pasivos para el gobierno anterior, Varela parece obstinarse en opinar como columnista que quiere generar polémica, cuando su tarea es convertirse en ministro que logra construir acuerdos.

Con todo, independientemente de lo que haya dicho Varela, el inicio de la temporada de marchas era tan inevitable como la llegada del otoño. Y como tal, más que un hecho político de alto impacto —al menos hasta ahora—, serán más bien tema de conversación similar al que genera la llegada del otoño.

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