Columnas

10 de septiembre de 2015

Un sistema semipresidencial para Chile

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Por Mauricio Morales
Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

Luego de la ola de golpes de estado en América Latina, no fueron pocos los que sindicaron al presidencialismo como una de las causas de los quiebres democráticos. Dado que en esos análisis sólo se incluía casos de sistemas presidenciales, entonces se infería que las instituciones del presidencialismo dañaban estructuralmente la democracia.

Sin embargo la ciencia política ha avanzado en un debate distinto, sugiriendo que en realidad las caídas de la democracia no dicen relación necesariamente con el tipo de sistema político, sino que con las tradiciones autoritaritas y militares de los países. Dicho en otras palabras, las democracias caen por otros factores, menos por el tipo de sistema político, ya sea este presidencial, semipresidencial o parlamentario. Existen “cargas históricas” que determinan la sobrevivencia de la democracia. Por tanto es razonable pensar que fueron los países inestables y propensos a las dictaduras los que optaron por el presidencialismo, y no que el presidencialismo haya sido factor explicativo de los quiebres democráticos. La causalidad, por tanto, debiese ser re-examinada.

Es cierto que -en promedio- los países que implementan sistemas parlamentarios o semipresidenciales logran un mejor resultado en el índice de calidad de gobierno. La base de datos publicada por el departamento de gobernabilidad de la University of Gothenburg indica que el tipo de sistema político es un buen predictor del desempeño de los gobiernos. Sin embargo, y luego de descontar el efecto del producto interno bruto per cápita y de otras variables socioeconómicas, la diferencia se estrecha sustantivamente. En consecuencia, e incluso en términos de capacidades gubernamentales, los presidencialismos no corren con una desventaja tan evidente en comparación con otros sistemas políticos.

Muchas veces se asocia un sistema parlamentario con una alta calidad de gobierno debido a que gran parte de los países europeos -en especial las democracias industrializadas avanzadas- funciona bajo ese formato institucional. No obstante el sistema parlamentario –según la base de datos citada- también es utilizado por países como Belice, Barbados, Trinidad y Tobago, Albania, entre otros, donde el índice de calidad de gobierno es sustantivamente menor.

Hoy se discute sobre un posible cambio al sistema político chileno. Se asume que presidentes impopulares podrían generar una crisis de gobernabilidad. No obstante, y siguiendo con el argumento anterior, la inestabilidad responde a otros factores. Entre ellos destaca la capacidad del presidente para ordenar su coalición y promover acuerdos amplios y mayoritarios. En un estudio de 1993, el cientista político estadounidense Scott Mainwaring sostenía que la combinación entre presidencialismo y multipartidismo era “difícil” (como si el resto de las combinaciones fuese “fácil”). Por tanto, una solución era avanzar hacia un sistema parlamentario, o simplemente establecer un sistema electoral de mayoría, facilitando así que el Presidente obtuviese un contingente legislativo que le permitiera llevar a cabo su agenda de gobierno.

Sin embargo, Chile ha funcionado con un sistema presidencial y con un sistema proporcional para elegir a los congresistas. Es cierto que el binominal era el menos proporcional de los sistemas, pero igual promovió la presencia de siete partidos relevantes en el Congreso. La combinación entre presidencialismo y multipartidismo, por tanto, ha sido perfectamente viable en Chile, lo que se ha hecho mediante la construcción de coaliciones duraderas. Es falso sostener que las instituciones chilenas no han sido capaces de enfrentar o procesar situaciones de estrés. Los que defienden esta tesis ignoran la resistencia de nuestra democracia frente a las amenazas de Pinochet (con acuartelamientos y boinazos de por medio), de los ciclos económicos desfavorables, de intensas jornadas de protesta y de presidentes impopulares.

Es una buena noticia que nuestros representantes estén evaluando un cambio al sistema político, pero parece razonable que antes de pensar en aquello, se estudie en detalle si los problemas de desempeño gubernamental son responsabilidad del tipo de sistema político, o simplemente responden a la incapacidad de presidentes y partidos para alcanzar acuerdos que hagan más eficiente la gestión de los gobiernos.

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