Una administración de acción inmediata

Publicado por Mauricio Morales el Martes, 11 de marzo de 2014 en Columnas.

 


 

 

 

 

 

Mauricio Morales

Publicada el 11 de marzo de 2014 en La Tercera

Si el gobierno de Piñera intentó ser el de “los mejores”, el de Bachelet sería el de los “transformadores”. La gran dificultad es que estas transformaciones toman tiempo, y que no estamos frente a una ciudadanía paciente. La gente ya se aburrió de las excusas.

EL GOBIERNO de Michelle Bachelet impulsará un gran programa de reformas estructurales para Chile. Según algunos, se inicia una “nueva era”. Esto suena a discurso refundacional parecido al que utilizó Piñera. El problema se produce cuando las expectativas suben y la concreción de promesas baja. El resultado es desilusión ciudadana. Si el gobierno de Piñera intentó ser el de “los mejores”, el de Bachelet sería el de los “transformadores”. La gran dificultad es que estas transformaciones toman tiempo, y que no estamos frente a una ciudadanía paciente. Acá la cosa es muy sencilla: dos cucharadas y a la papa.

¿Cómo reducir las expectativas? La primera tarea de Bachelet es controlar a sus voceros. El entusiasmo les está jugando una mala pasada. Curiosamente, son los partidos los que han contribuido a reducir las expectativas, aunque con un comportamiento inadecuado. Con rencillas y desavenencias de todo tipo, siguen replicando esa política que a la gente no le hace mucho sentido, pero que les resulta muy familiar. Por eso, la gente no espera mucho de ellos y no se hace ilusiones. Esas ilusiones están depositadas en Bachelet.

Lo segundo es evitar la polarización y la sensación de que este gobierno pasará la aplanadora. El mínimo sentido común indica que el mejor camino es la moderación. Sería ridículo discutir sobre una “Asamblea Constituyente” antes que priorizar la reforma tributaria o educacional. No hay que colocar la carreta delante de los bueyes. Una discusión inmediata sobre el mecanismo de cambio de la Constitución no haría más que crispar los ánimos y detener los proyectos más urgentes.

Lo tercero es no abusar de la aprobación presidencial. Es cierto que Bachelet alcanzó una súper popularidad al finalizar su primer gobierno, pero estuvo por las cuerdas en pleno movimiento estudiantil y crisis del Transantiago. La aprobación presidencial rinde en el corto plazo, aunque ayuda a tramitar más fácilmente los proyectos en el Congreso. Es costoso pegarle a un presidente popular, y “sabroso” hacerlo ante uno impopular. La gran incógnita es si Bachelet sostendrá esa aprobación. Esto dependerá en gran medida del volumen y frecuencia de las manifestaciones ciudadanas. Si Bachelet “baila al ritmo de la calle” y abandona a los partidos, conservará la aprobación, pero pasará a la historia como un gobierno timorato y débil. En cambio, si dialoga con “la calle”, pero se mantiene firme en sus decisiones, avanzará seriamente en el plan de reformas.

En cuarto lugar, el gobierno no debe golpear a Piñera. No es necesario. Piñera lo hizo con el de Bachelet y ahí están los resultados: todo era culpa del gobierno anterior. Sería una pena que Bachelet, teniendo mayorías suficientes en el Congreso, pusiera como excusa lo mal que lo hizo el gobierno de Piñera. La gente espera que este gobierno actúe, no que se excuse. Si bien el obsesionarse con el gobierno de Piñera puede contribuir a reducir las expectativas (no se hacen las cosas porque el gobierno anterior lo hizo mal), esta estrategia reditúa sólo en el corto plazo.

La gente exige un gobierno efectista. Ya se aburrió de las excusas: son dos cucharadas y a la papa. Punto.

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