Columnas

4 de agosto de 2014

Una mayoría entumecida

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Por Alfredo Joignant

Alfredo Joignant

 

 

 

 

 

 

 

Alfredo Joignant

Una de las más bellas canciones de Pink Floyd (“Comfortably Numb”) se inicia con un recordado “Hola… ¿hay alguien ahí dentro?”, prosigue con un “Oí que te has estado sintiendo mal (…), ¿puedes mostrarme dónde duele?”, para en seguida descubrir “que no hay dolor, estás retrocediendo”.

Es precisamente la extraña situación que aqueja a la Nueva Mayoría, entumecida por dos incómodas verdades.

La primera se refiere al programa de gobierno. ¿Qué función cumple o qué papel asignarle? Después de su constitución en oferta electoral, ¿qué hacer con él cuando se está en el gobierno? Pero, ¿qué es exactamente lo que se le ofreció al pueblo hace un puñado de meses? ¿Un compromiso, una idea sin consecuencias, una promesa? No es una casualidad si el concertacionismo responde estas preguntas rechazando su uso como tabla de la ley, mientras que el neo-mayorismo lo concibe como palabra empeñada. En ambas posturas, se encuentra presente una ficción necesaria: la de un pueblo que por alguna razón confirió un mandato, y que al debatir crudamente lo que quiso decir debilita el poder legitimador de la ficción. Un pueblo que, dependiendo de quién lo nombre, se declina como consumidor de bienes políticos que fueron ofertados, como electorado que delibera y sufraga por candidatos, ideas o promesas, como gente, masa, multitud o populacho incompetente que no tiene por qué tomarse en serio.

La segunda verdad es la más importante, y se expresa en los términos irreconciliables de una voluntad mayoritaria enfrentada a la necesidad de generar acuerdos en virtud del realismo de las cosas. En esta segunda incómoda verdad hay una racionalidad, sutil y poderosa, que consagra una fractura al interior de la coalición, y que se resume en una pregunta: ¿para qué me convoca a las urnas para formar una mayoría que usted no va a ejercer? Esta pregunta siempre ha rondado en la política chilena, y hoy es abiertamente formulada. Nadie duda de que una considerable mayoría política, y hasta hace poco social, surgió de las urnas en diciembre de 2013, y es evidente que en los últimos 30 días se ha impuesto el reflejo del consenso. El problema, sutil y decisivo, es que no es lo mismo buscar acuerdos teniendo conciencia y voluntad de ejercer la mayoría política en caso de disenso con la oposición, y promover acuerdos abortando la mayoría de la que se dispone. Este es el origen del extraño mal que aqueja a la Nueva Mayoría, entumecida ante la posibilidad de ejercer su mayoría y estremecida por la pasión de concordar y negociar.

Lo que se hizo evidente en la coalición gobernante son distintas concepciones del programa y del pueblo, ambos sujetos a interpretaciones contradictorias que socavan la ficción de su soberanía. ¿Qué mayoría surgió entonces de las elecciones? Nadie lo sabe, porque para algunos su verdad es incómoda y para otros su existencia, una pesadilla.

“Cuando era niño, tuve fiebre (…). Ahora tengo esa fiebre nuevamente —no lo puedo explicar, no lo entenderías—. Yo no soy así. Me he convertido en un cómodo insensible”.

Ver columna original en La Segunda

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