Columnas

9 de enero de 2018

Vivir con un perro guía

Por Florencia Herrera

Una retinitis pigmentosa marcó la vida de estas tres mujeres. A pesar del duro golpe que significó para ellas la pérdida paulatina de la visión, todas aprendieron a seguir con sus vidas y a conectarse con el mundo nuevamente, pero esta vez acompañadas por la protección y el cariño de un perro guía. Aquí, las sorprendentes historias de Otto, Gas, Cheyenne y Holly. 

-La sensación cuando me volví por primera vez sola con la Cheyenne desde la universidad a mi departamento fue tan bacán. Tenía mucho miedo acumulado, mucho desgaste emocional, pero lo hizo tan bien, que ahí nos soltamos juntas a la vida -dice Paulina Bravo, de 44 años, abogada de la Universidad de Valparaíso, recordando la libertad que sintió en uno de sus primeros trayectos recorridos junto a su perro guía Cheyenne.

-Para mí, cuando no estoy con Otto es como que estoy incompleta. Me pasa cuando lo llevo a bañarse a la veterinaria, lo espero al lado en un café durante un rato y me siento rarísima. Es muy loco -explica Florencia Herrera, de 44 años, doctora en Antropología, académica y profesora de la Universidad Diego Portales, cuando piensa en los pocos momentos de su vida en los que está sin su perro guía Otto.

-Cuando llegó Gas, me decidí a estudiar una segunda carrera, Psicología. Con él iba a la universidad y andaba perfecto -recuerda Daniela Baeza, de 41 años, hoy títulada gracias a la compañía de su perro.

Tres chilenas diagnosticadas con retinitis pigmentosa, una enfermedad que genera la pérdida gradual de la visión, que no tiene tratamiento y que es una de las principales causas de ceguera en el mundo, pero que ellas decidieron hacerle frente y optaron por rearmarse junto a un perro guía.

-Finalmente, tú pones tu vida en sus manos, en sus patas -dice Florencia Herrera.

* * *

Florencia Herrera tenía 29 años cuando la diagnosticaron. Venía llegando de terminar su doctorado en la Universidad de Barcelona. Entonces, mientras el doctor le daba la noticia y le caían lentamente las lágrimas, ella entendió muchas cosas que antes no se había cuestionado. Entendió por qué cuando se le caí un lápiz al suelo tardaba en encontrarlo, o por qué constantemente se le perdía el indicador del mouse en la pantalla del computador.

-Tenía una pérdida de visión importante, lo que pasa es que no es tan fácil darse cuenta de que uno no ve. En la oscuridad veía muy poco. De hecho, me pasó que una vez me senté arriba de una persona en el cine o una vez manejando me quedé parada en el cruce de dos calles, los autos me tocaban la bocina, pero yo no podía entender hacia dónde seguía la calle -cuenta Florencia sentada en el living de su casa en Providencia. A sus pies, su perro Otto se recuesta sobre el piso de parquet. A pesar de que Florencia efectivamente puede ver, su campo de visión es muy acotado y solo le permite distinguir un elemento en particular.

En ese entonces, en 2003, Florencia tuvo que dejar de manejar por indicación médica, pero más allá de eso su vida no cambió mucho. Su vista aún la acompañaba.

-Durante años escuchaba que mi doctor me decía que la enfermedad estaba estancada cosa que jamás me dijo, yo quería escuchar eso. Uno tiene mecanismo de defensa y negación muy fuerte -dice Florencia.

Unos años después se casó y tuvo dos hijas, pero la enfermedad comenzó a manifestarse poco a poco, y once años después del diagnóstico decidió comenzar a usar bastón. En un comienzo se negaba a la idea, pero supo que era necesario para luego intentar conseguir un perro guía, una opción con la que ella soñaba.

-Usar el bastón me daba mucho nervio, porque es un cambio de identidad demasiado heavy. El bastón redefine todo, hace que mucha gente te vea como pobrecita, es terrible y te deshumaniza. Pero mi meta era el perro guía -dice Florencia.

En Chile comenzó a buscar escuelas de perros guía, pero no había, y actualmente tampoco existen. Una de las principales razones es que las exigencias de la ley chilena son muy altas para los entrenadores, con el objetivo de velar por la seguridad de las personas que obtendrán el perro. Buscó en el extranjero, postuló a casi 50 escuelas, pero o no la aceptaban o no le respondían. Finalmente supo por un amigo de una escuela en Buenos Aires. Ahí había nacido Otto.

La ceguera de Paulina Bravo comenzó mucho antes. Tenía cinco años cuando la diagnosticaron. Vivía en una parcela en Paine, iba a la escuela del sector y a pesar de que aún podía ver, su familia intentó enseñarle todo lo necesario para que pudiera desenvolverse como una persona ciega. La metieron a un curso de braille y a otro para aprender a usar el bastón.

-Tenía 16 años y me pasaban a buscar al colegio me ponían unas tremendas gafas oscuras y me enseñaban a usar el bastón, pero no lo aprendí a usar muy bien porque yo veía, además de que no quería usarlo -cuenta Paulina en su departamento en el centro de Santiago donde vive sola junto a su perra guía.

Cuando cumplió 18 años ella recuerda que tuvo una pérdida de la visión notoria. Le costaba ver mucho en las tardes y noches, y comenzó a tener accidentes, a chocar con objetos o caerse. Entonces su padre supo de una operación en Cuba. Paulina partió pero el resultado no tuvo mucho efecto en su visión.

Durante ese año se quedó en su casa y fue locutora en la radio del pueblo. Pero decidió que quería cumplir su gran objetivo de estudiar Derecho. Postuló a la Universidad de Valparaíso, y quedó. Al principio tomaba apuntes, pero a medida que fue perdiendo la vista le pedía a sus compañeros que le grabaran sus apuntes para que ella pudiera estudiar.

-En un momento me di cuenta de que en el centro de mi visión había un hilito blanco fosforescente, que cada vez se fue ensanchando más. Todos los días llegaba a la casa y me iba directo a mirarme al espejo, a ver cómo se veía mi cara, y vi cómo mi cara se me fue borrando del espejo -dice Paulina, quien ya había comenzado a usar un bastón. Y agrega:

-Lo usaba de una manera rudimentaria. Tuve muchos accidentes, yo creo que no hay esquina de Valparaíso que yo no me haya comprado de rodillas.

Hasta que tuvo un accidente más grave. Venía saliendo de la Facultad y su bastón no detectó una alcantarilla en el suelo. Estaba abierta y Paulina cayó con el pie izquierdo en el hoyo y con el derecho en la vereda, y su cuerpo sobre este. Se fracturó el tobillo, la operaron y congeló un año. Ahí decidió buscar un perro guía y se contactó con la fundación filantrópica estadounidense Leader Dogs for the Blind, donde solo piden a los postulantes que se paguen el pasaje.

Para Daniela Baeza la vista nunca fue un tema en su vida. Antes de que la diagnosticaran, antes de que estudiara Psicología, ella era médico veterinaria. Ejercía en una clínica en turnos de noche atendiendo de urgencia. Pero de pronto comenzó a notar ciertas cosas que le llamaron la atención.

-No veía la coloración de las mucosas bien, los tonos amarillos y los azulados tampoco, que son importantes para el diagnóstico clínico. Empecé a botar cosas, y una vez cuando llevaba en brazo a un perro para pesarlo choqué con un basurero. Ahí una compañera me dijo que fuera al oftalmólogo -cuenta Daniela en el living de la casa de sus padres en Ñuñoa, donde vive mientras su perro Gas se recuesta su lado.

Era 2007, Daniela tenía 31 años cuando le diagnosticaron entonces retinitis pigmentosa. Cuenta que en ese momento ella no le tomó el peso a lo que significaba. Hasta que un día su jefa en la clínica veterinaria le sugirió que buscara otro trabajo.

-Me dijo que ella había encontrado un puesto súper bueno para mí en un call center. Le dije que no, gracias, que yo era médico veterinario, que no iba a estar llamando para que llevaran a operar a sus perros. Ahí terminé de trabajar y me desencanté de la veterinaria. Después fui a renovar mi licencia de conducir y no me la dieron. Fue todo junto, un golpe súper fuerte. Yo nunca conocí a un ciego, para mí el ciego era la persona que ibas a ayudar en la calle y te ganabas un porotito para llegar al cielo -cuenta Daniela.

Intentó buscar soluciones. También viajó a Cuba a operarse, pero el resultado no fue exitoso. Entonces Daniela sintió que estaba detenida.

-Estaba media deprimida, pasé por un momento de mucho dolor. Ahí empecé con que quería un perro guía, porque me caía en la calle y me costaba movilizarme, y para eso tenía que aprender primero a usar bastón. Yo veía los bastones tan feos, tan poco femeninos, era decir “soy ciega”. Te estoy hablando de lo que pensaba en esa época, ser ciega era vergonzoso para mí -recuerda Daniela.

Al igual que Paulina Bravo, Daniela postuló a la fundación estadounidense Leader Dogs for the Blind.

* * *

No cualquier perro puede convertirse en un perro guía. Según explican Benjamin Cawley, director de admisión de la fundación estadounidense Guiding Eyes for the Blind, desde que los cachorros nacen observan la personalidad única de cada perro. Buscan patrones de comportamiento que indiquen qué tan bien se adapta el perro al cambio, la rapidez de aprendizaje, el nivel de energía, las reacciones a los ruidos y el interés en los objetos novedosos.

También se preocupan de hacer un buen match entre el perro y la persona a la que guiará, que las personalidades sean acordes y que el perro pueda adaptarse al ambiente y rutina de su futuro dueño.

El match para Florencia fue Otto, un labrador color arena. Él es argentino, y responde cuando lo llaman diciendo “vení”. De la historia de Otto, Florencia supo que nació en la Escuela de Perros Guías Argentinos, y luego se fue con una familia sociabilizadora. El padre de esa familia era entrenador de perros (no de perros guías), y él lo llevaba a andar en micro, en avión, a su trabajo, a todos lados para que conociera el mundo. Cuando Otto tuvo cerca de un año sus “padres adoptivos” se separaron y él volvió a la escuela, donde entabló un vínculo muy fuerte con su entrenador Martín. Y en diciembre de 2015 conoció a Florencia, cuando ella fue por un mes a la escuela en Buenos Aires para luego traerlo a Chile.

-Cuando lo conocí no me hacía caso, solo a Martín, era súper frustrante. Hasta que jugamos un día completo. Esa tarde yo sentí que Otto entendió. Después de eso me empezó a seguir a todos lados y me hacía caso -cuenta Florencia. Por Otto tuvo que pagar 14 mil dólares, que juntó con la ayuda de sus compañeros de colegio. Una inversión que valió la pena: con él va a buscar a sus hijas al colegio, va a la Universidad Diego Portales a hacer clases y viaja a congresos.

Paulina Bravo vive hoy con su segundo perro guía, Holly. La primera fue Cheyenne, una hembra labradora color dorado. Se conocieron en 2003 cuando ella viajó a Estado Unidos por un mes a la fundación Leader Dogs for the Blind, y dice que desde que la perrita, de ese entonces 18 meses, entró a su pieza, se amaron.

-Era un perrita de laboratorio, de selección genética y todo, casi que la habían dibujado, era hecha a mano -dice Paulina. Con ella se fue a vivir por primera vez sola, con ella juró, luego de diez años estudiando, como abogada, hizo su práctica y trabajó en la Unidad de Protección de la Infancia del Sename. Pero cuando cumplió diez años la perrita ya debía jubilar, entonces de la fundación le enviaron a Holly, otra labradora dorada. Vivieron varios años las tres, hasta que en 2013 Cheyenne falleció.

-Era como la muerte de un ser un humano. Lloré toda la noche, cuando la enterramos fue heavy, nunca pensé que iba a ser un impacto tan fuerte. La Cheyenne no era mi mascota, era mi compañera de vida -agrega Paulina, quien hace siete años trabaja junto a su nueva perrita, Holly, en el Programa de Acceso a la Justicia para personas con discapacidad.

A diferencia de Paulina Bravo y Cheyenne, la relación entre Daniela Baeza y Gas no se dio tan rápido. Al igual que Paulina, Daniela viajó a Estados Unidos a la fundación Leader Dogs for the Blind. Allá cuando le presentaron a Gas le dijeron que era un macho golden retriever de 18 meses. Ella soñaba con un labrador negro.

-No nos quisimos en un principio. Nos dijeron que estrecháramos vínculo, pero él miraba por la puerta por si pasaba el entrenador y yo le hacía cariño mirando para otro lado, pero fue mejor porque nos aprendimos a amar -cuenta Daniela.

Mientras estuvo en Estados Unidos pudo conocer a la familia sociabilizadora de Gas, y cuando él los vio los reconoció y comenzó a mover la cola. Ellos le contaron que le gustaba bañarse en el lago, y que era muy juguetón. Con él Daniela además de conseguir el título de Psicóloga, atiende pacientes en su consulta. Hoy Gas tiene ocho años, y en dos deberá jubilarse, y Daniela volver a conectarse con un nuevo perro guía.

“Para mí, cuando no estoy con Otto es como que estoy incompleta”, dice Florencia Herrera sobre su perro guía.

“Quería un perro guía, porque me caía en la calle y me costaba movilizarme, y para eso tenía que aprender primero a usar bastón”, dice Daniela Baeza.

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