Columnas

14 de octubre de 2015

Walker tiene razón

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Por Mauricio Morales
Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

Mauricio Morales, director del Observatorio Político Electoral UDP

Ignacio Walker ha sido duramente criticado por sus comentarios sobre el rol de los intelectuales en política. Ha sostenido que algunos “no tienen idea de política”, y que otros miran la situación del país desde un pedestal. Walker tiene buenas razones para pensar de esta manera. A pesar del bullying del que ha sido objeto en las redes sociales, en esta columna apoyo decididamente sus aseveraciones.

En primer lugar, hay que distinguir entre académicos especialistas en una determinada área, y columnistas. Sobre estos últimos, los argumentos de Walker, incluso, se quedan cortos. Muchos de ellos provienen de fundaciones o institutos financiados por partidos o, en algunos casos, por empresas. Abunda el columnista panfletario que, en la mayoría de los casos, discute con algún libro de manual como base, o con un programa de gobierno en la mano, sin distinguirse en lo más mínimo de un fanático. El ejemplo más evidente de esto es el debate- a estas alturas saldado- sobre la supuesta crisis terminal del sistema político y del modelo económico de Chile, lo que justificaría el avance hacia apuestas refundacionales. La evidencia es más que contundente, e invalida cualquier hipótesis seria para catalogar a Chile en una situación terminal. Comparto la impotencia del senador Walker frente a esto. Demasiada opinión, poco análisis y desmesurada cobertura medial.  Contra eso ha debido batallar el sector más moderado y razonable de la Nueva Mayoría para detener el frenesí refundacional e irresponsable de parte importante de la elite intelectual que apoya (o apoyó) al gobierno. Afortunadamente, la Presidenta- poco a poco- ha entendido que ese no es el camino correcto. De hecho, la ruta hacia la Nueva Constitución estará demarcada por las decisiones del Congreso.

En segundo lugar, Walker apunta hacia quienes hablan, opinan y dan consejos en el área política sin contar con la expertise suficiente. Esto también tiene sentido, tanto así que ningún miembro chileno de la Comisión Engel es experto en partidos o elecciones.  Por experto me refiero a aquellos académicos que sistemáticamente publican sobre este tipo de temas en revistas indexadas de nivel internacional. No clasifico como expertos a quienes “auto-publican” textos en las instituciones donde trabajan, o quienes lo hacen en revistas de prestigio pero con escasa periodicidad. Si consideráramos como experto a este segundo grupo, habría un número no menor de mis alumnos que entraría fácilmente en esta categoría dado que su producción académica es superior a la de varios miembros de la comisión. El propio Engel no ha tenido una producción prolífica en asuntos políticos, aunque sí- y de manera notable- en temas económicos. Cuando se analizaron los efectos del voto voluntario sobre la participación electoral,  Engel argumentó que el ingreso comunal no incidía sobre en las variaciones de la participación. Un análisis más detallado de la información concluyó justamente lo contrario.

En tercer lugar, Walker también tiene razón respecto al pedestal desde el que hablan muchos académicos. No es fácil soportar al intelectual de escritorio que jamás ha visitado una sede partidaria, y que por el sólo hecho de investigar sobre el tema se siente con la facultad para determinar qué es lo correcto y qué es lo incorrecto. Además, este tipo de personajes le hace mal a sus propios dirigidos. En la ciencia política es muy común encontrarse con egresados que presentan serios problemas de adaptación al mundo laboral. Las razones que esgrimen están, precisamente, en el proceso formativo.  Sus profesores enseñan a partir de libros, pero con nula experiencia en el mundo real. De hecho, las propuestas que estos docentes realizan para corregir problemas públicos son de tal desconexión con la realidad, que caen rápidamente en el archivador.

Por todo esto, entonces, no es pueril la diferencia entre el experto y el “vendedor de humo”. El primero, contribuye. El segundo, obstaculiza, genera conflictos donde no los hay, promueve reformas inviables y, a la larga, se transforma en un agente patógeno del sistema político.

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