Columnas

15 de enero de 2015

Y murió…

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Por Mauricio Morales

mauricio morales

 

 

 

 

 

Mauricio Morales

El nuevo sistema electoral tiene más atributos que falencias. Es claramente un mejor sistema que el binominal, sin perjuicio de que en algunas circunscripciones se sigan eligiendo dos senadores. La diferencia, eso sí, es que desde ahora cada lista podrá llevar un candidato adicional, aumentando así la oferta y la competencia. Por último, se mejora sustancialmente el criterio de “igualdad del voto” al menos en la Cámara. Es cierto que persisten algunos desajustes difíciles de corregir. Por ejemplo, en el distrito de Atacama se elige un diputado cada 58 mil habitantes, mientras que en el distrito que agrupará a Puente Alto, La Florida, Pirque y San José, se elegirá un diputado cada 167 mil habitantes. Para ser justos, en el binominal la situación era ostensiblemente peor. Dado que la reforma se hizo sobre la base de los distritos que ya estaban dibujados con el binominal, es comprensible que persista este tipo de distorsiones, las que son más evidentes en el Senado. Acá los electores de la Región Metropolitana elegirán un senador cada 1 millón 400 mil habitantes, mientras que en Aysén- que sigue con binominal- se elegirá un senador cada 50 mil personas.

En términos de oferta y competencia, este sistema garantiza una mayor variedad de candidatos. Los electores del PPD- por ejemplo- tendrán candidatos de su partido en todos los distritos, sin verse obligados a votar por un PS o un PC. Luego, al momento de determinar los ganadores, será muy difícil que candidatos con alta votación queden fuera del Congreso. Lo que sí va a suceder es que entren diputados con baja votación. Pero esto se produce por una cuestión muy sencilla. Si una lista recibe el 40% de la votación y uno de sus candidatos totaliza el 35%, lo más probable es que “arrastre” a algún compañero de lista que obtenga el 1%. Esas son las reglas del sistema: premiar a las listas más votadas. Por ejemplo, en el nuevo distrito de San Bernardo y Melipilla (antiguos distritos 30 y 31), se elegirán 6 diputados. En caso de que Marisela Santibáñez obtenga una similar porción de votos a la que alcanzó en 2013, se quedará con un cupo. Esto implicará que el PRO tenga representación parlamentaria y, de aprobarse la nueva ley de financiamiento, reciba un aporte financiero basal por parte del estado.

La única falencia grave del proyecto es que estimula la emergencia de partidos regionales al reducir las barreras de entrada. Con el nuevo sistema, un partido podrá crearse en una región, sin la necesidad de que esté constituido en tres regiones contiguas. Eso- a mi juicio- estimulará innecesariamente la fragmentación. Al igual que el colesterol, hay una fragmentación “buena” y una fragmentación “mala”. La fragmentación “buena” es la que se cultiva en función de la competencia y la capacidad de los partidos para seducir a los electores durante una campaña. Esto implica mejorar sistemáticamente la oferta y la calidad de los candidatos. La fragmentación “mala” es aquella que emerge producto de caudillos, líderes locales sin filiación ideológica y con altas posibilidades de constituirse como partidos de chantajes. La nueva normativa prácticamente llama a los independientes a crear sus propios partidos, toda vez que de tomar esta decisión, podrán recibir financiamiento estatal.

Si se corrigieran estos aspectos, no queda otra que aplaudir al gobierno por esta reforma electoral. Chile tuvo su primer sistema electoral producto de la Constitución de 1833, sistema que fue reformado en 1874 y posteriormente en 1925. La última reforma ya la conocemos: el binominal. Por tanto, un cambio de sistema electoral no es algo usual, más aún si la reforma se produce en democracia. A no asustarse entonces. Este sistema electoral trae más luces que sombras, más competencia que estancamiento, y más oferta que duopolio.

Ver columna en La Tercera.

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