Columnas

2 de mayo de 2019

A propósito del espiritismo de Arturo Prat: El Dios bondadoso detrás de esta práctica

Por Manuel Vicuña
Extracto del libro ‘Voces de ultratumba’ de Manuel Vicuña, en el que analiza cómo el espiritismo reinterpreta la creencia en un Dios no sólo dedicado a castigar.
Los espiritistas creen en Dios. Frente a la divinidad implacable que achacan a la prédica clerical, la misma que habita el Antiguo Testamento (demasiado humano en su crueldad, riguroso hasta la inflexibilidad, verdugo inmisericorde de sus criaturas), proponen una imagen alternativa, de inspiración humanista: el Dios benevolente, de cuya realidad hablaban los espíritus en el curso de sus revelaciones. Sumándose a una amplia corriente de pensamiento que, en su afán por racionalizar la religión, rechaza la noción del ser divino que fulmina a los pecadores, decantan en una teología optimista. Esta confía en su indulgencia y en nuestra capacidad para hacer el bien y enmendar el rumbo. «Como padre bondadoso solo quiere el bien de sus hijos», acotó Arturo Prat mientras dialogaba con un espíritu sufriente, el 10 de agosto de 1877, según refiere el libro de actas de las sesiones celebradas en la casa de su tío materno, Jacinto Chacón, prócer del espiritismo.

Los espiritistas reaccionan ante la muerte de Dios decretada por los materialistas, sepultando, en su lugar, a una divinidad que ofende a la razón y a la sensibilidad ilustrada. Liquidan a un impostor, por decirlo así, ad maiorem Dei gloriam. Este Dios nunca abandona a sus hijos a la condena eterna o a las penas del infierno, dos acciones teológicas incompatibles con la idea de la misericordia divina (…). Metódicamente evocado por la oratoria sagrada, el infierno, en opinión de los espiritistas, no es un lugar de eterno tormento material.

Como el cielo, es un estado transitorio que todos experimentan. Todos, encarnados y espíritus, según satisfagan o ignoren los mandatos de la ética. La justicia divina es una ley de correspondencias. No hay crimen (…) que merezca la condena eterna. Tampoco el lapso de la expiación es proporcional a la gravedad de la infracción; para los espiritistas, el castigo no impone plazos fijos; sencillamente se prolonga hasta que el espíritu que purga suma arrepentimiento y reparación. Solo un dios fraudulento podría fijar plazos sin reparar en las consecuencias: mantener la mortificación de quien ya ha expiado su falta, liberar de castigo a quien aún no lo hace, o algo peor, a quien sigue perpetrando el mal. Con Tolstoi, cuyas ideas heterodoxas acogen, los voceros del espiritismo rechazan la sombría cultura eclesial que moldea súbditos rendidos a los «caprichos de una divinidad despótica». «El dogma del infierno», advertirán sus lectores chilenos, «es contrario al perfeccionamiento moral porque aparta a la humanidad de la idea de Dios i de todo sentimiento de amor i de justicia». De ahí la crítica a la educación religiosa tradicional, que aterrorizando con los tormentos del infierno, cría incrédulos. El espiritismo, credo consolador, no reserva la salvación a unos pocos; al igual que Orígenes, padre de la iglesia antigua, que llegó a incluir al Diablo en la lista de los salvados, la hizo extensiva a todos. Es la voluntad del Padre que ninguna de sus criaturas se pierda, arma un pasaje del Evangelio según San Mateo citado por los espiritistas, seguros como estaban de que todas las almas, tarde o temprano, alcanzarían la pureza de los bienaventurados.

Los espiritistas rechazan la idea del Dios ignoto e inescrutable del Libro de Job, cuya radical trascendencia sustrae el sentido de sus actos a la comprensión humana. En el fondo, solo admiten la existencia de una divinidad desacralizada, menos poderosa, si por poder entendemos la capacidad de actuar a discreción. Muestra de eso es el hecho de que la justicia divina ahora deba responder a los criterios de racionalidad de la justicia humana en su versión más evolucionada. La mecánica celestial que distribuye perdón y castigo replica, entonces, el patrón punitivo del código legal ingeniado por la ética ilustrada al tope de sus posibilidades. Las sanciones de las leyes humanas se abren al principio de la rehabilitación; igual cosa ocurre con las leyes divinas. Las leyes humanas solo conciben las faltas y los crímenes de responsabilidad individual; las leyes divinas no pueden, por lo mismo, contemplar el pecado original, que grava a los inocentes al momento de nacer. Este Dios apaciguado ya no es el soberano absoluto del pasado, su gobierno está sometido a normas, y estas tributan a una diáfana lógica humana. Se puede hablar de un poder a escala humana, hijo ejemplar de los ideales civilizatorios del siglo XIX. La teología dice que Dios creó a los hombres a su imagen y semejanza; los espiritistas revierten ese principio y obligan a Dios al acuerdo vinculante de la razón. Francisco Basterrica, ideólogo del espiritismo chileno, fraseó el asunto de este modo:

‘La noción del castigo que en las lejislaciones bárbaras implicaba la idea de tormentos, proporcionados a los delitos, se ha cambiado en los tiempos modernos por la de rejeneración i perfeccionamiento del individuo. Un castigo que no corrije, no entra en la mente de los lejisladores contemporáneos, se acerca mucho a la venganza, o más bien dicho, es una venganza. Por eso es que la pena de muerte ha principiado a ser desterrada en los países más civilizados […] Siendo esto así, ¿cómo se pretende que Dios habría de ser menos racional que los hombres?’

Los espiritistas desdeñan, por lo tanto, la humildad del siervo que, a cambio de la salvación prometida por la Iglesia católica, practica la «obediencia absoluta hacia Dios». Todo esto abre una discusión de alcances políticos, que evoca la disputa entre los defensores del contractualismo liberal como un pacto originario rescindible en caso de abusos por parte de los gobernantes, y los abogados del Antiguo Régimen que, en la estela de Joseph de Maistre, juzgan la embestida contra la autoridad monárquica como un episodio acotado de la teofobia conducente a un universo sin Dios, donde sus criaturas se abandonan a la catastrófica aleatoriedad de las apetencias humanas. De un lado, los espiritistas restringen las prerrogativas de la divinidad; se dicen a la vez criaturas y súbditos de un universo que, para lograr acatamiento y merecer legitimidad, requiere el consentimiento de los gobernados. Del otro, el clero reivindica la plena omnipotencia del soberano del universo, del rey de reyes, del señor de señores, apostando al abatimiento de las criaturas para poner de relieve la grandeza trascendental de la deidad. En este orden teológico, los siervos no pueden perpetrar la temeridad de imponer las reglas del juego a quien ha originado y encabeza el cosmos. Los sacerdotes lo dicen, en un tono rebosante de exasperación. El jesuita José León acusó a los patriarcas del espiritismo chileno de ambicionar que Dios «deponga su cetro soberano, deponga su sabiduría, i gobierne como un imbécil, tomando por punto de vista única i esclusivamente el talante del gobernado».

En todo caso, el reemplazo del absolutismo por el constitucionalismo monárquico en el reino de la teología seguía planteando interrogantes difíciles de responder. ¿Cómo conciliar la misericordia de Dios con la desigualdad inherente a la vida humana, que, así como dispensa felicidad a algunos, apabulla a otros? ¿Por qué Dios arroja al mundo criaturas con enfermedades congénitas? ¿Cómo justificar el arbitrario reparto de los dones de la naturaleza? En el arranque de sus reflexiones, para los espiritistas la imperfección del mundo resulta incomprensible y desmoralizadora. Aquí se originan, en parte, las crisis de fe que dicen experimentar los criados en el catolicismo.

Como toda racionalización teológica, el espiritismo supone que el mundo debe tener sentido, aunque no lo parezca de buenas a primeras. El desafío es, entonces, descubrirlo; o, si se prefiere, inventarlo, con el objetivo de resolver el problema de la teodicea, esencial tanto en el pensamiento teológico como en la sociología de la religión (…). Ante este desafío, los espiritistas echan mano a la doctrina de la pluralidad de existencias, de la reencarnación circunscrita a la vida humana. O la reencarnación es un hecho, o la justicia divina es una quimera; y la disposición del mundo, una pesadilla abandonada a la ciega fatalidad de la materia y al capricho soberano de un déspota. La reencarnación permite pensar en un Dios justo (…).

Los espiritistas razonan como sigue: el viaje del alma nómada que recala en distintas vidas corporales, estaciones en el ascenso a la perfección, explica todas las anomalías de la vida, cualquiera sea su naturaleza: social, económica, corporal, intelectual. Por ejemplo, el que una persona nazca en cuna de oro, saludable y querida por todos, mientras otra lo hace en una pocilga, condenada a pasar hambre, y encima abandonada por sus padres. A la vista de tantas desigualdades congénitas y accidentales, prueba preliminar de la parcialidad de Dios, el espiritismo afirma que las penas de hoy son la expiación de faltas cometidas ayer o en otras vidas; y la felicidad, nada más que la recompensa por las obras positivas del pasado, en la vida presente o en las anteriores (…). El orden dinámico de la pluralidad de existencias, aseguró José Basterrica en 1875, «resuelve todos los fenómenos de la vida, muchos de los cuales, sin tal creencia, son inexplicables», al mismo tiempo que evidencia la «justicia i bondad del Creador, atributos que se anulan o permanecen inintelijibles para la humanidad, sin el conocimiento de este dogma fundamental». Empieza a hacerse manifiesto que la teoría de la pluralidad de existencias reproduce, en líneas generales, la creencia en la transmigración del alma. O la doctrina hindú del karma (aunque con este desacuerdo: por su antropocentrismo, el espiritismo niega la posibilidad de encarnar en formas de vida distintas a la humana).

Los espiritistas profesan que todos estamos destinados al avance espiritual que culmina en la beatitud. Pero radica en cada cual la definición del itinerario, más o menos prolongado, más o menos tortuoso, dependiendo del balance de nuestros actos desperdigados en el curso de nuestras vidas (…). Nuestras diferencias en vida son signos de historias previas, el resultado de nuestros propios actos. En rigor, no existe el sufrimiento de los inocentes, solo existe la expiación de culpas pretéritas; y todas las inclemencias de la vida representan, en lugar de contrariedades, peldaños que conducen, paso a paso, hasta la perfección divina. La desigualdad, enseñaba Kardec, no es más que la ilusión de los seres que, absortos en el espejismo del presente, pierden de vista el pasado (…).

Según los doctrinarios del espiritismo, la santidad y la genialidad ofrecen pruebas de la reencarnación, de cómo una persona puede usufructuar del patrimonio moral e intelectual acumulado en otras vidas. Acostumbran a recurrir a la Biblia y al repertorio de las vidas de los santos para procurarse ejemplos. Tal vez esta haya sido la mejor manera de neutralizar los ataques del clero: trasladar la discusión y afincar las pruebas en el terreno admitido como válido por el mundo eclesial. Así es como cazan citas e ideas en los prestigiosos cotos de la patrística, y con una exégesis desenvuelta, llegan a hacer rechinar los versículos de la Biblia con el propósito de embutirlos en la horma de su pensamiento (…). Por lo demás, ¿cómo alcanzar la perfección requerida por Cristo en el mezquino lapso de una vida? ¿Por qué no interpretar sus palabras a Nicodemo, el fariseo, sobre la urgencia de renacer (espiritualmente) para hacerse merecedor del reino de los cielos, como una confirmación de la doctrina de la reencarnación? Y las vidas de los santos, ¿acaso no narran apariciones de espíritus a los que se les ha encomendado cumplir designios divinos?

A juicio de los espiritistas, existe una garantía providencial de salvación, pero derivada de los atributos de Dios, no del sacrificio de Cristo. Los espiritistas invocan a un Jesús despojado de naturaleza divina. Humano por completo, es un maestro, el mayor ejemplo de excelencia moral. A tono con el rechazo de la teología lóbrega del clero, los espiritistas prescinden del Cristo doliente, sacrificado en la cruz, centro del misterio y del drama de la pasión. De ahí, asimismo, la desaprobación del ánimo flagelante de los penitentes y de los excesos heredados de la piedad barroca. Descartan el sacrificio como experiencia redentora, porque recusan la complacencia en la miseria del hombre como contrapartida del poder de Dios. De esta idea se desprende una cosmovisión aliviada del peso ontológico del mal. Mientras el clero insiste en que el mundo es el escenario cotidiano del duelo entre la luz y las tinieblas, los espiritistas definen a los demonios como espíritus inferiores, poco evolucionados, confiriendo al mal la condición menos trágica de un estado transitorio (…).

La doctrina de la pluralidad de existencias neutraliza el azar y lo imprevisto o veleidoso de la muerte. Así como nadie está condenado de antemano, nadie se salva sin haber cumplido con su tarea. (…). En vez de abrumar con la idea del juicio final, con la separación rotunda y sin apelación entre justos y pecadores, el espiritismo desdramatiza la vida moral e incluso la muerte, asegurando que el plazo para reparar el mal nunca se agota, y por lo tanto nada es definitivo mientras la perfección no haya sido alcanzada. Por estas razones, el Dios de los espiritistas no ejerce el rol de juez supremo, y queda descartada la comparecencia universal ante el tribunal de Cristo. Nada de ángeles y demonios arrebatándose el botín de las almas. La luz se infiltra en el reino de las tinieblas, hasta disiparlas.

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