Columnas

30 de septiembre de 2019

De la guerra a la paz, un tránsito siempre difícil

Por Ana María Stuven

”… el fin de todo conflicto, interno o externo, produce un espacio vacío que debe llenarse con un proyecto de construcción política que genere nuevas instancias de cohesión»
Profesora titular P. Univ. Católica de Chile Directora Programa de Historia de las Ideas Políticas, U. Diego Portales.

Se celebra como el aniversario de la Independencia. En verdad, cada 18 de septiembre conmemoramos el momento en que la Junta de Gobierno proclamó la autonomía del territorio chileno, mientras el rey Fernando VII estaba cautivo de Napoleón. Es, por cierto, un momento, entre otros, de instancias de guerra y deliberación política que culminan, aunque no se completan, con la Independencia de Chile y la proclamación de la república jurada en 1818. Un año después, hace 200 en este 2019, Bernardo O’Higgins entendió que el proceso de independencia no estaba completo, y que Chile no debía pensarse como una unidad aislada del resto de América; que el destino de sus vecinos, como también lo es hoy, era el suyo. El patriotismo debía tener dimensiones continentales y, por tanto, la continuidad de la sede virreinal en Lima era un lunar maligno en la nueva piel americana. Transitar de la guerra de independencia a la paz republicana implicaba un gran desafío político. El fin de todo conflicto, interno o externo, produce un espacio vacío que debe llenarse con un proyecto de construcción política que genere nuevas instancias de cohesión. Nuestra historia reciente lo confirma. Ocurrió también después de la

independencia de Chile. Sus clases dirigentes volvían la mirada hacia los territorios que habían independizado, y temían a los fantasmas que podían acechar su hegemonía social: el pueblo y los caudillos. Dirigir al eventual enemigo hacia territorios adyacentes era un paliativo para ese temor al vacío, al mismo tiempo que vinculaba el orden político a un espacio físico que daba al país un lugar en el imaginario del nuevo mapa americano. Puede que haya influido en que los dos libertadores y las clases dirigentes concibieran la liberación del Perú como un camino que seguía la lógica de la guerra independentista, pero también la culminaba. Para ambos generales, la Expedición Libertadora permitía combinar la estrategia política con la militar, no solo para la liberación del Perú, sino también para la proyección del lugar al que aspiraban ocupar. A las razones geopolíticas se sumaban las de sobrevivencia: Para O’Higgins, mantener el poder ante una clase dirigente de la que no era parte. Para San Martín, ser el Bolívar de América del Sur. Las negociaciones para la Expedición comenzaron luego después del triunfo de Maipú. Para Chile, continuar sustentando al Ejército permitía mantenerse inserto en la lógica de la guerra. O’Higgins, como militar, concebía la independencia como una era “transicional” que debía culminar en una América republicana, para la cual el frente bélico era un medio. También mantener su amistad con San Martín. En marzo de 1819, a la voluntad de liberar el Perú se agregaron las cargas del Ejército. La Expedición debía zarpar antes de dos meses. Lo dijo O’Higgins: “Si no llevamos la guerra al Perú, es imposible sostenernos. Las innumerables desgracias que agobiarían a nuestro país y posteridad.. . me arrancan lágrimas de sangre”. Si evitaba la guerra perdía su legitimidad como gobernante y su posible eficacia militar ante un Ejército que ya tenía deserciones; si la hacía, arriesgaba las arcas fiscales. El fracaso de la Expedición era al precio de su vida. El 20 de agosto de 1820 zarpó la Expedición, dando un respiro y la posibilidad de fortalecerse al débil Estado chileno y a su Director Supremo. Aunque transando su espíritu de fronda, la élite depositó en él el poder, aún reprobando su estilo autoritario, su republicanismo a ultranzas, su anticlericalismo. No era uno de sus filas, sino un hombre necesario en un momento de transición. O’Higgins captó el lugar que podía ocupar en la historia y fue un instrumento para que la clase dirigente adecuara a los militares a su nuevo rol sin forzarles a una paz inmediata, para la cual no tenían el utillaje mental. Por cierto, la guerra no solo fue necesaria para la república, también cumplió una importante función en la constitución de Chile como interlocutor en el contexto americano. Financiar, equipar y aportar los hombres que facilitaron la Independencia del Perú demostró a la clase dirigente chilena que esta débil e insignificante porción del Virreinato podía asumir roles más allá de sus fronteras. En estas fechas merece recordarse la Expedición Libertadora. Como una gesta triunfante, pero también como el inicio de una vocación chilena transnacional a la cual seguimos llamados por los medios que pone a disposición la paz.

Ver en El Mercurio

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