Columnas

28 de agosto de 2019

¿Debe la Izquierda condenar a Nicolás Maduro?

Por Modesto Gayo

Si Bahía Cochinos fue algo más que Cuba, si Ho Chi Minh fue algo más que Vietnam, si Tiananmén fue algo más que China, si el bombardeo de La Moneda fue algo más que Chile, hoy sería insostenible afirmar que Nicolás Maduro o el régimen que preside no son algo más que Venezuela.

Nicolás, Evo, Ernesto, Rafael, Luiz Inacio, Hugo junto a la todavía emblemática Michelle y el inspirador José Mujica, convertido en maestro “jedi” de la política progresista latinoamericana hasta el presente, compusieron juntos un grupo juvenil con la ambición para transformar la realidad sudamericana bajo un modelo que confrontaría las políticas neoliberales de la globalización gringa. No cabe duda de que muchas cosas fueron hechas, y sobre todo dichas, por este elenco de estrellas, cuyos rostros estaban destinados a ser protagonistas en camisetas pos-cheguevarianas y esperanzas, mezcladas con fantasías, de los sectores más humildes. Sin embargo, envejecieron a menudo con dificultades, mostrando varios de ellos que preferían llegar a ser momias sin reemplazo, incluso a costa de riesgos democráticos.

Nacidos en las luchas contra las dictaduras de los 70 y 80, involucrados en las refriegas de los gobiernos excesivamente liberales de los 90, sus detractores vieron en su decadencia una oportunidad para vincularlos con recetas izquierdistas del pasado, haciendo de este vínculo una demostración de su inviabilidad, lo que al mismo tiempo intentaba frustrar cualquier asociación con proyectos de futuros progresistas posibles. Las banderas de la UP, el comunismo del PCUS, la revolución de la Habana, la RDA y Vietnam del Norte esta vez fueron ondeadas por fuerzas de derechas, sostenidas en charlas y columnas de contrainteligencia que afirmaban lo que sus oponentes eran antes incluso de que pudiesen pronunciar una palabra.

Haciendo un constante ejercicio de acoso y derribo de un opositor que pudiera enfrentarse con el poder conservador de los grandes capitalistas, hablando en nombre de toda la propiedad privada, subordinado a la palabra del imperio al norte del río Bravo, fomentando instituciones de democracia aparente, enterrando el hacha del clasismo que en realidad gobierna, evitando los rodeos de la solidaridad, invitando a militares de paisano con armas camufladas, el conservadurismo sienta cátedra a través de voces vicarias situadas en atalayas científicas y foros gubernamentales.

Hoy políticos de derechas, en senados fracturados y cuestionados, Felipes Kast e Ivanes Moreiras, exigen a la izquierda que haga declaraciones desgarradas de crítica a Nicolás Maduro para mostrar sus virtudes democráticas. Y es, pienso yo en este instante, que es justamente no satisfacer estas demandas la mejor expresión de que Bahía Cochinos y Tiananmén significaron algo, momentos, quizás confusos o equivocados, en los que doblar el brazo hubiese significado abandonar la última posibilidad de decir no al poder del dinero instalado fuera de las instituciones democráticas. Hoy no admiramos a Maduro, pero podemos comprender por qué “no” ha dejado de ser una palabra posible, pues Nicolás es mucho más que Venezuela, y Alejandro Navarro mucho más que Chile.

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