Columnas

27 de enero de 2020

El orden deseado, pero ¿qué orden?

Por Ana María Stuven

El concepto de orden ha sido, a lo largo de la historia de Chile, una especie de clave convertida en bandera. Inmediatamente después de la Independencia, la confianza era el valor que mejor representaba las demandas de la clase dirigente que asumía el control político. Se oponía a la incertidumbre que trajo consigo el desplome de la pertenencia a la corona española.

A poco andar, el orden, como opuesto a la anarquía que asolaba a otros nuevos Estados hispanoamericanos, fue el concepto que reguló los actos de la autoridad y sobre el cual descansaba el consenso de la clase dirigente. La búsqueda del orden resume toda una interpretación del proceso histórico de construcción de la república.

Desde la explosión de la crisis social, nuevamente el orden y su recuperación frente al desorden, al caos y al vandalismo, aparece como una de las demandas más sentidas de la ciudadanía. Pero, ¿de qué orden estamos hablando? La omnipresencia del concepto puede dejarlo vacío de significado, enmarañado en una ambivalencia discursiva.

No es lo mismo restaurar el orden público que construir un nuevo orden, como sería el caso de la nueva Constitución. Es importante distinguir ambas acepciones, pues ellas se enlazan en el imaginario colectivo. Lo primero es requisito para la vida ciudadana y para la posibilidad de la construcción de todo orden. Ese debe ser el espacio de los acuerdos, de los encuentros, de la fijación de límites, tanto para su exceso como para su ausencia. El orden público establece la frontera entre la civilización y la barbarie, una constante en el discurso sobre la construcción del Estado en la historia de Chile.

En 1984, el cientista político Norbert Lechner publicó una obra, hoy clásica, “La Conflictiva y Nunca Acabada Construcción del Orden Deseado”. Un título sugerente y explícito para un problema histórico, pero también de gran actualidad. Histórico, porque el concepto de orden es un concepto que va resemantizándose con el tiempo; que asume la conflictividad de la realidad y, en consecuencia, está siempre en proceso de cambio.

Por mencionar solo un ejemplo: en 1950, el Padre Hurtado escribió que no podía ser “orden” la conservación del statu quo; que el “orden económico” implicaba un gravísimo desorden (sindicalismo). Es también un problema actual, porque hace 40 años Chile inició el proceso de construcción de un nuevo orden que hoy se encuentra en crisis.

El proyecto de nueva Constitución puede representar la búsqueda de un nuevo orden, especialmente si se analiza la encuesta CEP y sus resultados como expresión de una crisis de legitimidad no solo del Gobierno, sino del orden instaurado después de la dictadura. Sin embargo, no debe extrañar que surjan, como han surgido, profundos desacuerdos después del acuerdo sobre su posibilidad.

Recurrir a la obra de Lechner puede ayudar a enfrentar el proceso favoreciendo el debate. Sostiene que si la política es construcción común de la voluntad colectiva, entonces esa construcción es conflictiva debido a la diversidad del cuerpo social. Si la transición se construyó sobre los consensos, tal vez es el tiempo de construir asumiendo los conflictos, que dejan de ser opuestos si se pone el énfasis en la pluralidad de visiones y su posibilidad.

Es interesante aquí recordar que también la encuesta CEP recoge que el 64% de los chilenos considera la democracia como preferible a otras formas de gobierno. Es decir, si bien la desafección a la política implica una carencia de códigos interpretativos, de un “nosotros”, su recuperación, esencial a la democracia que se prefiere, requiere asumir una representación conflictiva del mundo en la búsqueda de acuerdos comunes a partir del disenso inicial, y construidos con deliberación social.

Lechner habló de una “construcción inacabada”. Esa es una clave importante para las discusiones que se avecinan. Para él, la utopía era inseparable de la política porque, pensaba, las posibilidades sociales se descubren por lo imposible; por la posibilidad de soñar el mundo. Si no entendemos que la construcción del nuevo orden es y será un proceso donde debieran caber muchas visiones en el camino hacia su institucionalización, corremos el riesgo de olvidar su relación con el tiempo y con la transición.

¿Cómo lograr el orden deseado? Obviamente se requiere el encuentro de ambas nociones de orden; el nuevo orden y el orden público. Y con ello, el debate público y lo político como espacio privilegiado. También incorporar en la discusión un nuevo lenguaje, donde palabras como solidaridad y comunidad reemplacen al interés y el individualismo, de manera que aparezca la posibilidad de algo realmente nuevo. Si no se incorpora algo de utopía, probablemente el conflicto continuará mostrando los mismos rostros e ideas.

Y si de Constitución se trata, el realismo fue la virtud que le reconoció a la Constitución de 1833 el Presidente Joaquín Prieto. Los constituyentes, sostuvo, obraron “despreciando teorías tan alucinadoras como impracticables”. En el siglo XXI, algunas de las teorías practicadas no han demostrado ir en el camino de la justicia. Sobre eso se espera una deliberación política en un espacio público plural.

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