Columnas

21 de abril de 2021

El tercer retiro de las AFP y el fin de la política

Por Modesto Gayo

Si un tiempo atrás el movimiento “No + AFPs” llenaba las calles de Santiago abogando por el fin de las administraciones de pensiones y el retorno a un sistema de reparto; si la denuncia de dicha acción colectiva rezaba de forma clara una oración en contra de las promesas no cumplidas por el engendro de vejez impuesto por la dictadura bajo el compromiso de una mejora salarial; si la propuesta consistía en avanzar hacia un modelo de reparto, a imagen de las estructuras de bienestar europeas; se puede concluir que los sucesivos retiros del 10% de los fondos de ahorro para la pensión deshacen las AFPs sin ofrecer nada a cambio. Por lo tanto, no es desvestir a un santo para vestir a otro, sino llana y simplemente lo primero. Podemos justificarlo de múltiples maneras, incluso con rabia por lo perentorio de las necesidades que padecen millones de familias en el país, pero no sin advertir que la urgencia de estas medidas tiene un íntimo vínculo con el hecho de que el sistema de pensiones se ha convertido en Chile desde hace años en un peligroso caballo de batalla político, un cimarrón que no parece tener destino ni control.

Efectivamente, los retiros no acontecen de la nada, o por imitación de lo sucedido previamente en casos como el de Perú, visto con espanto desde nuestro sur. Son planteados a partir de una historia y una lógica de cotización que tenían a los ciudadanos mirando a las puertas de las arcas que parecían crecer en su nombre, en base a su esfuerzo y, finalmente, a su pesar por los magros beneficios. La historia es una de entrega de bajas pensiones, muy por debajo de las expectativas. Esto dejó un poso permanente de impresión de un bajo castigo futuro, y hoy más que nunca cuando se discute una pensión mínima (¿tendente al salario mínimo?). Es decir, si igual la pensión trabajando es de cuantía muy exigua y se necesitará laborar en la vejez, el efecto de la volatilización del ahorro previsional se mira con incertidumbre, dejadez o incluso franca irrelevancia. En lo que respecta a la lógica de cotización, lo que parecía que robustecía el sistema, las cuentas individuales, patrimonio propio como la casa o el auto, tomó súbitamente la forma de una contabilidad individualizada del dinero que fue incapaz de resistir las llamadas a abrir las puertas del cajero o el banco más cercano, cual si fuera una cuenta a la vista o corriente. Si el dinero es mío, y además lo necesito, ¿por qué no me lo van a dejar quitar? Hoy son los gerentes de las AFPs los que admiran a los sistemas de reparto, donde lo que importa es precisamente el sistema, carente de cuentas individuales a las que reclamar liquidez. Lo único que los ciudadanos pueden reivindicar es una fórmula más beneficiosa para el cálculo de su jubilación, o la facilidad para contabilizar años de trabajo, pero los caudales son de la seguridad social, de todos a la vez en plural o en coro y de ninguno de sus afiliados en singular.

La sensación de excesos de los beneficios de las AFPs, desvinculados de los ciclos económicos o la suerte de sus afiliados, su falta de sintonía con el entorno y desconexión en su gobernabilidad como agencias autónomas, no sólo expresaban una forma de dirección propia y una independencia con respecto al Gobierno de turno y al Estado mismo, sin tener el estatus y función de un fondo de seguridad social, sino que además arrumbaban la representación eficaz de los que aportaban cotidianamente una parte de su esfuerzo laboral para una vejez digna.

No obstante, antes de aventurar conclusiones sobre un malestar generalizado e irreversible, sugiero atender a algunas cifras de la encuesta longitudinal ELSOC, del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES). Por un lado, de la población encuestada en 2016, un 41% eran trabajadores dependientes (empleados) que cotizaban obligatoriamente en una AFP, y los trabajadores independientes con cotización voluntaria en el mismo sistema alcanzaban un 2,8% del total. En 2018, en los mismos términos, un 38,2% de la muestra eran trabajadores dependientes aportando al sistema de pensiones, y un 3,4% era independientes que contribuían por su propia decisión. En otros términos, aunque parezca obvio a muchos y más a los conocedores de la urdimbre de la “industria” en cuestión, es bueno recalcar que el sistema de AFPs es gestionado privadamente y se basa fundamentalmente en las cotizaciones obligatorias de trabajadores dependientes o empleados. La libertad de cotización la declaran los no dependientes, empleadores o autoempleados, quienes tienen una importancia menor en las finanzas del sector. Respecto al fundamento del sistema, cuando a las personas se les pregunta por el acuerdo en torno a la pregunta “¿cada persona debiera asegurarse por sí mismo su futura pensión para la tercera edad?”, en 2018 un 48,6% responde positivamente y un 36,7% de forma negativa, siendo en 2019 los números bastante similares, un 45,2% para la primera opción y un 39,6% manifiesta la segunda preferencia. A ello se puede agregar que en 2019 frente a la cuestión “¿el gasto social debe destinarse únicamente a los más pobres y vulnerables?”, un 46,8% lo aprueba, mientras un 35,2% lo desestima. Si bien no se puede hablar de una relación perfecta, parece que los que quieren capitalizar individualmente tienden a pensar que el Estado debe enfocarse en servir a los más menesterosos, y a la inversa.

Por lo tanto, difícilmente se puede pensar que el tercer retiro en una modalidad simple opone nuevamente a una élite y a un pueblo llano, o invita a aventurar que un sistema de reparto está en ciernes de ser concebido. El cruce de alternativas asentadas en las preferencias de los trabajadores dependientes, finalmente los que costean el funcionamiento del sistema, se inclina de forma sustancial hacia el reconocimiento de las bondades de la capitalización individual, con correcciones, y los detractores de tal modelo, todavía en minoría en la encuesta de 2019, cuyo campo se hizo tras el 18 de octubre del mismo año, se dividen entre criticar el aporte individual y desear un estado para los más débiles.

La dificultad de conducción política de este galimatías de preferencias ciudadanas ha convertido a la crisis y la necesidad de “parar la olla” en el cerebro de un proceso transformador que carece de reformas, donde el uso de términos como “solidaridad”, “empatía” o “realismo” se cruzan con una profunda desconfianza en las instituciones, tanto públicas como privadas, llamadas a gestionar el bienestar. Sin dirección, el tercer retiro anuncia un drama futuro, como un retrato de desvalimiento y abandono en la senectud de trabajadores hoy ya maduros, y vacía la política de liderazgo, convertida en un prolongado eco, condenada a la larga espera que impone, e impondrá, lo indefectible, lo que la historia exige como necesario: hoy es el retiro de dineros de las cuentas de los fondos de pensiones. Mañana, a falta de dirigentes creíbles e instituciones robustas, quién sabe qué cabeza colgará, a qué santo se rogará, o quién será lanzado a la hoguera que contenta al “pueblo/elector”.

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