Columnas

30 de enero de 2020

La falsa promesa de los “independientes”

Por Carlos Meléndez

El establishment partidario chileno está por colapsar, si acaso ya no lo ha hecho. Solo el venidero ciclo electoral constatará (o no) este supuesto compartido por los analistas. Ante tal calamidad partidaria, surgen iniciativas para promover la participación de colectivos de “independientes” en las lides electorales. Algunos apresurados ya empiezan a formalizarlos con pretensiones de jugar un rol en la campaña del plebiscito de abril. De hecho, algunos sectores ponen demasiada expectativa al protagonismo del “independiente” como una suerte de antítesis del “partidarizado”, hoy en su peor momento en la historia de la democracia chilena (y quizás latinoamericana). Sin embargo, un posible éxito del “independiente” podría ser incluso contraproducente para la representación política.

Dos motivos principales me generan desconfianza en los “independientes”. En primer lugar, no gozan de legitimidad social. La desafección de los chilenos y su correspondiente crisis de representación política, no hace al independiente automáticamente receptor de esa conexión perdida. No es garantía de vínculo entre los ciudadanos movilizados e insatisfechos como una nueva élite política de reemplazo. Si acaso llegan a tener respaldo electoral no sería por mérito propio sino por capitalizar el rechazo a otras fuerzas sobrevivientes del establishment. El independiente podría ser una alternativa, pero lo más probable es que sea un “mal menor” que esconda temporalmente la aversión. Es difícil que de este espacio surja una renovación democrática colectiva.

En segundo lugar, las organizaciones políticas independientes pueden devenir en proyectos unipersonales. Antes que canalizar las demandas insatisfechas de ciudadanos que rechazan el establishment, pueden convertirse en una modalidad para mediar intereses privados. Abre la posibilidad para vínculos personalistas –ojalá fuesen carismáticos siquiera- y difícilmente evolucionan hacia la generación de conexiones programáticas con el electorado. Se pueden, además, convertir en cartas de negociación y, una vez inscritos y validados, emerger como potenciales “vientres de alquiler” a aventureros políticos.

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