Columnas

6 de enero de 2020

La “primera línea”: Radicalización y efectos de trayectoria

Por Alfredo Joignant

El estallido social que se prolonga por casi tres meses ha dado lugar a un cúmulo de fantasías: desde la intromisión de agentes extranjeros hasta la promoción de un «enemigo interno” (con todo su poder de evocación incrustado en la memoria colectiva, originada en la doctrina de seguridad nacional bajo la dictadura), como si estas figuras fuesen necesarias para explicarnos lo que resulta para muchos inentendible.

Una figura más interesante, de características casi mitológicas, es la «primera línea”. ¿Qué cabe entender por tal? ¿ Una suerte de agente colectivo que se yergue ante las fuerzas de orden y, eventualmente, militares cuando salieron a las calles, en modo de oposición física organizada? Este fenómeno es importante de descifrar, porque sobre él se han dicho muchas cosas, a menudo absurdas, criminalizando a quienes participan de él. A decir verdad, conocemos poco de ella, y aún menos de su exacta composición interna. Lo poco que sabemos proviene de información periodística, de trozos de conocimiento que es difundido por redes sociales, de investigaciones iniciales en la academia, es decir, datos parciales y fragmentados. Dicho de otro modo: carecemos de infor mación sistemática de quiénes componen la primera línea, y quien diga lo contrario es un vendedor de helados en Alaska.

Por el lado de la academia, hay mucha investigación en curso sobre radicalización y paso a la violencia, pero los resguardos que se están tomando son considerables para no exponer a nadie ante un gobierno al que se le teme. La investigación científica sobre violencia política y radicalización está muy amenazada por regulaciones supuestamente éticas (los «consentimientos informados” que obligan a los investigadores financiados con fondos públicos eventualmente a denunciar): hacer ciencia social en Chile se está transformando en un problema cuando se abordan ciertos objetos de la realidad. El fenómeno primera línea es relevante, por dos razones.

En primer lugar, porque aquello que es nombrado como tal ha terminado de existir como algo duro como una roca, con toda su materialidad. En segundo lugar, porque sobre la primera línea ha habido todo un proceso de construcción social que engendró algo que, de otro modo, no existiría sino de modo fáctico, sin siquiera llegar a ser nombrado. Es este proceso de construcción social, institucional y mediático lo que ha llevado a interesarse en ella. ¿De qué estamos, exactamente, hablando? De un fenómeno de contraviolencia organizada que, gracias a etnografías informales y conversaciones con algunos de sus protagonistas, nos permiten concluir varias cosas. La primera conclusión es que no existe una primera línea, sino varias, las que se ordenan en un eje defensivo / ofensivo. La función defensiva se aprecia en centenares de registros fotográficos, plagados de escudos de madera y metal sostenidos por hombres y mujeres que se proponen proteger a quienes buscan agredir a la autoridad encarnada por carabineros (aquellos que se inscriben en funciones ofensivas, se les conoce como «camoteros”, quienes lanzan piedras y bombas molotov). Pero esta distinción funcional es poco explicativa. No solo hay varias primeras líneas, sino que participan en ellas varios grupos. Mucho se habla de los «anarkos”, pero quienes participan de la primera línea no ven ni reconocen: solo constatan la presencia de «capuchas”, en quienes no hay necesariamente ideología, aunque sí existe en ellos conciencia de la necesidad de reglas (pero no las que existen, las que son virulentamente re La muerte del manifestante Mauricio Fredes, el viernes pasado, puso de nuevo en el tapete a los llamados “primera línea”. Acá el académico Alfredo Joignant, intenta explicar el fenómeno.

Ver en El Mercurio

En Portada

cerrar