Columnas

31 de marzo de 2021

La sombra del paramilitarismo

Por Modesto Gayo

El paramilitarismo asoma en Chile como un fenómeno que, de no ser controlado, puede alcanzar a convertirse en la sombra de un mañana aterrador. Lo que comienza con hechos anecdóticos e inesperados, sin cabida para las mayorías en una explicación claramente justificatoria, termina tomando la forma de una cruda realidad sangrienta, cuya desarticulación ha resultado un desafío incluso para los Estados más poderosos de la Tierra.

Producto de conflictos genuinos (de clase, étnicos, económicos) se nutre como fuente virgen de la débil legitimidad de las instituciones y empuja para generar un adelgazamiento creciente de su razón de perpetuarse tal y como se conocen. Cuando la “cancha” institucional no funciona, el partido se juega en un terreno que ignora al que dice vanamente monopolizar la violencia en nombre de un nosotros que ha dejado de existir. El paramilitarismo banaliza al gran Estado del relato moderno, transformándolo en una pantomima de sí mismo, un ideal grotesco al que los ciudadanos miran con desprecio y decepción, asentando una cultura política de la fuga, el miedo y el cinismo, hasta que la democracia adquiere el rostro de cualquiera de sus enemigos, conservando su nombre de ídolo muerto.

No es menor que el paramilitarismo ponga en duda el control estatal del territorio, ahora fragmentado, dividido en una geografía infernal cuyo desconocimiento los ciudadanos pueden pagar con sus vidas o sus bienes, en base a atentados mortales aleatorios, errores, secuestros y enfrentamientos cruzados. Aquéllos que vivan bajo las reglas de un régimen verdadero, arbitrario y armado bajo otro rótulo, se encontrarán con una cédula de identidad y un modo de vida alejado de las promesas de libertad de las constituciones que proclamaron en algún momento pretérito los padres de la república en un período más feliz.

El paramilitarismo que, puede ser portador de una ideología de grueso calibre o delgada como el papel cebolla, gobierna sobre los intereses de grupo y adopta las formas de la economía que le da sustento, por lo que sus representantes pueden ir desde intelectuales que miran con hastío su realidad social, como el IRA o ETA, a supremacistas blancos de áreas de pasado esclavista, colonos frustrados por la incapacidad de terminar con la resistencia de las comunidades que quisieron desplazar, o la mera expresión del poder del narcotráfico. En todas estas modalidades, la presencia y distribución de armas es un elemento común, y su control una herramienta imprescindible para detener el alimento de sus acciones brutales.
Cuando el Estado y la política democrática pierden la razón, dejan de nutrir y aliviar el espíritu de ciudadanos que desean construir sus trayectorias con esperanza, orientados al bien común, animados por el impulso ancestral de abrazar el futuro con la convicción de que tendrán una vida y muerte dignas. Cuando ello sucede, estamos desatendiendo las lecciones históricas de aquellos lugares donde el paramilitarismo triunfó como un cáncer crónico, y donde la política debió dedicarse por décadas a tratar de superar las dificultades para su desarraigo.

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