Columnas

12 de abril de 2019

Lo bueno, lo malo y lo chileno del populismo

Por Cristóbal Rovira
Mientras muchos intelectuales describen con pavor las amenazas del populismo, Cristóbal Rovira, profesor de la U. Diego Portales e investigador del COES, acaba de lanzar la traducción al castellano de su libro Populismo, una breve introducción (Oxford University Press). Aquí explica sin prejuicios de qué se trata este discurso —que puede ser de izquierda o de derecha—, cuáles son los motivos de su auge en todo el mundo y qué riesgo corre Chile de caer ante esa tentación. «Al día de hoy, ninguno», dice. «Pero somos malos haciendo predicciones».
Después de las victorias de Trump, del Brexit y recientemente de Bolsonaro, ¿el populismo se comporta como una especie de virus que se propaga en distintos países?
Tiendo a evitar palabras como virus para referirme al populismo, porque cuando utilizamos estas concepciones peyorativas sobre el fenómeno tenemos una visión muy parcial de él. No quiero decir que el populismo sea bueno, pero primero tengo que entenderlo y después lo puedo juzgar. Lo que ellos quieren decir es que el debate es moral, que hay buenos y malos. Si yo tacho a los populistas como malos. ellos te van a decir: «Pero miren. ¿no ven que hay una élite corrupta que dice que todos somos unos idiotas? Voten por mí». Esa trampa es muy peligrosa. Es verdad que se han expandido, pero a veces tendemos a sobredimensionarlo. Hay partidos y movimientos populistas, de extrema derecha o extrema izquierda, pero el grueso de los políticos usa un lenguaje no populista. Lo que sí es nuevo es que actores que uno pensaría que no son populistas, bajo ciertos contextos usan esa retórica. El año pasado, Piñera habló de patriotas y no patriotas. Esta división moral de los buenos y los malos» no es automáticamente populismo, pero se acerca.

Si uno se basa en la experiencia histórica, normalmente el populismo no lleva a grandes resultados ni al progreso. ¿Por qué seguimos cayendo en su trampa?
Estamos en un mundo mucho más conectado, y la difusión de ideas es mucho más rápida que antes. Yo creo que Bolsonaro ve lo de Trump y dice: si este tipo pudo, y desarrolla una retórica, por qué yo no podría. El otro factor relevante es que tienen algo de razón en su crítica. Tenemos élites y clases políticas cada vez más desconectadas de la ciudadanía, y así es más fácil que este discurso sea atractivo para un segmento que se siente postergado.

¿Esa desconexión de la élite es nueva? ¿A qué se debe?
La élite. por su propia definición, es un grupo selecto que se distingue de la masa. Si no, no es élite. Pero hay dos ideas para explicar esta desconexión actual. Una es el aumento de la desigualdad a nivel global. Da lo mismo qué autor uno tome, la acumulación de capital en un segmento muy reducido de la población ha venido in crescendo a lo largo del tiempo en distintas partes del mundo. Y esa excesiva acumulación tiene un impacto sobre el sistema político. El mejor ejemplo es la transformación de los partidos socialdemócratas en Europa. que históricamente representaban de mejor manera al ciudadano medio. Pero en los años noventa se mueven hacia el libre mercado, adoptan reformas liberales y se distancian de los segmentos que los apoyaban. Frallois Hollande, el anterior Presidente de Francia, tenía un peluquero que cobraba 10 mil euros al mes, más que algunos ministros. Es escandaloso no sólo porque Hollande tiene tan poco pelo como yo, sino porque muestra que esa clase política está más cerca de los intereses del gran capital que del ciudadano medio. Esa es parte de la explicación.

¿Cuál es la otra?
Fíjate lo que hacen Merkel o Cameron, dos líderes conservadores. Al promover el matrimonio igualitario, sus votantes más conservadores ya no se sienten representados. Ahí se genera un vacío que es aprovechado por actores populistas, que reaccionan frente a los temas de género o de inmigración. Hablan en nombre de las mayorías, que en realidad no lo son en términos de número, pero tiene suficientes votos como para repolltizar temas y ponerlos en la agenda. José Antonio Kast es un muy buen ejemplo de eso.

¿En Chile están las condiciones como para que un líder populista gane unas presidenciales?
Al día de hoy, no. Pero somos malos haciendo predicciones. Si uno piensa en Trump, logró ser electo porque tenía el respaldo del partido Republicano, y porque el sistema de primarias en Estados Unidos es abierto. Los líderes republicanos no lo querían, pero el tipo prende en las encuestas y no lo pueden bajar del carro. SI en Chile hubiesen primarias y los candidatos de derecha son malos, aparecen escándalos de corrupción gigantescos, se deslegitiman y la única opción es Kast, él termina siendo el candidato por defecto. Estoy haciendo futurología, pero si no vemos esas condiciones específicas, me costaría pensar que Evópoll, que es un partido de derecha más liberal, esté dispuesto a pactar con alguien como Kast.

¿El populismo también refleja esta carencia actual de relatos o proyectos políticos que piensen un futuro distinto? ¿Es una cara del «fin de la historia»?
Es verdad. Con el triunfo del modelo de la democracia liberal, el margen de maniobra de los actores políticos se reduce. Tienes bancos centrales autónomos, organismos internacionales influyentes y mercados globales poderosos. Cuando un político dice: voy a crear un millón de puestos de trabajo, en realidad puede hacer alguna reforma, pero en Chile, por ejemplo, el precio del cobre determina el empleo cien veces más que cualquier ley que puedas promulgar. Tenemos, entonces, democracias de menos intensidad, por así decirlo. Y ahora aparecen estos liderazgos populistas que dicen, por ejemplo en Gran Bretaña, «cake back control». Retomemos el control. Es lo que los politólogos y sociólogos llaman deprivación nostálgica. que los populistas aprovechan para ofrecer una mirada romántica sobre el pasado. Ellos dicen: nosotros queremos volver ahí. Es una nostalgia por un pasado medio imaginario, que nunca existió en realidad, pero que se puede vender y empaquetar de una manera idealizada.

Quizá ese sea el antídoto chileno al populismo: nuestro pasado no da ni siquiera para nostalgias imaginarias.
Ese es el dolor de cabeza de Kast, y por el que yo creo que tiene un techo de crecimiento: su modelo ideal de país era una dictadura. ¿El Chile ideal era aquel donde no había elecciones, donde se torturaba? Puede decir que lo de Allende era terrorífico. pero no es suficiente. Y si su nostalgia se va más para atrás, no da. Eso marca un límite de cuánto esa retórica puede prender en nuestra sociedad.

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