Columnas

5 de agosto de 2019

Museos de cera

Por Carlos Meléndez

En su última cuenta pública, el Presidente Sebastián Piñera anunció suintención de llevar adelante reformas institucionales como la reducción del número de diputados y senadores, y los límites a la reelección parlamentaria. Aunque estas ideas hayan sido consideradas inadecuadas basándonos en criterios técnicos -un menor número de legisladores tiende a desfigurar una representación proporcional del electorado y la tasa de reelección parlamentaria en Chile ha sido baja-, gozan de popularidad. Una inmediata encuesta de Cadem arrojaba un respaldo del 86% a la reducción del número de diputados, del 85% a la reducción del número de senadores y del 83% a recortar la reelección legislativa. Al momento de plantear reformas políticas, todo parecería indicar que el criterio de la popularidad se prioriza al criterio técnico.

Diseñar instituciones políticas a partir de razones de apoyo popular es una fórmula que el Presidente de Perú Martín Vizcarra ha llevado al paroxismo. En el último año, el mandatario peruano ha llevado adelante reformas judicial y política con el apoyo de sendos referéndums que, entre otras cosas, prohíbe toda reelección congresal y mantiene el número de parlamentarios nacionales en 130 -encargados de representar a más de 23 millones de electores. El ímpetu reformista de Vizcarra fue empleado para agudizar tensiones entre el Ejecutivo y el Legislativo, con un desenlace que solo los más pesimistas opinantes preveían: el adelanto de las elecciones generales en el país vecino para el próximo año.

Las iniciativas de Piñera y Vizcarra se parecen en puntos fundamentales: capitalizar popularidad a partir del desprestigio de sus respectivos poderes legislativos, y darle una connotación institucionalista a medidas que no necesariamente asoman entre las más urgentes en la gestión cotidiana de ambos gobiernos. El problema con estas propuestas -que desdeñan criterios técnicoses que socavan la profesionalización política y agravan el hiato de representación entre legisladores y sus electorados. Producen, según se calcula, elencos de políticos dignos de museos de cera, que aspiran a asemejarse a políticos reales, pero casi siempre terminan sirviendo a la parodia caricatura. Estáticos, los políticos de cera -productos de estas reformas populistassirven más ala burla que a cualquier intento serio de fortalecer la democracia.

La diferencia entre estos dos casos es que a pesar de la sería crítica a la clase política chilena y sus permanentes episodios de desprestigio, aún se rige por modales partidarios e institucionales que siempre podrán poner frenos a las tentaciones populistas. Así, por ejemplo, las propuestas de reforma del Ejecutivo chileno pasarán bajo intensas sesiones de acuerdos políticos antes de ser presentadas al Congreso, si acaso. En los últimos días, el ministro del Interior Andrés Chadwick ha trajinado esfuerzos para procurar diálogos en la materia con varias fuerzas políticas. En Perú, en cambio, las reformas vizcarristas se imponen sin una necesaria deliberación política.

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