Columnas

20 de julio de 2020

Nuevo libro ensaya una historia del Clericalismo

Por Ana María Stuven

11 a crisis de la Iglesia Católica merece un análisis que bus que comprender los espa= cios y situaciones que hicieron posible los abusos sexuales. Nunca creímos que bastaba con explicaciones reduccionistas como culparal celibato por un problema que se sabe más profundo, y que asociamos con contextos de sacralización, autoritarismo y encierro en sí mismos. Es decir, con el clericalismo”. Con estas palabras los autores del libro “Construyendo un reino de este mundo. Ensayo histórico sobre clericalismo y política en Chile” (ediciones UDP) justifican la necesidad de escribirlo. Ana María Stuven, en coautoría con Vasco Castillo, desarrollan el concepto de marras desde los inicios de la Iglesia Católica, durante el Imperio Romano. Lo hacen a manera de introducción para llegar al análisis más detallado del clericalismo en la historia de Chile, especialmente desde la Independencia.

“Las comisiones que se han formado en varios países por los abusos sexuales concluyeron que estos abusos se explican por una distorsión en los sistemas de autoridad eclesiástica y por un tema de toma de decisiones que exime a la jerarquía de todo escrutinio.

No nos inspira tuna crítica a la Iglesia Católica, entendida como la comunidad de los fieles, ni mucho menos a la religión”. Para los autores el clericalismo es, según es definido por el Papa Francisco, una “manera desviada de concebir la autoridad de la Iglesia”. El concepto, a su juicio, resume y abarca todo el recorrido histórico de la institución eclesiástica hacia su crisis. “Tiene muchas vertientes: de formación de sacerdotes, de comprensión de su función, de incomprensión de los signos de los tiempos, y otras que hunden sus raíces en la teología.

Pero en la que nosotros, Vasco Castillo como filósofo y politólogo, y yo como historiadora, podemos incursionar es en aquella vertiente en la que la Iglesia fue definiendo y defendiendo su autoridad frente al laicado y al poder político como una autoridad secular que puede imponerse sobre el laicado, apoyada en su origen divino.

El clericalismo expresa una cosmovisión jerárquica que identifica la santidad y la gracia de la Iglesia con el clérigo mismo, quien por la gracia de su ordenación poseería una superioridad que infantiliza y niega espacios de participación al laicado y, muy especialmente, a las mujeres”. Aña María Stuven, quien responde esta entrevista, es profesora titular de la P. Universidad Católica de Chile y dela Universidad Diego Portales, Es periodista de la U.
De Chile; máster y doctora en Historia en Stanford, Estados Unidos. —El origen del clericalismo, según se lee en su libro, se confunde en la historia con el nacimiento de la Iglesia Católica como institución, o más bien desde el siglo IV d. C,, tras el edicto de Constantino. “Toda institución que nace tiene que construir su jerarquía o modo de gobernarse. El mismo Jesús ordenó a sus discípulos ir al mundo a propagar la buena nueva y, fundar una iglesia. Evidentementeello iba a producir roces con el poder, y lo experimentaron los primeros cristianos. La conversión de Constantino fue la primera gran metamorfosis de las relaciones del cristianismo con el poder. La idea de una unidad religiosa y política fue prevalente, las esferas religiosa y secular desarrollaron sus propias representaciones del poder; se hicieron préstamos mutuos de derechos. Recién en los siglos XI y XII comenzó el debate en torno a la soberanía eclesiástica como distinta y en conflicto con la soberanía política.

La llamada Querella de las Investiduras es un momento clave para entender el origen del clericalismo moderno, lo cual antecede con mucho a la conciencia secular en la vida pública de Occidente”. —¿ Fue la reforma luterana y el nacimiento del protestantismo un triunfo de los movimientos anticlericalistas? “La reforma protestante fue un momento de aceleración de un conflicto que venía incubándose. No fue una protesta solo contra la venta de indulgencias. Fue una revolución teológica y anticlerical, desde que Lutero afirmó que todos los bautizados son sacerdotes.

Fue además una revolución política contra la supremacía romana y contra el poder clerical impuesto sobre el laicado cristiano”. —¿ Qué consecuencias tuvo el Concilio de Trento para el destino de la Iglesia Católica y su posición frente al clericalismo? “El Concilio de Trento, convocado en 1541, fue una instancia de reforma dentro de la Iglesia. Se había hecho necesario restaurar la unidad católica y su disciplina.

Pero, al mismo tiempo, como reacción con= tra el protestantismo, reforzó el clericalismo en la medida que sobrevaloró el sacerdocio ministerial y la importancia de la celebración de la eucaristía para la vida de los cristianos.
Llegó a afirmar que los obispos y sacerdotes representan en la tierra a la persona misma de Dios, como afirma el Catecismo Tridentino”. —El libro se centra en Chile solo a partir de la Independencia. ¿Por qué? “Se centra en la Independencia porque esta marca el tránsito del sistema monárquico, legitimado por la religión católica y por una concepción de soberanía amparada porla divinidad, a un sistema republicano, legitimado por la soberanía popular.
Conla consolidación de Estados basados en el principio de soberanía popular, se hizo necesario, en el plano jurídico, sustraer el fundamento religioso del poder, lo cual exigió que tanto la Iglesia como el Estado definieran sus contornos. Ello implicó discutir en torno a las atribuciones, privilegios y fueros eclesiásticos, lo cual evidentemente causó conflictos. El más clásico, por cierto, fue el que abarcó casi todo el siglo XIX en torno al patronato.

Es probable que el clero, en la defensa de sus atribuciones y presionado desde el Estado y el liberalismo, se parapetara en torno a sí mismo”. —Durante el siglo XIX chileno las luchas de la Iglesia por mantener su autonomía de gobierno y la influencia en la sociedad tuvo diversos hitos descritos en el libro. ¿Cuál de esos considera más significativos? “Nos parece que esas luchas se entroncan también con aquellas que se libraban en Europa contra la modernidad en general, y en particular contra el liberalismo, el jansenismo y el galicanismo, lo cual está en el origen del movimiento ultramontano, amparado y fortalecido por el papa Pío IX. La intransigencia de Pío IX tuvo chileno en monseñor Rafael Valentín Valdivieso, primer arzobispo de Santiago, una figura compleja que, siendo ultramontano, entabló diálogo con la filosofía y con el racionalismo. No obstante, las imposiciones romanas de la soberanía pontificia y su radical condena a la modernidad terminaron por volver incompatibles un catolicismo más liberal con el ultramontano. La segunda mitad del siglo XIX fue el tiempo de los conflictos, particularmente por el empeño de Valdivieso por dejar ala Iglesia fuera del terreno fiscalizador del Estado.
Luchó contra la masonería y el protestantismo; también a favor de la independencia de la Iglesia en materias educacionales y defendió tenazmente que las mujeres se mantuvieran en sus roles tradicionales, apartadas del acceso a la educación científica” —¿ La separación de la Iglesia del Estado en el siglo XX tuvo consecuencias para aminorar el clericalismo de la Iglesia? “Me parece que no. Cuando la autoridad eclesiástica perdió su influencia ante el Estado redirigió su poder hacia la sociedad civil.

Ello sucedió ya en el último tercio del siglo XIX, y puede comprobarse en su lucha por la libertad de enseñanza” y su reacción frente a las llamadas laicas”. La fundación de la Universidad Católica y las diversas asociaciones católicas que surgieron. En la época fueron iniciativas para desplazar el control desde el Estado hacia la sociedad civil. Sin embargo, la autoridad eclesiástica fue temerosa del control que pudieran ejercer los laicos en estas instituciones.
A medida que quedaba al margen del control sobre la esfera pública política, y que la sociedad se hacía más permeable a las ideas democráticas y secularizadoras, el clero fue un impedimento para que el laicado desplegara un pensamiento y acción social autónomos.

Por ejemplo, ante el surgimiento de la Democracia Cristiana, tanto el papado como el clero chileno insistieron en el sometimiento del laicado, en reforzar el clericalismo y el gobierno de la Iglesia en manos de la jerarquía eclesiástica, en una pirámide de mando vertical, que conduce, desde la cúspide, el Papa, cuyo mando no tiene origen en una delegación de una asamblea o de un pueblo, sino en un mandato divino.

Una serie de encíclicas de comienzos del siglo XX se apoyan en la soberanía pontificia como el principal dispositivo conceptual de rechazo a la modernidad política, incluso a la militancia política fuera de los partidos católicos, al tiempo que el catolicismo laico emprende roles activos en la lucha ideológico-partidaria.

De hecho, la misma Acción Católica de los años 1930 nació en parte animada por el deseo de poner atajo a las muestras de indisciplina del clero y de laicos suscitadas al intervenir en la lucha partidista y como la forma oficial de inclusión delos laicos en el apostolado jerárquico de la Iglesia”. Por último, Stuven afirma que el Concilio Vaticano ÍI fue un gran avance para la Iglesia en múltiples aspectos, que ayuda a mantener viva la esperanza en ella, “El problema es que no innovó en la idea sacra y vertical del sacerdote, propia del Concilio de Trento”.

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