Columnas

22 de abril de 2020

Quiénes tienen derecho a pensar en nuestra sociedad: crítica a la prensa de opinión

Por Cristián Castro

¿Quiénes serán los llamados y las llamadas a pensar el Chile de las próximas décadas? ¿Seguirán siendo preminentemente hombres? ¿Acaso serán los mismos que se asombraron el año pasado por una realidad que venía mutando hace un buen rato frente a sus narices y que fueron incapaces de leer? ¿Seguirán siendo quizás los economistas, que no sólo se limitaron en las últimas cuatro décadas a aplicar medidas de austeridad fiscal que terminaron por destruir la educación y salud pública, sino que también – en sus versiones más egóticas – se imaginaron literatos, escribiendo novelas de baja estofa en un intento patético de economizar hasta las letras, como lo han hecho Andrés Velasco, Sebastián Edwards y Oscar Landerretche? La crisis social que vive Chile es el reflejo de la crisis de un proyecto de país que ha sido pensado con una visión de sociedad que deifica a la economía como perspectiva hegemónica para entender la realidad.

Las siguientes líneas invitan a (re)pensar un viejo problema que hemos vivido en América Latina desde tiempos atávicos: ¿quienes tienen el derecho de pensar nuestras sociedades? Pareciera que desde hace un tiempo – golpes de estado y dictadura de por medio – las transformaciones estructurales del espacio público generaron las condiciones ideales para el desarrollo de un proyecto economicista de sociedad que sedujo a ambos lados de aquel Chile binominal. La crisis estructural que viene viviendo nuestro país hace rato, pero que se hizo visible para todos desde octubre pasado, también debiera significar repensar el rol de la prensa y los medios en la esfera pública nacional.

En esta columna pretendo examinar críticamente el trabajo de algunos connotados periodistas y columnistas que forman parte de la elite intelectual que hoy construye la mayoría de los macro-relatos interpretativos de la realidad nacional que operan en la opinión pública. Para hacer esto se  examinaran los rangos temporales en que se mueven los textos de esta elite –usando a Fernand Braudel y sus conceptos de la larga duración, la coyuntura, y el acontecimiento, –  para concluir que esta elite comunicacional e intelectual, incluso la más preparada, desconoce elementos centrales de la historia, es episódica y homogénea y se resiste a nuevas voces.

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PERIODISMO Y COLUMNISTAS

La Ciudad Letrada de Ángel Rama, obra póstuma publicada en 1984, se ha convertido con el tiempo en uno de los textos más influyentes en los estudios latinoamericanos, y piedra angular para explicar las continuidades entre el período colonial y lo que vendría después de las independencias de las diferentes naciones de la región desde la perspectiva de la elite letrada. En ese texto, Rama mapea el desarrollo y mecánica de la escena pública latinoamericana, analizando los sujetos, espacios e instituciones que conforman la vida cultural de una nación. Y para eso se centra en el rol protagónico que han jugado los llamados letrados: escribanos, cronistas, escritores de prensa, mundo universitario, por nombrar algunos ejemplos.

Rama nos da un marco de análisis para repensar la importancia de este mundo letrado en una  sociedad, y para el caso particular de Chile, juzgar el aporte de nuestra elite intelectual –en su sentido más amplio– en el cumplimiento de una tarea que podríamos definir como el desarrollo de un proyecto-país que se haga cargo de nuestra realidad, y que nos proyecte hacía un estadio que permita mejores condiciones de vida para la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas.

Un análisis acabado del funcionamiento de nuestra elite intelectual es un ejercicio mucho más largo; aquí propongo centrarme en una dimensión de lo que podríamos denominar la ciudad letrada contemporánea: el rol del periodismo y los columnistas en el Chile actual.

Si durante el período colonial fueron los llamados letrados los que tuvieron una relación privilegiada con el poder de imaginar y describir la realidad; en la actualidad, y teniendo clara conciencia de que la industria opera bajo sus lógicas sectoriales, la prensa ocupa un rol privilegiado, de elite, de construcción de narrativas explicativas de la realidad.  Hace no mucho tiempo atrás los noticieros centrales eran de lo más visto en la televisión local, y si bien el desarrollo de contenidos informativos en plataformas de internet cambió los hábitos de la población para hacerse de esos contenidos, los comunicadores de esa información han seguido siendo periodistas y columnistas.

Esa dinámica ha generado el surgimiento de figuras especializadas en la comunicación de esa información, los llamados lectores y lectoras de noticias, a la que la gente asocia con ideales de credibilidad, y el mercado como rostros “vendedores” para nuestra sociedad que promueve el consumo. Bajo esa premisa, desde un tiempo a esta parte se ha consolidado en nuestra sociedad una visión del periodismo obsecuente frente al poder económico, que no hacen las preguntas que debieran hacer. Asumiendo que los medios tienen propietarios, y que existe una clara relación entre el capital y producción de narrativas que explican la realidad donde ese capital opera, resulta clave que los articuladores de esas narrativas sean de excelencia.

Un análisis de quienes escriben en los principales medios del país nos revela que el periodismo (y aquí me permito generalizar, consciente de que hay excepciones) lleva varios lustros lejos de lo que alguna vez les valió la chapa de cuarto poder: esa capacidad y obligación de fiscalizar a los poderosos.[1]  Esas críticas recibe, por ejemplo, Matías del Río como conductor del noticiario de medianoche del canal estatal (estatal en la medida de lo posible).

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