Columnas

18 de marzo de 2019

Todos llevamos un populista en nuestro interior

Por Cristóbal Rovira

El politólogo chileno Cristóbal Rovira radiografía lo que es el populismo en Els Debats del Magnànim.

«¿Qué rayos es el populismo?» Y el politólogo de la Universidad Diego Portales de Chile, Cristóbal Rovira, va ofreciendo una serie de respuestas en un hilvanado discurso, donde se mezclan lo político y lo psicológico. Vean si no: «El populismo es una ideología delgada que considera a la sociedad dividida entre dos grupos hegemónicos y antagónicos, el pueblo puro versus la élite corrupta». Una distinción que califica de «moral», puesto que el pueblo aparece como «íntegro» y la élite como indefectiblemente «corrupta». «Todos llevamos un populista dentro», asegura poco después. Lo político y lo psicológico trenzados en su alocución.

Lo dijo en el Colegio Mayor Rector Peset, en el marco de Els Debats del Magnànim, para hablar precisamente de populismo, a raíz de la traducción del libro homónimo escrito junto a Cas Mudde, traducido al valenciano por la Institució Alfons el Magnánim. Tras aquella primera interrogación, Rovira Kaltwasser («no soy ni catalán, ni alemán», advierte) propone esta otra: «¿Populismo versus democracia?» En parte sí: «El populismo está en contra de la democracia liberal», que Rovira diferencia de la democracia a secas, por cuanto la liberal «es un conjunto de instituciones independientes que no son elegidas ni controladas directamente por el pueblo», como el Banco Central de Mario Draghi.

El populismo se enfrenta a esa democracia liberal tras preguntarse acerca de «quién controla a los controladores que imponen medidas de austeridad». Por eso Rovira entiende, a rebufo de este último planteamiento, que el populismo puede tener efectos tanto positivos como negativos. «Puede ser bueno, porque llega a movilizar a sectores excluidos de la sociedad, mejorando su integración en el sistema político» al que eran ajenos. «También puede aumentar la rendición de cuentas democrática, incluyendo asuntos en la agenda política».

El lado negativo del populismo puede aparecer «por la exclusión de una minoría, al representar ellos la mayoría del pueblo que se arrogan». Según Rovira, el populista dice que hay que obedecer «el designio del pueblo». Y pone como ejemplo, lo que dijo en su momento el presidente de Perú Alberto Fujimori (1990-2000), uno de los líderes populistas que Rovira trae a colación: «El congreso no me deja hacer lo que el pueblo quiere». Frase que casa perfectamente con el espíritu de los dos extremos políticos enfrentados en nuestro país. A ellos se refiere el politólogo chileno.

«¿Vox es populista? Sí, pero…». Y se explica: «Apela al autoritarismo y al nativismo. Dice que la sociedad tiene que estar ordenada (ley y seguridad), y que son ciudadanos aquellos que se amoldan a una idea cerrada de lo español». La duda o sorpresa se concreta en su aparición tardía: «En España, con relación a otros países europeos, han aparecido tarde estos partidos de extrema derecha». Por contraposición o en paralelo, habla del nacionalismo que, «bajo determinadas condiciones, puede desarrollar ese nativismo de los populistas», aludiendo a la restricción de lo que sería «el pueblo catalán».

Rovira, en su radiografía del populismo, hay una cosa que tiene clara, en medio de tanta interrogación: «Las dinámicas populistas tienden a dividir la sociedad en buenos y malos». El pueblo «puro» y la élite «corrupta», la cual vendría a ser «el espejo del populismo» en una nueva vuelta de tuerca pasada de rosca: «El elitista entiende que el pueblo es más bien tonto y que son ellos los que saben lo que hay que llevar a cabo». «La tarea de la política es tratar de llegar a acuerdos», reivindicando el pluralismo como característica esencial de esa política alejada de los populismos. Angela Merkel y Barak Obama serían dos ejemplos de esas políticas del consenso.

La aparición del líder carismático está detrás de la movilización populista, en tanto «imagen del caudillo que sabe lo que el pueblo quiere y lo encarna». Y Rovira ofrece más ejemplos: Hugo Chávez en Venezuela, Fujimori en Perú, Donald Trump en Estados Unidos o el propio Pablo Iglesias en nuestro país. «Podemos y la casta del PSOE, que luego desaparece para poner en su lugar al PP». Son los «significantes flotantes» de Ernesto Laclau. «Los partidos populistas hacen un uso pragmático de quiénes son las élites corruptas en cada momento», añade Rovira.

El 15-M en España, según el politólogo chileno, «puede ser interpretado de movimiento de tipo populista, porque iban en contra de las políticas de austeridad aplicadas contra el pueblo. Podemos es la combinatoria de liderazgo, movimiento social y partido político». De los movimientos sociales dice que pueden llegar a ser el germen del partido populista, como sucedió con el Tea Party de derechas y el Occupy Wall Street de izquierdas en Estados Unidos, que encarnaron Sara Palin y Bernie Sanders, respectivamente.

«Cuando los partidos políticos convergen hacia el centro, suelen dejar algún segmento huérfano», que puede ser aprovechado por los populismos, los cuales «tienen un alto grado de negatividad en su interior», afirma Rovira, para insistir en su idea de que «en el interior de cada uno de nosotros hay un pequeño Hugo Chávez, que bajo ciertas condiciones se activa». En todo caso, subraya que hay cierta «obsesión» con el tema, cuando lo cierto es que «los partidos de extrema derecha no son los que mayoritariamente gobiernan». «Los populismos surgen y caen, aunque transforman el modo de hacer política», concluye.

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